4 de marzo 2026 - 12:57hs

La escalada del conflicto con Irán volvió a poner en el centro de la escena al Estrecho de Ormuz, uno de los nodos más sensibles del sistema energético global. Por ese corredor transita más del 20% del petróleo mundial y cerca del 22% del comercio global de gas natural licuado (GNL), lo que convierte cualquier tensión en un factor clave para el precio del petróleo, el transporte marítimo y la seguridad energética internacional.

Qué significa la crisis del Estrecho de Ormuz para la energía global y para Argentina

El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero no solo escaló la tensión geopolítica en Medio Oriente. También introdujo un nuevo nivel de riesgo sobre uno de los principales corredores energéticos del mundo, con implicancias potenciales para el precio del petróleo, el transporte marítimo y la seguridad energética global.

Por el Estrecho de Ormuz transita más del 20% del petróleo mundial, entre 17 y 20 millones de barriles diarios, y cerca del 22% del comercio global de gas natural licuado (GNL). En un día típico, buques que transportan una quinta parte de la demanda global de crudo atraviesan ese corredor rumbo a Asia, particularmente a China e India.

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Tras los ataques y las advertencias del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica a embarcaciones comerciales, el tránsito comenzó a reducirse drásticamente. Las aseguradoras de riesgo de guerra recalcularon primas, grandes navieras suspendieron operaciones regionales y el mercado empezó a comportarse como si la interrupción ya fuera real, aunque no exista un cierre formal.

El primer movimiento: el precio

La reacción fue inmediata. El Brent pasó de USD 73 a cerca de USD 80 en 48 horas (+10% en operaciones extra-bursátiles). En su pico intradiario, los futuros llegaron a subir hasta 13%, alcanzando los 82,37 dólares por barril, antes de retroceder a la zona de USD 78.

“El factor clave aquí es el cierre del Estrecho de Ormuz”, señaló Ajay Parmar, director de energía y refinación de ICIS. Para Priyanka Sachdeva, analista principal de Phillip Nova, “los mercados reconocen la gravedad del conflicto, pero por ahora se trata de un choque geopolítico, no de una crisis sistémica”.

El mercado no espera a que falten barriles. Reacciona al riesgo.

Para la economista energética Aleida Azamar Alonso, profesora de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, el riesgo inmediato no es una interrupción física del suministro sino una disrupción logística en el transporte del crudo.

“Por Ormuz pasa cerca del 20% del consumo mundial y cualquier tensión dispara automáticamente una prima de riesgo en el precio”, explica. “No estamos ante un shock de oferta inmediato, sino ante un aumento del costo y del riesgo de mover esos barriles”.

Por qué Ormuz es el punto crítico

El Estrecho de Ormuz no es solo un paso marítimo: es uno de los principales puntos de estrangulamiento del sistema energético global.

  • Flujo diario de petróleo: ~20 millones de barriles
  • 27% del comercio marítimo mundial de crudo
  • 22% del comercio global de GNL
  • ~USD 600.000 millones anuales en comercio energético
  • Capacidad alternativa de desvío: apenas ~3,5 millones de barriles por día

En comparación con los volúmenes que transitan normalmente, las rutas alternativas representan solo alrededor del 17% del flujo típico. El estrecho no tiene sustituto funcional a corto plazo. Azamar coincide en que las alternativas logísticas son limitadas. “Estamos hablando de hasta 20 millones de barriles diarios. Las rutas alternativas por oleoductos solo pueden cubrir una parte y hoy mismo operan cerca de sus límites”.

Según la economista, incluso si otros productores como Estados Unidos o Brasil aumentaran oferta, el ajuste no sería inmediato. “Lo más probable sería ver presión sobre inventarios y precios más altos durante varios meses”.

Incluso si Arabia Saudita o Emiratos Árabes Unidos incrementaran su producción, las limitaciones logísticas seguirían siendo relevantes. Gran parte de sus exportaciones también depende del tránsito por el Estrecho de Ormuz. Según el economista energético Jorge León, de Rystad Energy, un cierre efectivo del corredor implicaría una pérdida neta de entre 8 y 10 millones de barriles diarios, incluso considerando desvíos por oleoductos regionales. En otras palabras, el problema no sería solo producir más petróleo, sino poder sacarlo al mercado.

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Qué cambió en esta escalada

Para el analista Julio Burdman, el ataque del 28 de febrero introduce tres diferencias estratégicas respecto a episodios anteriores entre Irán, Estados Unidos e Israel.

