Demasiados inmigrantes.
Demasiada gente. Ese es el mensaje que un partido de derecha logró instalar hasta que se materializara en el referéndum que los suizos celebran este domingo.
La propuesta, que intenta fijar un techo de diez millones de habitantes, radicaliza una discusión que recorre toda Europa. Más de un cuarto de la población suiza es extranjera. El costo económico sería enorme para las empresas por la pérdida de fuerza laboral.
Demasiada gente. Ese es el mensaje que un partido de derecha logró instalar hasta que se materializara en el referéndum que los suizos celebran este domingo.
Pero el Partido Popular Suizo (SVP) fue muy hábil en presentar esta propuesta sin precedentes de fijar un límite a la población en 10 millones de habitantes.
No hubo burdas ni agresivas narrativas anti-inmigratorias, ni memes racistas como en el pasado (salvo algunos intentos de grupos extremos que fueron contenidos).
Se buscó ligar la iniciativa a cuestiones que resonaran en la mayoría como la dificultad para el acceso a la vivienda e incluso cuestiones ambientales, argumentando que el creciente flujo inmigratorio está obligando a urbanizar las “postales” de los paisajes alpinos.
A veces las falacias calan. En especial si al tocar una fibra sensible como el sentimiento anti-inmigratorio, se lo suaviza con otras cuestiones más pragmáticas que parecen tener sentido.
Es un sentimiento y un desafío que hoy atraviesa toda Europa, que busca cómo lidiar con un fenómeno que la desborda.
En plena entrada en vigencia de Pacto Migratorio en Europa, con condiciones más duras para los ilegales, este tipo de movidas pueden prosperar en Suiza gracias a la democracia directa.
Un sistema que básicamente permite a las personas tener una mayor voz en las decisiones del parlamento o bien proponer sus propias iniciativas si reúnen suficientes firmas y presentarlas a la ciudadanía.
Con una población de 9,1 millones, Suiza está muy cerca del techo de la propuesta. El Gobierno, entre los opositores, la llama “la iniciativa del caos”.
Y explica que un límite máximo a la cantidad de habitantes reduciría el número de personas en la fuerza laboral en aproximadamente un 11% para 2075 y exacerbaría significativamente la escasez existente de trabajadores calificados, particularmente en los sectores de salud, hostelería, IT y construcción.
Y esto se traduciría en una caída del 12% en la producción económica de un pequeño país que depende su apertura y su capacidad de atraer talento extranjero para potenciar su competitividad.
Ni hablar de cómo esto podría socavar las relaciones con la Unión Europea (UE) si llegara a prosperar.
Si la población supera los 10 millones y se mantiene por encima de ese nivel, el país tendría que retirarse del acuerdo con la UE sobre la libre circulación de personas. Esto afectaría a otros pactos en áreas clave como el comercio y el acceso a los mercados.
También es cierto que en Suiza más de una cuarta parte de los residentes no tienen la ciudadanía suiza, una de las proporciones más altas de Europa. En 1960, representaban el 9%.
Y según datos del Banco Mundial, la población creció aproximadamente un 10% en la última década, mientras que el crecimiento de la UE fue inferior al 2%.
La inmigración fue el principal factor que alimentó el aumento de la población suiza. La denominada tasa de crecimiento natural —la diferencia entre nacimientos y defunciones— solo representó alrededor de una décima parte de ese crecimiento.
Muchos CEO de las grandes empresas globales que están instaladas en Suiza atraídas por sus bajos impuestos y su mano de obra calificada ya salieron a advertir públicamente que la idea era una locura.
La población parece estar dividida.
El año pasado, Suiza rechazó una propuesta para llevar el impuesto de sucesiones al 50% para los super-ricos. Sin embargo, prevaleció el temor de que las personas adineradas abandonaran el país.
Los funcionarios se agarran de esa experiencia para mantener la calma. Los votantes entendieron que era un experimento de política fiscal arriesgado que habría perjudicado el atractivo del país.
Los suizos son gente pragmática, dicen.
Pero también están cansados de los congestionamientos, de los trenes en los que ahora viajan hacinados, de los buses que contaminan el medio ambiente. Del otro lado de la balanza está el deseo igual de poderoso de preservar un estilo de vida.