18 de febrero de 2026 11:21 hs

La imagen de una Cuba sumida en la oscuridad, con su territorio bajo apagones simultáneos, no es producto de una falla técnica ni un accidente meteorológico. Es la fotografía nítida de un colapso sistémico que se registra en casi todas las áreas de la actividad estatal.

Tras sesenta y siete años de narrativa épica y romántica, la realidad se impone: el régimen ha entrado en una fase aparentemente irreversible, dejando tras de sí una élite privilegiada, la economía pulverizada y los derechos humanos de los cubanos sistemáticamente violados.

Para esa narrativa —iniciada en 1959 y prolongada hasta hoy por usinas de la ortodoxia de izquierdas como CLACSO y el Foro de San Pablo—, Cuba funcionaba como aquella aldea gala de Astérix y Obélix. En vez de al Imperio romano, resistiendo a los imperialistas norteamericanos.

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Pero lo que generó entusiasmo en tantas generaciones ha mutado hace mucho tiempo: de los barbudos de Sierra Maestra solo queda una casta cleptocrática y un aparato represivo que intenta sostener su poder a cualquier costo. No hay poción mágica que devuelva la legitimidad perdida.

Como en el 'Periodo Especial' —cuando el régimen sobrevivió a la orfandad del colapso soviético—Cuba se asoma al abismo. Pero la situación es peor que en los años noventa: no se observa un nuevo “mecenas” en el horizonte ni resto físico en una infraestructura ya desintegrada.

Como ocurrió con Venezuela e Irán, estos regímenes proyectan una imagen idealizada e ideologizada.

Se presentan como naciones consolidadas y actores dispuestos a expandir su influencia, mientras sus modelos son alabados en tribunas progresistas y universitarias.

Este relato contó con el soporte invaluable de intelectuales, artistas y académicos, además de las dóciles burocracias europeas e internacionales cooptadas por el autoritarismo y el infantilismo izquierdista.

Pero nada es para siempre. Ni siquiera la revolución cubana,

Tras años de retórica, ante la determinación de Washington solo se observa un rey desnudo: una dictadura sin legitimidad cuyo tiempo parece agotarse.

No obstante, si algo enseña la historia de la Revolución cubana es su fenomenal poder de resiliencia y su capacidad de supervivencia.

Por eso, no hay que darla por muerta hasta que finalmente lo esté.

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El presidente Donald Trump, en la Cumbre de la OTAN en La Haya.

El presidente Donald Trump, en la Cumbre de la OTAN en La Haya.

Expertos en intervenciones

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y su política de "máxima presión" han venido a romper la burbuja de fantasía que la administración Obama y, posteriormente, los acuerdos de Joe Biden con Venezuela intentaron legitimar.

Su reciente recategorización como amenaza a la seguridad nacional de EEUU no es una exageración retórica; es el reconocimiento de que la isla opera como un nodo estratégico de desestabilización regional.

Resulta una ironía histórica que el régimen de La Habana y sus aliados internacionales clamen hoy contra la "intervención" externa. Cuba ha hecho del intervencionismo su principal —y quizás única y perdurable— industria exportadora de primera calidad.

Desde las aventuras africanas del Che Guevara hasta la creación de guerrillas en Latinoamérica y varios intentos de magnicidios, el castrismo nunca fue un espectador pasivo.

Cuba es un Estado que ha perfeccionado el know-how de la desestabilización para garantizar su propio flujo de caja.

Fueron, además, pioneros en la ingeniería del lavado de dinero y en la simbiosis estratégica con el narcotráfico.

Esta alianza fue una política de Estado para financiar la expansión de sus tentáculos políticos y garantizar un sustento ajeno a los controles del sistema internacional.

Incluso sus “misiones médicas”, promocionadas como “solidaridad internacional”, están bajo investigación por constituir un sistema de sometimiento y esclavitud moderna donde la dictadura confisca hasta el 90 % del salario y utiliza profesionales como agentes de influencia política.

Un amargo chiste popular dice que los tres grandes problemas históricos de Cuba han sido el desayuno, el almuerzo y la cena. Pero esa tragedia cotidiana, que no es broma, jamás alteró las agendas de los dirigentes del Partido Comunista. El destino de los cubanos nunca fue su prioridad.

Es que el mayor "éxito" de la revolución no fue económico ni social, sino la capacidad de parasitar estados ajenos.

Primero fue el subsidio soviético; luego, la cooptación del chavismo para succionar petróleo a cambio de la especialidad castrista: un eficaz aparato de inteligencia y control social.

Cuando estaban tratando de repetir la maniobra con México, apareció Mr. Trump.

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El cinismo del progresismo

Cuba fue elevada a un terreno mítico que transmutó una dictadura en un paraíso socialista de diseño, blindado contra cualquier evidencia empírica de su fracaso. Es aquí donde existe responsabilidad de cierta prensa internacional y del progresismo latinoamericano y europeo.

En esa cosmovisión, quienes luchan por derechos básicos son "gusanos" que merecen la sospecha, cuando no el desprecio. Con tal de salvar el mito, el progresismo internacional aceptó el sacrificio de generaciones enteras; un modus operandi que también se repitió con Venezuela.

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Fidel Castro y el presidente actual de Brasil, Lula da Silva.

Pero el hechizo no se limitó a la izquierda.

Existió una aceptación del relato que Cuba vendía de sí misma que alcanzó a la derecha española. Manuel Fraga Iribarne —exministro de Francisco Franco y referente del Partido Popular— mantuvo vínculos estrechos con Fidel Castro basados en un rancio hispanismo antiyanqui.

Lo mismo ocurrió con la Iglesia y la influencia jesuita en la élite revolucionaria, vínculo descrito por el historiador italiano Loris Zanatta en su biografía de Castro. Con el Papa Francisco, esa sintonía alcanzó su máxima expresión, consolidando un puente histórico entre el Vaticano y la isla.

Un clásico de la defensa dictatorial aparece también en Lula, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum: el victimismo basado en la narrativa del "bloqueo" como causa única de la crisis.

Es un diagnóstico cínico: la ruina es el resultado de un modelo fracasado, no de un cerco externo inexistente.

A diferencia de Vietnam o China, que abrazaron reformas de mercado manteniendo el control político, la élite cubana se negó a cualquier apertura real, temiendo que la libertad económica fuera el preludio de su caída.

El Movimiento San Isidro fue un síntoma visible de que la fractura ya no era solo económica, sino cultural y generacional. La respuesta del régimen, como siempre, fue la represión.

Son estados ineficientes para dar luz o comida, pero quirúrgicos a la hora de ahogar disidencias.

La historia, lejos de absolver a los Castro, está terminando de liquidar su herencia de oscuridad.

La era de la complacencia internacional debe terminar.

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