Las elecciones internas de este domingo 30 en Uruguay dejaron tras de sí una estela de ganadores que representan una visión moderada de la sociedad y de la economía, por más que los dos grandes bloques en pugna se afanen en marcar diferencias que muchas veces no son tales.
En el Frente Amplio, la fuerza de izquierda que gobernó el país desde 2005 a 2020, triunfó Yamandú Orsi, un hombre que reconoce que en este país “hasta los progresistas son bastante conservadores” y que planea colocar al frente de su eventual gabinete económico a Gabriel Oddone, quien suele advertir sobre la necesidad de cuidar los equilibrios macroeconómicos.
Orsi venció a Carolina Cosse, la intendenta de la capital Montevideo quien tuvo como principal respaldo a los partidos más radicales de la izquierda –el Partido Comunista y el Partido Socialista- quienes suelen tener más fuerza militante que la que finalmente reflejan en las urnas.
Orsi llevará a Cosse como su compañera de fórmula para las generales de octubre pero se espera que su discurso mayormente moderado permee el de la izquierda si pretende seducir al electorado de centro que finalmente es quien termina definiendo las elecciones.
Orsi, quien es intendente de Canelones, el segundo departamento en cantidad de votantes, tiene como principal apoyo al Movimiento de Participación Popular (MPP) del ex guerrillero tupamaro y expresidente José Mujica, quien pese a su pasado violento no intentó ninguna locura cuando le tocó gobernar el país.
En tanto, en el bloque oficialista que manda en el país con el presidente Luis Lacalle Pou a la cabeza, el mayoritario Partido Nacional (Blancos) eligió por abrumadora mayoría a Álvaro Delgado, el delfín del actual mandatario.
Delgado (75%) le ganó a Jorge Gandini –representante de la centroizquierda nacionalista- y a Laura Raffo (19%), una economista apoyada principalmente por el conservador Herrerismo, un sector que tradicionalmente propugnó una visión abiertamente liberal de la economía, y que tuvo su auge durante la administración de Luis Alberto Lacalle Herrera, padre del actual presidente, quien durante su mandato (1990-1995) intentó privatizar varias empresas públicas.
Pero Lacalle Pou no es Lacalle Herrera y Delgado lejos está de posturas radicalmente liberales. El candidato blanco incluso ha dicho que su principal preocupación si llega al poder es abatir la pobreza infantil, inquietud que comparte con el resto de los partidos uruguayos. Delgado llevará como compañera de fórmula a Valeria Ripoll una exdirigente del Frente Amplio y exdirigente sindical.
El resto del conglomerado de la coalición oficialista está integrado por el Partido Colorado, el Partido Independiente y Cabildo Abierto. El Partido Colorado gobernó casi hegemónicamente durante décadas y formateó la idiosincrasia uruguaya con una mirada socialdemócrata –impulsada a principios de siglo por José Batlle y Ordóñez- en la que el Estado juega un rol preponderante en la organización de la sociedad.
Tras la crisis financiera de 2002 durante la cual ocupaba la presidencia Jorge Batlle –sobrino nieto de aquel Batlle del principio- el partido se desfondó y pasó a ser oposición del Frente Amplio y socio minoritario de los blancos.
En esa colectividad este domingo compitieron varios candidatos, todos imbuidos por la ideología batllista, unos más liberales, otros más proteccionistas, pero sin grandes diferencias entre sí. De esa pugna resultó ganador Andrés Ojeda, un joven abogado mediático de escasa trayectoria pero con mucha exposición pública por haber participado como defensor en varios casos de alta repercusión.
Ojeda es un admirador del presidente nacionalista Lacalle Pou, por lo que se espera que si el bloque oficialista retiene el poder, blancos y colorados se entiendan sin demasiadas dificultades.
Los minoritarios partidos Independiente y Cabildo Abierto llevarán como candidatos a Pablo Mieres (centroizquierda) y Guido Manini Ríos un excomandante del Ejército devenido en político y afín a posturas conservadoras y estatistas.
Como fue dicho, aunque probablemente los candidatos del oficialismo y de la oposición intentarán demonizar al rival –señalándose mutuamente como liberales desalmados y comunistas peligrosos- nadie espera que de las elecciones de octubre, o del eventual balotaje de noviembre, surja un presidente que cambie radicalmente las políticas macroeconómicas seguidas casi que al pie de la letra por los gobiernos uruguayos desde la reapertura democrática de 1985 hasta la fecha.
La campaña electoral que se viene podrá ser más o menos agresiva pero la penillanura levemente ondulada que identifica al territorio uruguayo difícilmente mute en un terremoto político gane quien gane en la pelea por el poder.