El primero es la profundidad del daño sobre las capacidades iraníes. “Se buscó hacer un daño grave no solo al plan nuclear, sino a las defensas antiaéreas y a las estructuras profundas de las fuerzas armadas y de seguridad iraníes para debilitar su capacidad de respuesta”, explica. A diferencia de ataques previos, más focalizados en capacidades técnicas, esta vez el objetivo fue afectar de manera estructural el poder militar del régimen.

El segundo cambio fue el desplazamiento del foco desde la infraestructura hacia el liderazgo político. Según Burdman, la eliminación del ayatolá Jamenei, del expresidente y de altos mandos militares responde a una nueva lógica: “La amenaza no provenía solamente de las capacidades nucleares de Irán, sino de sus cerebros políticos”. Es decir, el ataque apuntó directamente al comando político del régimen, en un movimiento que algunos interpretan como un intento de forzar divisiones internas o incluso habilitar un escenario de cambio de régimen.

El tercer elemento es la demostración de alcance regional por parte de Irán. “Irán atacó bases e instalaciones de Estados Unidos en otros países del Golfo, mostrando que puede proyectar poder desde su territorio a múltiples puntos geográficos”, señala. Esa capacidad misilística y de drones, junto con la posibilidad de respuestas indirectas o asimétricas, amplía el rango de escenarios posibles.

Para el mercado energético, estos tres factores no son solo datos militares. Lo que introducen es una mayor incertidumbre sobre la capacidad de control y respuesta de los actores en una región que concentra uno de los principales corredores energéticos del mundo. La incógnita ya no es solo qué ocurrió, sino cómo y hasta dónde puede responder Irán.

La variable central: duración

El mercado no está evaluando únicamente la escalada militar, sino la duración operativa de las restricciones en Ormuz. “Eso es lo más incierto”, advierte Burdman. “La transparencia en el mercado energético es baja y la opacidad es alta, porque las implicancias económicas son enormes”.

Según el analista, existen fuertes incentivos para que el estrecho continúe funcionando, particularmente del lado chino. China es el mayor importador de petróleo iraní y depende directamente de esa vía. Burdman señala que Beijing podría incluso jugar un rol activo para evitar una interrupción prolongada. “China es el actor con mayor incentivo para que el estrecho se mantenga operativo. Una vez que tenga claro que el régimen iraní sigue controlando el país y no hay fragmentación del comando político, probablemente presione a Teherán para que el conflicto no interrumpa el flujo normal del comercio energético”.

En el caso de Estados Unidos, el análisis es más complejo. “Unificar a Estados Unidos como un solo actor es un error”, señala Burdman, aludiendo a la pluralidad de intereses internos. Como potencia, a Washington le conviene que la operación petrolera global sea fluida. Pero dentro de su propia estructura económica, existen actores a los que un precio más alto del barril no les resulta negativo.

Estados Unidos es hoy uno de los principales productores de petróleo no convencional. En ese contexto, un barril demasiado bajo afecta la rentabilidad del shale. “Si cae por debajo de 55 o 60 dólares deja de ser rentable”, explica. Con precios en torno a los 80 dólares, los proyectos no convencionales resultan más atractivos, lo mismo que para Vaca Muerta.

El punto de equilibrio, según esta lógica, no es la ausencia de tensión sino su límite. A Estados Unidos no le conviene una interrupción física que genere escasez real de crudo. Pero un escenario en el que la tensión eleve el precio sin cortar la disponibilidad puede no ser necesariamente adverso para todos los actores dentro del sistema estadounidense.

En el caso de Rusia, exportador relevante de energía, un aumento de precios derivado de menor fluidez en el Golfo tampoco resulta incómodo. Según Burdman, Moscú tiene un margen mayor para absorber volatilidad energética porque su estructura productiva está menos expuesta a los mercados internacionales.

“Los rusos tienen un cálculo de costos energéticos distinto porque gran parte de su producción está internalizada y denominada en rublos. Manejan todo el circuito productivo y tienen más colchón frente a los precios internacionales. Pero obviamente tampoco les conviene que el precio caiga demasiado”.

Burdman advierte que un conflicto prolongado tampoco sería funcional para la mayoría de los actores. “Uno tiende a pensar que una escalada larga no le sirve a nadie. Trump necesita salir victorioso, pero no puede permitirse una guerra que escale al punto de generar bajas estadounidenses. China es probablemente el actor más interesado en que esto se resuelva rápido y sin mayor alcance”.

