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Desde el 3 de enero es tema recurrente Venezuela y su petróleo. Cayó un dictador, pero con transición tutelada o no, el camino a recuperar la institucionalidad y la confianza es largo, algo clave para entender los escenarios para el petróleo venezolano, su impacto en el mundo y, por qué no, en Uruguay.

Venezuela, con 300.000 millones de barriles, es el primero entre los 10 países con mayores reservas probadas que, en conjunto, cubren la demanda mundial de petróleo por 42 años. Si bien hay controversia en el dato de un régimen autoritario que cambió la forma de cálculo para lograr una ventaja en su posicionamiento internacional en 2007, no se cuestiona que Venezuela sea un actor importante.

El país llegó a producir 3,7 millones de barriles por día y cayó a apenas 450 mil en la última década. En los últimos dos años, con licencias especiales de EEUU, el promedio de producción fue de casi 900.000 bpd, 8% del consumo mundial.

Las mayores reservas de petróleo están en la Faja del Orinoco, cuencas de crudos pesados y extrapesados que requieren ser tratados antes de entrar al mercado internacional. Eso necesita de complejos mejoradores o “upgraders”, instalaciones parecidas a refinerías que producen petróleos sintéticos a partir de crudos con alta viscosidad y alto contenido de azufre y metales pesados. Hay cuatro en la región de Anzoátegui, construidos en la época de la apertura petrolera (1990) y nacionalizados parcialmente en 2007.

PDVSA es la controlante de todos los upgraders. El único que mantiene una operación relativamente normal es Petropiar (ex Ameriven) operado por Chevron, que aceptó las regulaciones de 2007. Los otros tres son Petromonagas (ex Cerro Negro, con la estatal rusa Roszarubezhneft que sustituyó a ExxonMobil y a BP) y Petrozuan (ex Petro San Félix de ConocoPhillips, ahora propiedad de PDVSA y de la estatal Corporación Venezolana de Guayana) que tienen operación esporádica y Petrocedeño (antes Sincor, 100% PDVSA luego de la salida de TotalEnergies y Equinor en 2021) está sin operar desde hace varios años. Sin estos complejos, las reservas no se pueden extraer, transportar ni vender.

Reactivar la industria petrolera venezolana es buena noticia para casi todos: para el propio pueblo, por los puestos de trabajo, la generación de recursos para pagar deudas y la movilidad de la economía local, para las empresas establecidas y las que pueden volver al país; también para EEUU, limitando la injerencia y participación rusa, china, iraní y cubana en Venezuela; China, el mayor importador de petróleo del mundo que produce la cuarta parte de lo que consume, se vería beneficiado tanto como EEUU por la reincorporación de un proveedor; a Rusia se le va a hacer más difícil cobrar la deuda y junto con Irán perderían un aliado; Cuba también y, además, perdería un proveedor clave.

El retorno de Venezuela es positivo para la economía mundial pues amplía la oferta y, consecuentemente, contribuirá a bajar los precios, aunque no de forma contundente ni inmediata. Pero ¿es fácil volver al máximo de producción? No.

La incorporación forzada de PDVSA en operaciones controladas por empresas extranjeras en 2007 trajo como resultado la traumática salida de importantes petroleras (ExxonMobil, ConocoPhillips, PetroCanada, Total) o la renuncia de otras a parte de sus intereses (Rosneft, Chevron, Repsol, Eni, Shell). Los voluminosos ingresos del petróleo se reorientaron a la “petrodiplomacia” o a políticas populistas a través de empresas controladas por PDVSA como PDV Alimentación, PDV Agro, PDV Industrial, PDV Naval, PDV TV, PDV Etanol, PetroCasa o PetroAmérica. Como resultado, la infraestructura esencial de la industria fue descuidada por abandono de inversiones, retraso en mantenimiento y caída de producción.

Venezuela - petróleo - EFE

Poner al sector en condiciones de operación según los estándares internacionales requiere tiempo para su ejecución y expertos estiman que costaría más de 100 mil millones de dólares en diez años. Previamente, requiere el imperio de la ley y resolver los reclamos de las empresas por decenas de miles de millones de dólares por las expropiaciones.

Las empresas petroleras siguen estrategias a 30 o 40 años. Cada una tiene su cartera de cuencas en exploración y campos en producción en una combinación derivada de las políticas propias de gestión de riesgos geológicos, políticos, sociales, regulatorios y tecnológicos.

Venezuela tiene un riesgo geológico bajo (hay producción, campos maduros, reservas probadas, abundante información geológica y estudios), pero presenta above-ground risks inaceptables para la industria. Por lo menos, por ahora.

En ese entorno se mueve Uruguay. Somos un país que apareció en el mapa petrolero en 2014 y hoy es uno de los puntos de interés más destacados en el sector petrolero gracias a la intensa actividad de exploración de los últimos 20 años y los descubrimientos en Namibia de 2022. Tenemos un riesgo geológico medio (aceptable para la industria) pero la seriedad institucional ofrece un riesgo de superficie con condiciones óptimas para atraer inversiones.

El juego se desarrolla en el escenario de decenas de miles de campos de petróleo y gas en el mundo: nuestras cuencas en aguas oceánicas, en caso de descubrimientos, competirían con sitios de similares dificultades como en el Golfo Pérsico, mar del Norte, Indonesia, Brunei, el mar de Barents, África occidental, las islas Malvinas o el Golfo de México; pero también con otras con características muy diferentes como en California, Canadá, Alaska, medio Oriente, África continental, las provincias argentinas, Vaca Muerta, el pre-sal de Brasil, la selva peruana o la cuenca pérmica de Texas o Nuevo México. Se suman a la reconstrucción de la industria petrolera venezolana que concentra atención y necesita recursos de todo tipo.

En un mundo en el que la demanda anual de petróleo crece al 15%, Uruguay debe moverse con inteligencia. Debe ser fiel a históricos valores republicanos, apoyar al pueblo venezolano ante un gobierno que persiguió a civiles y destruyó el contrato social arrasando las instituciones, dilapidando riquezas y acogiendo organizaciones delictivas sino terroristas; pero, también, debe buscar aprovechar el potencial petrolero de nuestras cuencas marinas como motor de desarrollo, lo que demanda seriedad, proactividad y mucha preparación.

Ni en lo político ni en lo petrolero Uruguay puede mantenerse neutral. Es un juego de ajedrez en un tablero que es el mundo al que pertenecemos. En una u otra dimensión, si no ocupamos nuestro espacio otros lo ocuparán y nos dejarán relegados.

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