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Del cuento te tenés que enamorar. Es una relación que funciona a flechazos. Primero, te tiene que pasar con la lectura. Después viene la escritura. Y puede suceder que en los primeros intentos no pase nada. De hecho, la experiencia de Fernanda Trías fue así: empezó leyendo los cuentos de Cortázar, y nada. Después a Borges, y tampoco nada. Después Onetti, pero le gustaron más las novelas. Y tuvo que darse de frente contra el dique anglosajón de Cheever, Carver, Flannery O'Connor y el resto para entender que allí había algo para ella. Terreno para su imaginación hambrienta de experimentación.

La autora de las premiadísimas Mugre rosa y El monte de las furias también es cuentista. El dato no es reciente: en 2016 publicó No soñarás flores y fue celebrado por sus lectores como una continuidad de las intenciones que había mostrado en La azotea o La ciudad invencible. Después llegó el éxito masivo global, los dos premios Sor Juana Inés de la Cruz consecutivos y ahora la uruguaya de 49 años pegó la vuelta al relato breve para recordar que todavía le gusta jugar en corto: Miembro fantasma, editado por el sello Páginas de Espuma, se presentó este jueves en Montevideo con presencia de Trías, que regresó a su país de su Bogotá adoptiva por unos días.

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En su nuevo libro, Trías ensaya sus relatos en torno a las figuras del escritor (y la escritora), se divierte con la metaliteratura, quiebra las voces de sus personajes, trabaja los temas del alcoholismo, el fracaso y hasta la dictadura uruguaya, y prolonga la búsqueda por subvertir las expectativas en torno a su obra, esas contra las que, desde que se convirtió en la autora uruguaya más internacional de todas, escribe.

A continuación, un resumen de la charla de Trías con El Observador.

¿Te acordás del primer cuento que escribiste? ¿Fue en el taller de Mario Levrero?

Puede que haya sido en el taller de Levrero, sí. Pero de mi parte no había un interés por escribir un cuento en esos momentos. Creo que el interés por el género llegó de forma bastante posterior. Tal vez el primer cuento que escribí como tal es uno que se llama Carnaval, que recoge recuerdos de infancia de cuando iba al carnaval del 18 de Julio, los cabezudos, los pomos, desde el punto de vista de una niña. Pero la verdad es que no me interesé por el género hasta que me enamoré de él. Y eso fue a partir de la lectura.

¿De qué cuentos?

De un conjunto de autores que realmente me fascinaron, que vienen de la línea del cuento anglosajón. Katherine Mansfield, Flannery O'Connor, John Cheever, Carver, después me voló la cabeza Alice Munro... Ese tipo de escritura es lo que me hizo quedar loca con el género del cuento y a partir de ahí empezar a interesarme por escribirlo, entenderlo y pensarlo, que no es fácil.

Esa lista de autores, que alternan entre un realismo sucio norteamericano y el gótico sureño, se sienten cercanos a lo que escribís.

Sí. Ojo que después revaloricé muchísimo nuestros cuentistas latinoamericanos. Volví a leerlos. A Rulfo, por ejemplo. Y aprendí a admirarlos. Pero para mí sigue siendo más interesante el cuento de personaje que el atmosférico o el de la peripecia.

¿Qué queda de esa escritora de ese primer cuento, Carnaval, en esta Fernanda Trías de Miembro Fantasma?

No mucho, creo. Tal vez pueda quedar un interés por la emoción mínima, por la epifanía, por algo que transforma lo más íntimo de los personajes. El pequeño quiebre. Eso podría ser. Pero hubo un largo camino de aprendizaje, muchos fracasos en el medio, cuentos fallidos. Y luego, últimamente, un interés mayor en la experimentación formal y el trabajo con las estructuras. Creo que al principio no pensaba en eso, sino en llevar a término un cuento que tuviera un conflicto y donde hubiera una transformación, pero no tenía todavía la capacidad como para jugar con más soltura.

¿Y qué cambió entre No soñarás flores y Miembro fantasma?

En No soñarás flores hay una misma voz que se mantiene, son narradores distintos pero es una voz más homogénea. Yo quería romper con eso, divertirme al romper eso. Con todos los prejuicios que también vienen asociados a cómo tengo que escribir yo.

¿Qué prejuicios?

