París amaneció este domingo estupefacto por el cinematográfico robo resonando entre las paredes del Museo del Louvre. Cuatro hombres enmascarados irrumpieron a plena luz del día en las salas de Napoleón y de los Soberanos Franceses y en cuestión de minutos, sustrajeron ocho piezas de incalculable valor: collares, broches, tiaras. Sin disparar un solo tiro. Sin heridos.
La corona que escapó del robo
Entre los objetos desaparecidos se encuentran joyas de la colección de los Diamantes de la Corona. Sin embargo, el famoso “Regente”, el diamante más grande de la colección con más de 140 quilates, sigue en su sitio. En los jardines del museo, la policía halló un objeto dañado, posiblemente abandonado en la huida: la corona de Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III.
Según el diario Le Parisien, la pieza —rota pero intacta en su esencia— está siendo peritada. Se trata de una obra de orfebrería exquisita: ocho arcos en forma de águila de oro cincelado sostienen un globo de diamantes coronado por una cruz latina. 1.353 diamantes y 56 esmeraldas componen este relicario de poder que perteneció a una mujer que se negó a ser solamente una reina consorte.
Eugenia de Montijo: la emperatriz nacida en Granada
Eugenia de Montijo nació en Granada en 1826, hija de una familia aristocrática marcada por el exilio y las intrigas políticas. Su infancia transcurrió entre conspiraciones contra Fernando VII, viajes a París y la educación inglesa que templó su carácter. Su nombre completo —María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox-Portocarrero de Guzmán y Kirkpatrick— ya anunciaba una genealogía de peso, pero su destino iba a forjarlo ella misma.
Tras un desengaño amoroso en España, se instaló en París junto a su madre. Allí, la joven condesa se convirtió en una presencia magnética de los salones imperiales. En 1853, Napoleón III anunció su boda con la “bella española”, y el matrimonio se celebró en Notre Dame entre los destellos de las coronas y el asombro de la corte francesa.
A lo largo de 17 años, Eugenia fue mucho más que la esposa del emperador. Fue regente en tres ocasiones, consejera política y promotora de derechos para las mujeres. Desde las sombras del palacio, influía en los destinos de Europa. “No nací para el silencio”, dijo alguna vez. Y cumplió su palabra.
Exilio, luto y muerte en Madrid
La derrota del Segundo Imperio en 1870 llevó a la emperatriz al exilio en Inglaterra. Su hijo, Napoleón Eugenio, murió años después en la guerra anglo-zulú, un golpe del que nunca se recuperó. Eugenia vendió muchas de sus joyas para sobrevivir, aunque parte de su colección —entre ellas la corona ahora dañada— terminó en el Louvre, como testimonio de un linaje interrumpido.
Murió en Madrid en 1920, a los 94 años, vestida de negro y rodeada de recuerdos. Había sido una de las mujeres más poderosas de Europa, pero también una figura trágica, marcada por la pérdida y la obstinación.
El misterio de la corona rota
Hoy, más de un siglo después de su muerte, su nombre vuelve a resonar en las historias policiales de París. La corona que resistió el saqueo del Louvre es mucho más que una joya recuperada: es el símbolo de una mujer que deslumbró entre guerras, exilios y coronas caídas.