Agustín Menini y Carlo Nicola: paso a paso

Sus apellidos son sinónimo de buen diseño y calidad en el mercado local e internacional. Fueron los pioneros en la venta de licencias a Brasil y abrieron la puerta a otros diseñadores locales para que pudieran hacer lo mismo.
[Por Andrea Sallé Onetto]

Dos caras de una misma moneda. Uno más irónico y el otro más espontáneo, uno más analítico y el otro más movedizo. Entre ellos se da un diálogo constante, un ida y vuelta que demuestra que se complementan. A veces se pisan al hablar, a veces uno termina la frase del otro, pero por lo general no se contradicen, sus ideas van por un mismo carril. Agustín es la ansiedad y Carlo la paciencia; pero la palabra en la que ambos coinciden es autocrítica; una actitud que a veces se convierte en una traba pero que los lleva a la búsqueda constante de una excelencia que saben que es inalcanzable.

En carrera

Agustín Menini (36) y Carlo Nicola (42) se conocieron en 1999, en el primer año de la carrera de diseño industrial del, en aquel entonces, llamado Centro de Diseño Industrial (CDI) de la Universidad de la República. Ambos recuerdan lo primero que diseñaron allí. Carlo ideó un escritorio llamado Arrow, Agustín hizo un mueble que no tenía nombre y que describe como "una bazofia". Aunque ingresaron juntos, se acercaron recién en el segundo año, cuando los dos optaron por la especialización en industrial.

Sus historias tienen diferencias y similitudes. A los dos les gustaba dibujar de niños —pero nunca tomaron clases de dibujo— y ninguno proviene de un entorno familiar vinculado al diseño. Agustín nació en Mercedes, sus padres —ella maestra y él policía— le dejaron una cosa bien clara: había que estudiar y hacer las cosas bien. En su adolescencia fantaseó con la idea de dedicarse al deporte, puntualmente al fútbol, hasta que en 5° científico del liceo vio que el dibujo podía ser una alternativa. "Descubrí que me gustaba el dibujo de cosas, no tanto de personas, y que no me gustaba la arquitectura, que no me interesaba". Cuando pasó a sexto, el docente de dibujo llevó al grupo a Montevideo a visitar las facultades de Arquitectura, Bellas Artes y el CDI, lugar que sedujo a Agustín, a pesar del examen de ingreso obligatorio. Por las dudas se inscribió en Arquitectura, pero no empezó la carrera allí porque pasó la prueba.

Carlo creció en Pocitos y también le gustaba jugar a la pelota. Su padre era vidriero y su madre secretaria. Su pasión por el dibujo lo llevó a acercarse a los cómics y luego a estudiar artes gráficas en la UTU (en esa época no había diseño gráfico). En su casa, la regla era que había que trabajar, así que buscó algo que le permitiera dibujar. Entró en una casa de fotocopiado, donde podía diseñar algunas cosas, y allí se encontró con dos compañeros de trabajo que eran diseñadores industriales; le contaron de qué se trataba la carrera y Carlo pensó que quizá eso era lo que le gustaba, así que también terminó dando y salvando la prueba en el CDI.

La carrera era muy intensa, con dedicación casi full time: las clases iban desde las 8 hasta las 16 horas, y muchas veces los estudiantes pasaban la noche entera terminando trabajos y entregas, cosa que hacía difícil que pudieran trabajar y estudiar en simultáneo. Con ese ritmo, Carlo, que trabajaba en paralelo, llegó a sufrir una parálisis facial del estrés, mientras que Agustín seguía buscando trabajo sin suerte. "No me agarraban ni en McDonald's, estábamos empezando a entrar en la crisis, aunque todavía no éramos muy conscientes". El 2002, el terrible año de la crisis, fue el año de egreso de la facultad del binomio Menini-Nicola, lo que fue todo un reto, ya que no era fácil encontrar trabajo de diseñador industrial en un país con poca industria y, además, en crisis. La solución fue "encarar" y buscarle la vuelta a la salida laboral.

Encontrar el camino

Nicola
Carlo Nicola
Carlo Nicola

En su último año de carrera cursaron la práctica profesional y decidieron formar equipo junto con otro compañero, Pedro Santoro. Les tocó trabajar con un grupo de carpinterías de Cardona que al comienzo de la crisis tenía poco trabajo y estaba buscando potenciarlo con diseño. La experiencia les sirvió a ambas partes, las carpinterías ganaron visibilidad y a ellos les sirvió para entender que les gustaba hacer muebles y que trabajaban bien juntos. "En la carrera podés optar por millones de cosas, el diseño industrial da base para hacer cualquier tipo de producto, nunca nos imaginamos que íbamos a terminar diseñando muebles, terminamos de descubrir un tema vocacional ahí", remarca Agustín.

