De Sendic al Montevideo Rock: ¿quién dijo que en Uruguay nunca pasa nada?

Esa pasmosa calma, tan uruguaya, se rompió en 2017, el año en que renunció un vicepresidente y el porro llegó a las farmacias

La primera redacción que pisé fue la de El Diario de la noche, allá a fines de la década de 1990. El salón tenía unos ventanales enormes y luminosos que daban a la calle Camacuá, en la Ciudad Vieja. Se entraba por una misteriosa puerta de metal que no tenía ningún cartel ni señal que indicara lo que había allí adentro. De hecho, me daba un poco de miedo ingresar en aquel lugar. Yo tenía 21 o 22 años, escribía los artículos en casa y los llevaba en disquetes -¿se acuerdan de los disquetes?- al diario. Generalmente eran entrevistas a futbolistas con preguntas bastante obvias y respuestas llenas de lugares comunes. Ahí en la redacción había que buscar las fotos en el archivo, que consistía en una vieja y simple caja de cartón. Uno metía la mano y adentro, si había suerte, conseguía la imagen que buscaba.

No trabajé muchos meses en El Diario, que cerró poco después de que empecé a escribir allí. Los tiempos habían cambiado, internet crecía con fuerza y ya no había lugar para un periódico vespertino que se había hecho fuerte varias décadas atrás gracias a las noticias policiales y deportivas. Podría decirse que, sin saberlo ni quererlo, fui testigo del fin de toda una época.

Después de aquel debut periodístico estuve en varias redacciones pero hay algo que no ha cambiado: uno de los habituales lamentos de los periodistas –ya saben, los periodistas somos muy de la queja- es que en Uruguay nunca pasa nada, los temas siempre son los mismos y las noticias se repiten año tras año.

Yo creo que eso es estrictamente cierto: acá todo transcurre sin demasiada pena y sin demasiada gloria. Hay una pasmosa calma. De todos modos, tengo una teoría y estoy decidido a creer que es correcta: este año que termina de alguna manera rompió con ese patrón. En 2017 sí que pasaron cosas.

Para empezar, renunció un vicepresidente (y nos enteramos que existían las tarjetas corporativas).

Además, el intendente de Soriano siguió en su cargo, a pesar de que se comprobó que los autos de la intendencia cargaban nafta en estaciones de su propiedad (cuando escribo estas líneas, Agustín Bascou aún no ha dado un paso al costado).

Y la lista sigue. 2017 fue el año en que asesinaron y abusaron de tres niños. Y eso sirvió para que algunos cuantos reclamaran cadena perpetua y hasta pena de muerte.

Fue el año en el que la Justicia procesó y envió a la cárcel a un cura por abuso.

El año en que todos miramos un programa de cocina en la tele y un policía llamado Nilson tuvo su momento de fama (¡y el Ministerio del Interior lo ascendió solo por haber ganado un concurso gastronómico!).

El año en que finalmente empezó a venderse marihuana en las farmacias (a los tumbos, es verdad, pero arrancó) y Uruguay se convirtió en el primer país del mundo en tener un sistema que produce, distribuye y vende cannabis con el aval del Estado.

El año en que empezó a aplicarse el nuevo Código del Proceso Penal, que significa un cambio radical en la forma en que se llevan adelante los juicios. Pero los fiscales se quejan de que trabajan mucho y no dan abasto. Es decir, no pueden cumplir bien su tarea.

El año en que asumió por primera vez una senadora trans (y debió renunciar a los dos meses).

El año en que Uruguay clasificó por tercera vez seguida a un mundial de fútbol.

El año en que el rock uruguayo demostró que no estaba muerto: las casi 40.000 entradas para el Montevideo rock se agotaron un mes antes del festival, seguido por otros tantos miles por televisión.

Entonces, me pregunto: ¿quién cornos dijo que acá en Uruguay nunca pasa nada?


*Este es el post 40 de Biromes y servilletas, el blog que empecé el 30 de junio de 2014. Al menos por un tiempo, es posible que sea el último. Gracias a quienes me alentaron desde el inicio.


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