Dicen los dirigentes políticos veteranos que la política es como el sexo: no se puede aprender de grandes. Lo dicen con una sonrisa, como si fuera una verdad revelada y les diera a ellos mismos una ventaja inmejorable sobre el resto de los seres humanos.
Pero la realidad de los últimos años demuestra que sí, que la política al menos puede convertirse en una ciencia accesible para quienes llegan al poder en la etapa de la madurez y sin experiencia previa.
Se trata, básicamente, de aprender a leer los secretos de la ambición humana. Y aprovecharse de las fortalezas y de las debilidades de los aliados, de los enemigos y viceversa.
Lo acusaron entonces de desconocer las reglas básicas de la política profesional. Le achacaban a su juventud haber pasado de ser un estudiante socialista a un adulto que hacía dinero en la Banca Rothschild.
Lo cierto ahora es que el presidente de Francia acaba de aprobar una materia clave para los dirigentes políticos. Renacer de las cenizas cuando todos creen que alguien está acabado. Porque eso era lo que pensaban las mayorías de Macron hace apenas una semana.
Porque el Presidente había quedado tercero, lejos de la ascendente Marine Le Pen y del filósofo Jean Luc Melénchon en la primera vuelta de las elecciones legislativas en Francia. Y eso después de haber adelantado los comicios porque ya había sufrido una paliza electoral en las elecciones europeas de junio pasado. Macron se derrumbaba y no encontraba el subsuelo.
La jugada inesperada de un ajedrecista
Hasta Marine Le Pen le había preparado su tumba política.
Después del triunfo en la primera vuelta, le exigió a Macron que nombrara como primer ministro a su estrella más reciente, el imberbe Jordan Bardella. Y le agregó otra amenaza: debería luego llamar a elecciones anticipadas porque Francia no soportaría que siguiera siendo presidente hasta 2027.
Decenas de dirigentes políticos franceses, aún aquellos sin pedigree y casi desconocidos más allá de la llanura peligrosa del poder, trataban a Macron sin piedad. Y se burlaban de lo que creían era el cadáver político de un presidente sin futuro.
Pero Macron hizo su última movida de ajedrez, tratando de escapar del jaque mate.
Unió fuerzas con la izquierda, aún con aquella gauche en decadencia y casi antisemita de Melénchon. Y dirigió sus mensajes desesperados al electorado joven, ese al que enamora la ultra derecha en varios rincones del planeta.
Contó incluso con ayudas impensadas como la del crack de la selección de fútbol: Kylian Mbappé, hijo de inmigrantes africanos, ídolo de muchos con sus goles y dueño de un discurso político anti extremos.
Los consejos del sobreviviente español
Allí no se detuvo el esfuerzo titánico de Macron por evitar los funerales anticipados que le auguraba la Francia que presidía. Algún llamado telefónico le sirvió para conocer de primera mano la experiencia de Pedro Sánchez, el presidente español que lleva cinco años sobreviviendo a las muertes que le anticipan sus enemigos.
¿Qué mejor experto para consultarle sobre terapias de resurrección? No le importó siquiera que fuera un socialista, como él lo había sido en su juventud, antes de volverse un líder del centro moderado.
Se descuenta que Pedro lo ilustró sobre sus volteretas que lo llevaron a convertir en pasado político al chavista Pablo Iglesias, a destruir a los aliados de ultra izquierda de Podemos y a perdonar a los catalanes que avasallaron la Constitución de España o a los vascos que se reivindican herederos del terror de ETA para evitar que el Partido Popular llegara a la Moncloa y lo descuartizara. Todo para seguir siendo el gran titiritero de España.
Algo de eso penetró la coraza francesa de Macron. Entonces llegó el domingo del último grito en la cruz y, como Cristo entre los dos ladrones, Emmanuel volvió a la vida política aún sin poder cantar victoria en la segunda vuelta de las elecciones legislativas.
Una ecuación matemática afortunada
Siempre se necesita algo de fortuna en la política. Y Macron la tuvo. El reparto electoral quiso que ninguno de los candidatos pudiera obtener las bancas suficientes como para gobernar en soledad. Ni el profesor Melénchon ni la envarada Le Pen.
De repente, el presidente de Francia se encontró en bandeja con una ecuación matemática que le permitiría seguir en el poder tanto si acordara con la izquierda del explosivo Frente Popular como si apelara a los votos menguantes de los Republicanos o los de la mismísima Le Pen y sus arrebatos populistas apresurados.
Tan reconfortado se siente Macron que su primera decisión política ha sido rechazar la renuncia de su primer ministro, Gabriel Attal, quien ya se veía mirando las finales de la Eurocopa desde algún sillón cómodo en el llano, y ahora deberá ocuparse de la seguridad de los Juegos Olímpicos de París, el gran evento global que la Francia prepara para distraer a la agobiada Europa.
Está claro que Macron se tomará su tiempo. Desde la izquierda y desde la derecha los moderados y los extremistas le auguran todo tipo de infiernos.
Que se consumirá en la hoguera de la recesión económica o que caerá abatido bajo la horda de inmigrantes fundamentalistas que quieren hacer de la Francia un paraíso islamista, el fantasma árabe que atraviesa a media Europa y con el que aterroriza Le Pen.
Pero Macron parece estar ahora mucho más tranquilo.
Desde lo alto de la Tour Eiffel contempla el escenario de un país en llamas que se le escurría entre los dedos y que ahora se le presenta mucho más favorable en su incertidumbre y su ingobernabilidad.
Con los años, porque ya pasa la mitad de su segundo mandato y ha cumplido los 46, Macron se ha convertido también en uno de esos eximios equilibristas europeos.
Como Giorgia Meloni, como Viktor Orban, como Pedro Sánchez, surfeando las olas de un continente en guerra. Lejos del aura de aquellos verdaderos líderes de las décadas pasadas, pero aferrándose al poder sin dejarlo escapar.
Ese es el arte que está aprendiendo Macron. El de sobrevivir con las herramientas livianas de los hombres y mujeres sin escrúpulos. Y lleva siete años sin que puedan encontrar la forma de sacarlo de allí.
El equilibrista se ha enamorado de la soga que sostiene a la Francia y, por ahora, se resiste a caer.