Aunque el descubrimiento del gusto por los muebles fue en 2002, recién en 2008 nació el estudio Menini-Nicola. En esos seis años, pasaron muchas cosas: intentaron abrir un estudio con otros compañeros de facultad, trabajaron como diseñadores gráficos en publicidad y comenzaron a presentarse en concursos. Las ganas de hacer cosas juntos vinculadas a los muebles seguían latentes, así que decidieron tomar como meta los concursos de diseño que se hacían en Brasil, por la cercanía. Era la excusa perfecta para trabajar juntos, así que de a poco generaron una rutina de encuentros semanales y sumaron al Parra, un carpintero con el que trabajaron más adelante. "En un momento terminamos todos los jueves juntándonos en casa a comer pizza, tomábamos una botella de vino y los sábados de mañana arrancábamos en el taller probando lo que habíamos hablado el jueves anterior", dice Carlo y Agustín agrega: "Era como aquel hobby sistematizado. Desarrollamos también una especie de dinámica de laburo, con foco en el concurso. Con el tiempo, el concurso terminó siendo una especie de validador que derivó en premios". La recompensa llegó en 2008, cuando recibieron una mención en la feria Salão Design Movelsul Brasil, así que marcharon en ómnibus a Gonçalves, cerca de Porto Alegre, a recibir el premio. Durante el viaje se empezaron a dar manija: "Esto es espectacular. Si hacemos esto en nuestro tiempo libre y un jurado superimportante lo reconoce, imaginate si nos dedicamos a full", se decían, en una época en la que casi no había estudios de diseño de muebles en Uruguay.

En ese momento los dos trabajaban en agencias de publicidad como diseñadores, pero no era lo que querían hacer. El concurso los impulsó a querer cambiar su realidad, pero no era fácil dejar la estabilidad económica. Al poco tiempo, Agustín pasó a trabajar medio horario y Carlo renunció a la agencia, empezó a dar clases y a comerse los ahorros, para enfocarse en el deseado estudio.

En 2011, cuando ya estaban con el agua al cuello, se presentaron a la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII) con un proyecto (ya se habían presentado en 2009 sin suerte), que cuajó y les permitió acceder al apoyo de la institución. Con los fondos obtenidos pudieron alquilar un local (en el que aún están instalados), tener un sueldo fijo y autonomía económica absoluta que derivó en que pudieran dedicarse tiempo completo al estudio que lleva sus nombres. Al ver el proceso a la distancia, los dos piensan que deberían haberse abocado por completo al proyecto mucho antes, pero, claro, con el diario del lunes todo es más fácil.

Abrir puertas

"En 2008 no habíamos terminado de entender cómo era el negocio, estábamos como en la euforia, en el 2010 ya fuimos a la feria de Brasil con catálogo y después presentamos el proyecto en la ANII que fue de internacionalización, una cosa mucho más seria. De ahí surge nuestra primera línea, en 2012, que terminamos vendiendo a Oppa, una tienda de muebles online brasileña", resume Agustín un proceso que no vivieron tan rápido. Así fue como lograron vender sus primeras licencias de diseño al mercado brasileño y con ello sentaron las bases para que otros diseñadores uruguayos pudieran hacerlo, porque hasta el momento no había un know how al respecto.

El mercado brasileño es casi inabarcable y ofrece muchas oportunidades, ya que cuenta con más de 16 mil fábricas de muebles, mientras que en Uruguay son casi inexistentes. Sin embargo, también apostaron a desarrollar el negocio en Uruguay con la venta de productos a pedido o por stock, fabricados por pequeños talleres locales. Intentaron vender a través de distribuidores pero no les funcionó. Se dieron cuenta de que la formación que recibieron en el CDI era muy completa en términos de diseño pero no en temas de ventas o de formación empresarial, así que de forma independiente se fueron formando con cursos y, al ser aceptados por la incubadora Ingenio, tuvieron dos años de incubación remota. "Hoy tenemos una empresa de diseño, antes queríamos ser diseñadores, son dos cosas muy diferentes", señala Agustín.

En ese camino se dieron cuenta de que ellos mismos eran su mejor herramienta de venta, porque la gente quiere ver a los diseñadores que están detrás de la marca, por eso intentan ir siempre los dos a las ferias y concursos, aunque implique una inversión grande para el estudio. "La presencia de los dos no es menor, hay un tema de diseño pero también de venta. El estudio se llama Menini-Nicola", señala Agustín. "Suena, y es, muy superficial en un punto, pero del otro lado quieren ver a los diseñadores y eso terminamos de aprenderlo", explica Carlo. Siguiendo esta consigna es que este año decidieron invertir e ir juntos a la feria de Londres Designjunction que se realizó a fines de setiembre, para lo cual también recibieron el apoyo de Uruguay XXI por segundo año consecutivo.