En el primer cuento, por ejemplo, me estoy riendo de muchas cosas que me han dicho. Que mis personajes son todas narradoras mujeres, por ejemplo. Así que lo hice a propósito. Para jorobar, ¿entendés? Y sobre todo porque a mí me gusta siempre salir de la zona de confort y jugar con esos límites. Me acuerdo de que hace muchos años habían clasificado a los autores uruguayos jóvenes del momento en categorías y a las mujeres nos pusieron como las “intimistas”, porque escribíamos desde el yo. Y no me sentí identificada, porque lo único que había publicado en ese momento era La azotea, que está en primera persona pero no está escrita desde el yo, es una historia muy alejada de mi realidad. Me pregunté por qué me estaban poniendo en ese lugar, y mi conclusión es que fue solamente por ser mujer. En Miembro fantasma también quiero moverme y que haya cuentos que rompan con esos moldes de lo esperable.

¿Te peleás con las categorías?

Quiero despistar, por lo menos.

¿Y es una escritura contra las expectativas lo que querés hacer hoy? ¿Escribir contra lo que se espera que Fernanda Trías escriba?

Sí. Porque esas expectativas que están ahí afuera se internalizan. En parte lo hago para no internalizarlas, para no dejarme influir y seguir abriendo cancha.

Cuidar el terreno de la escritura.

Es defender la escritura como un terreno de libertad donde todo está por hacerse. No me gustaría tener la sensación de que ya está, que ya se estableció cuál es mi terreno y que tengo que escribir ahí dentro hasta que me muera. Para mí la escritura es, ante todo, un espacio de libertad y hay que defender que vas a escribir lo que tengas que escribir, independientemente de lo que hayas escrito antes.

¿Cómo notás que está el cuento en su eterna lucha por conquistar la atención de los lectores frente a la novela? ¿Cómo lo sentís desde dentro del mercado editorial?

No sé porque no tengo acceso a números, solo impresiones o percepciones externas. Lo que te puedo decir es que los editores no se alegran tanto de que les digas que tenés un libro de cuentos como sí se alegran si le decís que tenés una nueva novela. Excepto que sea una editorial como Páginas de espuma, que se especializan en cuento y generan una comunidad en torno a eso que también ha ido aprendiendo a leerlos, algo que es algo maravilloso. Porque el cuento es desafiante como género y se necesita un entrenamiento.

En varios de los cuentos de este libro hacés un trabajo metaliterario e indagás en la figura del escritor y en el propio acto de escribir el cuento. ¿Qué te interesaba de eso?

No soñarás flores incluye Anatomía de un cuento, un cuento donde ya trabajé eso porque desde siempre me ha interesado pensar el mecanismo de las cosas. Acá profundicé en esa dirección, y siento que es parte de la deformación del oficio. Pienso tanto en cómo se escribe un texto que se empieza a colar cada vez más en mi escritura. Pero además, en cuentos como Personaje en construcción implicó una cierta irreverencia que necesitaba conquistar para poder reírme. Y también aparece la figura de la escritora, en Ciclón por ejemplo, la escritora famosa que se está muriendo.

En ese cuento entra también en juego lo que sucede cuando utilizamos el material de la vida para escribir, cuando lo ponemos en juego en la escritura y lo que genera a nuestro alrededor.

Sí, y también a quién pertenecen las historias, cómo transforma esa escritura autobiográfica a los que toca.

¿Tenés claro cuando escribís a quién pertenecen las historias?

Escribir ese cuento fue parte de esa reflexión. Es decir, ¿dónde me posiciono yo? ¿Quién sería yo en esta historia? Yo sería la que hace todo lo que el texto pida. Es fuerte decir eso. Para mí ese compromiso tiene que ser total, pero es fuerte porque entonces alguien podría decir, “si tuvieras que traicionarme, ¿lo harías?”. Bueno, no sé, no he estado en esa posición, pero creo que hay que tener un compromiso, es indispensable para la escritura. Si vieras la cantidad de textos que he leído donde se nota que el autor, al escribir material autobiográfico, se refrenó o le retacea cosas al lector... Y ahí hay una decepción que el lector no te perdona nunca, porque se nota que no te animaste, que pensaste en las repercusiones, en que podía herir a alguien. En el cuento Ciclón estaba pensando eso y muchas otras cosas también, porque trata sobre una escritora que muere sola, que se entregó a su oficio y que es juzgada por el camino que eligió. Llega al final de su vida y tiene que encarar las consecuencias de sus elecciones. Y es tal cual. Vos elegís un camino vital, tomás decisiones y al final siempre se pagan de un modo u otro. Se paga elegir el camino solitario, y se paga también el otro camino.

