The Boys, El Oso, Euphoria, Hacks, Stranger Things. En los últimos meses, un puñado de series relevantes cerraron su camino. Algunas de las ficciones que acapararon buena parte de la atención y la conversación de los últimos años (una proeza no menor dado el continuo torrente de estrenos que llegan a plataformas y canales) se despidieron, aunque no todas lo hicieron de una forma que dejara satisfecha a su audiencia.
En un artículo publicado por la New York Magazine en 2013, el crítico estadounidense Matt Zoller Seitz comentaba que los finales “son el momento más importante de las series, porque retrospectivamente le da forma a lo que pensamos sobre todo lo que vino antes. El público lógicamente le pide respuestas a sus preguntas básicas (…) pero también quieren respuestas sobre las preguntas grandes: ¿Qué estaba tratando de decir esta serie sobre la naturaleza humana, sobre la sociedad, sobre la vida? ¿Quería decir algo? ¿Se mereció el tiempo y la emoción que invertí en ella?”
Las causas del siniestro
Finales recientes o clásicos con consenso de que son buenos: los de Breaking Bad y Better Call Saul, el de Six Feet Under, el de The Wire y su conclusión de que el sistema siempre gana; el de Los Soprano, más allá de su cualidad sorpresiva, abrupta y misteriosa. De los más nuevos, el más unánime ha sido el de Succession, que aunque puede no haber saciado las expectativas de un público que quería que tal o cual personaje se imponga en la discusión sobre la herencia que desde el comienzo sobrevoló la historia, tenía sentido y coherencia con todo lo ocurrido hasta ese momento.
Finales recientes o clásicos con consenso de que son malos: el de Lost (aunque con el tiempo ha sido más aceptado, en el momento generó un escándalo de proporciones por dar una respuesta concreta a una serie que siempre estuvo cómoda en el misterio), el de Game of Thrones, el de Stranger Things. A esa lista se acaban de sumar en estas semanas The Boys y Euphoria.
Se pueden esbozar algunas razones puntuales y generales sobre por qué los finales (en particular los de aquellos proyectos que más atención concentran) ya no parecen satisfacernos como antes.
Hay un punto que tiene que ver con los nuevos mecanismos de producción que trajeron las plataformas de streaming en comparación a las modalidades con las que se manejaba la televisión tradicional. Mientras que lo habitual en los tiempos analógicos que rigieron hasta mediados de la década pasada (aunque no parezca, series como Breaking Bad, Mad Men o The Walking Dead fueron pensadas para televisión, no para streaming) era tener una temporada por año, o a lo sumo nuevos episodios cada dos años, las plataformas operan con otra lógica.
Los estrenos de temporadas completas, pensadas para ser consumidas en maratón y no a razón de un capítulo por semana, y los tiempos más difusos de la digitalidad —puedo ver una serie el día que se estrena o tres meses después— hacen que las plataformas como Netflix o Amazon se tomen más tiempo para ver cómo les va, cómo son recibidas por el público y de qué forma son consumidas. En base a esos datos puros y duros, que muchas veces sorprenden incluso a las empresas, las plataformas toman recién ahí la decisión de renovar la continuidad de un proyecto.
Entonces ahí hay que poner toda la maquinaria de producción en funcionamiento de nuevo. Y eso lleva tiempo. Hay que escribir guiones desde cero, volver a formar a los equipos técnicos y artísticos, asegurarse que los directores y los actores tengan las agendas limpias. Hay que rodar, editar, posproducir. No se hace raro, entonces, que una serie se tome sus tres años para estrenar una nueva temporada.
Aunque de a poco parece que los tiempos “televisivos” están volviendo, y la frecuencia entre temporadas se acortó considerablemente en proyectos como El Oso, las series derivadas de Game of Thones o The Pitt, lo cierto es que hoy las series son proyectos que se extienden más en el tiempo que antes.