El resultado posible no es, entonces, un cierre total del estrecho, sino una tensión prolongada que mantenga una prima geopolítica en el precio sin romper completamente la oferta global.

La dimensión LNG: un riesgo paralelo

El gas introduce un canal de vulnerabilidad adicional.

Alrededor del 22% del comercio mundial de GNL transita por Ormuz, principalmente desde Qatar y Emiratos Árabes Unidos. A diferencia del petróleo, no existe un sistema coordinado de reservas estratégicas de gas natural. Si los envíos se interrumpen, no hay un mecanismo equivalente de liberación de emergencia. Además, las plantas de licuefacción fuera del Golfo ya operan cerca de su capacidad, lo que limita la posibilidad de compensación.

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El segundo movimiento: contención política

Frente a la escalada, la OPEP+ anunció un aumento de producción de 206.000 barriles diarios a partir de abril. En un mercado que consume ~103 millones de barriles diarios, el incremento representa apenas 0,2% del total, frente a hasta 20 millones de barriles en riesgo en Ormuz. Es una señal política, no una solución física.

¿Y Argentina?

En el plano local, el presidente de YPF, Horacio Marín, descartó aumentos bruscos en combustibles. “Nosotros tomamos decisiones tranquilas frente a estas situaciones. Tenemos una política de precios basada en promedios móviles. No vemos el precio del petróleo en el día”, explicó. “No esperen cimbronazos”, agregó. “Tanto en las caídas como en las subidas rápidas no hay afectación inmediata al consumidor. Solo si el barril se mantiene muy alto durante mucho tiempo podría haber ajustes graduales”.

En términos estructurales, el conflicto también abre una ventana para Argentina como proveedor estable fuera de zona de guerra. “Estas situaciones hacen que se beneficien nuestros productos. Con precios normales podríamos exportar alrededor de 50.000 millones de dólares por año”, sostuvo.

Burdman coincide en que un barril alto sostenido puede favorecer decisiones de inversión en Vaca Muerta. “Si el petróleo sube en forma prolongada, es bueno para el proyecto. Los desarrollos no convencionales requieren horizonte de largo plazo”, afirma. Aunque reconoce que la volatilidad financiera afecta activos locales, “cayeron bancos, cayó el Merval, cayeron acciones argentinas afuera”, considera que en el contexto actual los mercados globales tienden a descontar mejor la incertidumbre geopolítica.

Azamar advierte, en este sentido, que precios más altos no necesariamente se traducen en más inversión si vienen acompañados de volatilidad global. “Si el precio sube por una guerra y luego cae bruscamente, las inversiones se frenan”, señala. “Los proyectos no convencionales son intensivos en capital y muy sensibles al costo financiero. Si sube la percepción de riesgo global, también sube el costo del crédito”.

Según la especialista, los desarrollos energéticos requieren estabilidad de precios durante varios años. “Los proyectos necesitan horizontes largos. Los picos temporales de precios no alcanzan para cambiar decisiones estructurales de inversión”.

Más que oferta y demanda

El conflicto en el Golfo no es solo un episodio militar. También involucra cálculos energéticos.

Para Burdman, el factor petrolero nunca es completamente neutral dentro de la estrategia de las potencias. “No creo que todo lo que está haciendo Estados Unidos esté movilizado exclusivamente por la cuestión petrolera. Los argumentos de seguridad son reales, especialmente para Israel. Pero tampoco es posible pensar que el factor energético no forme parte, al menos de manera secundaria, del cálculo estratégico”.

Cuando el principal corredor energético del planeta entra en tensión, el precio deja de reflejar únicamente oferta y demanda y comienza a incorporar incertidumbre estratégica.

El interrogante que hoy descuenta el mercado no es si el estrecho está formalmente cerrado, sino cuánto tiempo puede permanecer alterada la fluidez de ese nodo crítico sin alterar estructuralmente el equilibrio energético global.

Y en esa duración, más que en los titulares, se juega el verdadero impacto.

Para Azamar, el episodio también se inscribe en una transformación más amplia del sistema energético global. “No parece solo un evento coyuntural. Hay una acumulación de tensiones: la guerra en Ucrania, Medio Oriente, la rivalidad entre Estados Unidos y China”.

En ese contexto, sostiene que el comercio energético se vuelve más fragmentado y estratégico. “No es el fin de la globalización energética, pero sí una etapa mucho más inestable que hace una década”.

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