También aparece el alcoholismo en al menos un par de los cuentos. ¿Qué buscabas indagar a partir de eso?

Dejando de lado a figuras como Lucia Berlin, no me parece que esté tan abordado el alcoholismo en la narrativa de mujeres. Sigue siendo un tema tabú y hay un potencial para escarbar, para ver el conflicto. El tema del alcoholismo reúne muchas cosas que me interesan desde allí; por un lado es muy de personaje, por otro lado, muy familiar y tiene que ver con el fracaso. Creo que la adicción muchas veces está ahí por el vértigo muy grande que significa estar ante el miedo, ante un fracaso vital, ante el fracaso de la obra, de la búsqueda existencial, del sin sentido, de la constante insatisfacción y el no tener claro qué es lo que te haría estar satisfecha. El alcoholismo viene a llenar ese vacío y me parece interesante por lo doloroso. ¿Qué es lo que está llenando? ¿Qué es eso que estás evitando mirar? ¿Es el abismo? Mis personajes, a veces, eligen no mirar. Y eso se perpetúa hasta que encuentran un verdadero fondo o un atisbo que roza lo místico, un segundo que les permite entender algo sobre sí mismos.

También te metiste con la dictadura uruguaya en el cuento que, justamente, le da título a todo el libro. ¿Era inevitable que apareciera ese tema en tu horizonte? Has mencionado en varias entrevistas que haber crecido en Montevideo en esa época es algo que te marcó.

Hacía muchos años que sabía que quería escribir sobre eso. Lo que pasa es que tenía que encontrarle el ángulo y sabía que tenía que ver con mi experiencia de infancia y cómo lo había vivido yo desde un lugar muy raro e incómodo: el de una niña que es parte de una familia que no habla del tema, que decidió quedarse en el país y tratar de no hablar sobre lo que sucedía para que no me enterara. Pero con eso no me alcanzaba para un cuento. Estuve muchos años dándole vueltas a la idea de cómo encararlo, hasta que lo hice y fue una escritura muy catártica. Pude recrear mi barrio, mi calle, porque esa historia transcurre en mi cuadra, en Chaná y Jackson. Fue importante hacer ese viaje al pasado, y no podría haberlo hecho antes porque tenía que saber bien cómo enfrentarme a un tema que, además de muy doloroso de la memoria histórica de nuestro país, ya tiene mucha tradición en la literatura.

¿La escritura previa de El monte de las furias, que aborda de alguna forma la violencia política en Colombia, destrabó la escritura de este cuento?

Sí, porque se van moviendo cosas dentro. El monte de las furias permitió una conversación entre las situaciones, porque más o menos estamos hablando de los mismos años.

Hablando de El monte de las furias: te dio tu segundo premio Sor Juana Inés de la Cruz. ¿Qué significó repetir luego de haberlo ganado con Mugre Rosa?

Siento que significó un reconocimiento al riesgo, a cambiar completamente y asumir otros riesgos estéticos, que no dejan de ser políticos también. Sentí que fue un reconocimiento al acto de seguir empujando los límites de mi propia búsqueda, de mis propias capacidades. A que tengo que seguir empujando el trabajo con el lenguaje.

En el discurso de aceptación del premio decías: Yo me alegro mucho cada vez que incomodo a las personas correctas, me reafirma en que voy por el buen camino que es el de abrir mi propio camino a golpe de machete, pero un machete cuyo filo es la palabra. ¿Quiénes son esas personas correctas a incomodar?

Se trata de incomodar a un discurso. Yo tengo representantes de ese discurso con nombre y apellido, pero no importan. Es un discurso conservador sobre cómo debería ser la literatura, qué es una novela, las categorizaciones, la falta de trama, todas esas ideas que siguen muy instaladas. Y cosas como qué es una literatura uruguaya, qué sería eso que permite que a un libro lo consideremos como uruguayo y otro no. Para mí lo interesante siempre es la diversidad. Y encuentro que estas ideas son conservadoras, que pretenden hacer más rancio el panorama. De todos modos, sé que los representantes de esos discursos no van a cambiar de opinión, que no soy yo quién los va a hacer cambiar de opinión. Simplemente sé que después les da rabia que me den el premio.

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