Y ni que hablar si esos proyectos son exitosos. Stranger Things, según revelaron sus creadores, los hermanos Duffer, estaba pensada originalmente como una serie antológica que contaría una historia distinta en cada entrega. El plan original era resolver la historia en una única temporada, a modo de miniserie. Pero Netflix no quería eso, y el inesperado boom que tuvo la serie llevó a que se reconvirtiera en una serie que terminó durando cinco temporadas espaciadas en una década.
La expansión en la escala del proyecto y la presión propia y ajena llevó a que la estructura de Stranger Things se hiciera cada vez más endeble. Los propios Duffer reconocen en el documental sobre el making of de la temporada final que empezaron a filmarla sin guiones terminados. La decepción del público (que también juega su partido generando expectativas a veces irreales) fue tal, que se llegó a desarrollar una teoría conspirativa que señalaba que había en realidad otro final que llegaría más adelante, porque no podía ser que el final fuera tan flojo. Spoiler: era ese nomás.
Saber retirarse a tiempo
En esta época, donde el público busca identificarse con los personajes, elige a sus favoritos y los defiende a capa y espada, es complejo también para los creadores enfrentarse y satisfacer las expectativas y la presión popular, además de que en ocasiones, los autores tienen ideas diferentes sobre las conclusiones o las ideas que quieren transmitir con sus historias.
Las series han pasado a ser maratones, carreras de resistencia que en el camino tienen vaivenes motivados por decisiones creativas, económicas, artísticas o incluso eventos inesperados, como puede ser la muerte de un actor.
Al extenderse en el tiempo, se suma también para sus responsables el desafío de seguir interesado en contar esa historia. Sin ir más lejos, fue algo que le pasó a David Benioff y D.B. Weiss, los showrunners de Game of Thrones.
Para el momento que llegaron a la etapa final de la serie, no solo tenían la falta de los libros originales como punto de partida, luego de que la versión televisiva de Canción de hielo y fuego superara a los textos de George R.R. Martin en su quinta temporada (hablando de verse superado por la expectativa y la presión, el autor ha reconocido su falta en seguir la saga y confirmado que en parte se debe a eso), sino que a Weiss y Benioff ya no les interesaba mucho la serie.
En 2017, año del estreno de la penúltima temporada de GoT, los responsables de la serie anunciaban con mucha alegría que habían renovado su vínculo con la cadena HBO, que emitía la saga de fantasía medieval, para una vez terminada, encarar allí un nuevo proyecto: Confederate, una serie ambientada en un presente alternativo en el que la Guerra Civil estadounidense terminó en tablas y la esclavitud sigue vigente.
El anuncio fue seguido por una avalancha de críticas y cuestionamientos. Críticas a la premisa de la serie y a su retrato de la esclavitud y la opresión de los afroamericanos llovieron por todas partes. HBO cortó el cable, y los dos creativos firmaron primero con Disney para hacer una nueva trilogía de Star Wars (algo que tampoco prosperó) y luego con Netflix un acuerdo de US$ 200 que por ahora ha arrojado como resultado un especial de stand up de la comediante Leslie Jones, y la serie El problema de los tres cuerpos.
Con la relación con HBO tirante y el interés puesto ya en otros proyectos creativos, los responsables se sacaron Game of Thrones de encima, aunque el final fue tan discutido que hasta les costó su posicionamiento de privilegio dentro de Hollywood.
Estamos en la era de las series. En una era, también, donde el término clave es “consumir”: la cantidad importa más que la calidad, e importa más la sensación del conjunto que el nivel individual de cada entrega. Todo está pensado para enganchar, para que quieras seguir scrolleando, avanzando, viendo uno más. Importa más tener tu atención por más tiempo que satisfacerte.
Es un tiempo, entonces, en el que los productos culturales están pensados para que sigas ahí todo lo que sea posible. Para seguir y no para terminar. Por eso siempre hay una precuela, una secuela, un spin-off o algo más preparado para extender las franquicias o los éxitos. Si fuera por las plataformas, los finales no existirían más. Pero aunque sí es cierto que el camino es la recompensa, aunque las historias hayan cambiado sus lógicas, siguen necesitando una conclusión. Por suerte, como lo prueban algunas series, hay creadores que todavía se acuerdan de cómo hacerlos.