"La feria resultó dura (como toda feria), pero es una buena instancia para conocer colegas, marcas, fabricantes y también qué opina el público general. De todas maneras, el gran balance es que estamos a la altura del mercado y ya estamos conversando por colaboraciones con otros diseñadores británicos de cara al próximo año", cuenta Carlo sobre la experiencia.

La intención del estudio es continuar en esa búsqueda de nuevos horizontes, y participar de las grandes ferias internacionales, pero ir siempre bien preparados y no de forma improvisada. Tener un stand en una feria requiere de una inversión mínima de tres años: un primer año para que vean a la marca, un segundo para que la reconozcan y un tercero para que la consideren creíble; los frutos de la inversión recién se verán tres años después.

Las ferias de diseño están armadas para facilitar la generación de vínculos y nuevos contactos entre fabricantes, diseñadores y tiendas. Los eventos, las fiestas y la actividad social son las instancias claves para generar esas relaciones, más allá de la exposición y las entregas de premios.

Pensar en todo

Menini
Agustín Menini
Agustín Menini

Si hay un concepto que me quedó claro luego de conversar con la dupla es que no puede separarse el proceso de creación de la pata comercial. A la hora de pensar un producto a nivel industrial, aparte de la creatividad se ponen sobre la mesa otras variables, como los costos, las necesidades del cliente, los riesgos, el público objetivo, etcétera.

"La creatividad es un aspecto dentro de millones, no hay instancias de creación pura. Eso no existe. Nosotros, al menos, no trabajamos de esa manera", dice Agustín. Las ideas no les vienen de un momento de inspiración divina, sino atadas a otras cosas. Para Agustín, el diseño es un trabajo de interpretación y depende del tipo de proyecto. No trabajan de la misma forma a la hora de desarrollar un producto para una marca masiva —que requiere mucho más análisis— que si lo hacen para un proyecto más autoral, como las colecciones del propio estudio. "Nosotros necesitamos mostrarnos como diseñadores, entonces tenemos que generar productos que tengan impacto mediático, pero que a su vez sean cercanos a la gente, que sean entendibles o que hablen de determinada tendencia. En un punto, hay cosas que son mucho más frías de lo que a la gente le gustaría ver. A la gente le gustaría imaginarse al artista que crea, y no es así", remata Carlo.

El proceso de diseño implica análisis, investigación, interpretación de comportamientos, administración de recursos, venta y creatividad: todo ocurre al mismo tiempo. Como señala Agustín: "El diseñador en realidad hace un montón de cosas que mucha gente no sabe que hace". La meticulosidad y el análisis de las variables son importantes en el desarrollo del producto porque, si hay una falla en el resultado final, puede costar muy caro, especialmente si el cliente es una fábrica que produce centenares de un mismo producto por mes, como es el caso de las fábricas en Brasil para las que trabajan.

Lento pero seguro

En este momento el estudio tiene 45 productos a la venta licenciados en Brasil, algunos son líneas y otros productos sueltos, repartidos entre cuatro grandes clientes: Oppa, Tok&Stok, Punto Mobbile y Universum. En términos de dinero, estas licencias representan entre el 20% y el 25% de la facturación anual de la empresa, y la idea es duplicar las licencias por año y posicionar a la marca en Brasil en un estrato más alto.

Expandirse a otros mercados les implicaría conocer nuevas reglas de juego. Tienen en la mira Perú, pero por el momento solo harán un acercamiento a través de la venta de alfombras, que están realizando con un socio estratégico: Malabrigo, una empresa uruguaya que trabaja con lana merino teñida artesanalmente, de excelente calidad. Las alfombras se fabrican en Perú con lana y diseño uruguayos. "La estructura del estudio es muy chica como para abrir muchas puertas, no somos de la idea de que cuantas más puertas se abran más posibilidades de negocio hay. El estudio tiene una marca. Si yo abro diez puertas y en las diez genero una mala impresión, la marca se cae", explica Agustín.

Influencias

Menini nicola 2

Para esta dupla —con poco tiempo libre, padres de niños pequeños, parejas diseñadoras y ansias de volver a hacer deporte cuando la rutina diaria se los permita—, el diseño es el sustento de sus vidas y no se imaginan viviendo fuera de ese ámbito, sobre todo porque el emprendimiento que comparten y que forma parte de su vocación tiene que ver con eso. "Esto no significa que sea un loquito que está todo el día hablando de diseño ni nada", aclara Carlo y agrega que no consume libros de diseño, sino que trata de nutrirse de otras cosas. "Los diseñadores consumimos fútbol. Me acuerdo de estar hablando con colegas en Brasil y en un momento viene uno y dice, 'ah, pero están hablando de fútbol ustedes...'. Y sí, somos Brasil y Uruguay, ¿cómo no vamos a hablar de fútbol?", dice. Agustín coincide con la postura: "Como diseñadores tratamos de ser seres culturales, estar abiertos. Somos intérpretes de la cultura o la generamos a partir de la interpretación de otra cosa. Estar cerrado o solamente leer libros o ver documentales de diseño y hablar solamente con diseñadores te separa de la realidad".

Sin embargo, sus creaciones también se ven influenciadas por movimientos que tocan al diseño y por grandes diseñadores. El modernismo brasileño marcó una impronta en sus trabajos y en la forma en cómo encararlos; y en sus comienzos, el diseñador inglés Matthew Hilton fue un gran referente por sus trabajos en madera. Admiten que la influencia de otros diseñadores es constante, pero no tanto a través de sus obras, sino del trato, de los aspectos humanos de la persona y de la forma de trabajo. Buscan generar proyectos en colectivo con sus competidores, comparten datos, proveedores, puntos de venta, eventos y riesgos en las ferias porque están convencidos de que al profesionalizar la competencia, sube el nivel general y eso los termina beneficiando a todos y creando una marca país del diseño nacional.

Lo cierto es que ellos hacen un mix de todas las influencias, donde mezclan diferentes estilos en sus colecciones. "El estudio no se autodefine, no buscamos tener una etiqueta. La verdad, nos sentimos más cercanos a procesos, al diseño orgánico, por ejemplo, que es una especie de definición que está más asociada a utilizar los recursos que tenés a disposición: recursos naturales, humanos, estéticos, comunicacionales, culturales", explica Agustín.

Proyecciones


Viajar es el gran plan a futuro que tienen ambos diseñadores, ya sea por trabajo o para pasear. Como estudio, la meta profesional es lograr facturar más. "Hay una mentira muy interesante en el ámbito del emprendedurismo, que es que la plata no tiene que ser un problema. La plata no es un problema cuando la tenés, esa es la realidad. La sustentabilidad es una obsesión en el estudio. Si nosotros queremos hacer lo que nos gusta, tenemos que hacer más sustentable esto", señala Agustín. La ambición inicial del equipo no es a priori ampliar la estructura de la empresa, sino poder trabajar más holgados y con menos preocupaciones. "Nuestro objetivo no es facturar 200 millones de dólares por año o vender la empresa, sino estar más cómodos y hacer lo que más nos gusta", dice Agustín, y Carlo comenta: "En la incubadora Ingenio eso lo veíamos mucho y era extraño; gente que entró al mismo tiempo que nosotros, a los dos meses ya tenía diez personas contratadas y el objetivo era vender la empresa. Mientras nosotros pensábamos, '¿qué voy a vender mi empresa? Somos nosotros, están nuestros apellidos, no tiene sentido'". Y con esa convicción siguen trabajando para consolidarse como marca, sin atarse a estilos, teniendo presente el valor de la utilidad y la belleza del diseño y apostando a generar una marca país digna de competir en los grandes centros del diseño industrial.

Un paso adelante

Tendencia y moda no son lo mismo, y en el mundo del diseño industrial, para perdurar hay que adelantarse a lo que se viene, anticipar los cambios y ser los primeros en plasmarlos en los productos. Una tendencia puede durar dos, tres o hasta cinco años y va a ir dejando de serlo a medida que se vaya popularizando y haciendo masiva.

En el estudio, Agustín y Carlo buscan generar un contenido, una historia, un concepto detrás de cada producto que trascienda las modas y las tendencias. "Si vos querés vender un producto de muy buena calidad ya no alcanza con la manufactura, la resolución estética formal, los materiales o el lugar de origen, sino que tiene que haber algo detrás", señala Agustín. Esos conceptos que dan vida a los productos que crean se basan en el contexto que estén viviendo en el momento, ellos y el estudio en particular, del que también forman parte Silvana Nallem y Mariana Suárez. "Lo que estamos queriendo hacer es decir algo que nos represente tal cual somos hoy, que tenga un valor acá, en Londres, en China o en cualquier lado, y somos capaces de hacerlo", apunta Agustín.


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