El 7 de octubre de 2025 no solo quedó marcado como un quiebre por la brutalidad del ataque de Hamás y la posterior crisis de los rehenes. Fue, en retrospectiva, el acta de defunción de un orden internacional que venía agonizando desde hacía décadas.
Durante años, las potencias occidentales, sumidas en sus propios conflictos ideológicos, permitieron la gestación de un vacío de poder que fue aprovechado por el eje Rusia-China-Irán para extender de forma significativa sus redes de influencia, tanto formales como informales.
Por esta inacción de Estados Unidos, Europa y los organismos internacionales, los grupos proxy —mercenarios, terroristas y carteles— operaron con una libertad inédita, influyendo en la agenda global desde los márgenes y gracias a sus conexiones con diversos centros de poder.
El retorno de las zonas de influencia
La llegada de Donald Trump al poder no fue un evento aislado, sino la traducción política de un consenso que ya latía en potencias no solo occidentales, sino también en la India o las teocracias árabes.
El desorden se había vuelto insostenible para demasiados actores poderosos. Por eso, la política exterior de esta administración republicana se asienta sobre una premisa pragmática: es hora de que los "adultos" se sienten a la mesa y se hagan cargo del orden en sus zonas de influencia.
Esta apelación a Europa, Rusia, las monarquías árabes, Israel y la India no busca resolver el conflicto de fondo, sino establecer reglas de juego claras: el mundo debe seguir funcionando, el capitalismo requiere operatividad y los Estados deben mantener su estabilidad y seguridad.
La nueva doctrina es clara: los actores estatales menores no pueden ser quienes dicten el paso de la política internacional. La anulación de Venezuela como actor tóxico y el arresto de Maduro fueron los primeros pasos de este nuevo tablero en el “patio trasero” norteamericano.
Pero, por sobre todo, lo que resulta inaceptable para esta política es que los actores no estatales actúen sin control, interrumpiendo el comercio mundial o atacando estados nacionales mientras sus financistas y protectores se escudan en la ambigüedad diplomática.
Lo que pasó en 2025 fue la continuación de esa lógica: la destrucción de los "satélites" (Hutis, Hezbollah y Hamás) y la expulsión de estos grupos de Líbano y Siria para forzar un nuevo mapa de influencia donde el costo de la agresión sea la aniquilación inmediata.
La hegemonía y el fin del "doble juego"
Estados Unidos no actúa movido por un deseo altruista de paz global; aprovecha esta crisis para recomponer su hegemonía, seriamente maltrecha tras años de administraciones demócratas. Las políticas de Obama y Biden terminaron otorgando una "vía libre" a Irán, Cuba y Venezuela.
Por otra parte, la formación de estas zonas de influencia excluye deliberadamente a China, que observa con malestar cómo Japón ha asumido la defensa de Taiwán de la mano de Sanae Takaichi, la "Thatcher asiática", mientras India y Australia se integran en alianzas militares con Washington.
A diferencia de otros regímenes, el análisis sobre Irán (y en menor medida Cuba) arroja una conclusión amarga y repetida: con el fanatismo religioso y la desmesura ideológica no se puede negociar. Toda conversación es, para estos regímenes, una herramienta para ganar tiempo.
El régimen persa perfeccionó un "doble juego cínico": mientras simulaba actividad en el diálogo por el futuro del plan nuclear, utilizaba cada centímetro de oportunidad para acelerar la carrera hacia la bomba y rearmar sus redes externas para amenazar a terceros países.
El ataque conjunto de Israel y Estados Unidos no buscó simplemente dañar instalaciones; al igual que en Venezuela, expuso la fragilidad de un sistema que se vendía como una potencia poderosa y expansiva, pero que en realidad se sostenía sobre estructuras poco sólidas.
Decapitación quirúrgica vs. Invasión masiva
Mucho se habla en estos días de la posibilidad de un cambio de régimen, pero realizarlo desde afuera solo sería posible mediante una intervención militar directa. En un país de la escala de Irán, eso es directamente inviable o, por lo menos, prohibitivamente costoso.
Una intervención de esa magnitud desencadenaría la fragmentación de las fuerzas armadas y la aparición de "señores de la guerra", provocando un caos aún mayor con una espiral de violencia sin límite temporal y que desestabilizaría una región clave para el funcionamiento global.
Además, Trump descree en esas intervenciones, especialmente en años electorales. La eliminación de la cúpula, incluyendo al Ayatolá Khamenei y su hijo —posible sucesor—, es un camino más lento, pero menos riesgoso, que apunta a generar condiciones para un colapso interno.
Estos ataques aéreos exponen la debilidad del régimen frente a los adversarios externos y estimula la rebelión opositora. Al igual que con el chavismo, la caída de la cabeza podría potenciar las fracturas internas y las traiciones.
Más aún en un sistema caracterizado por feroces luchas de poder entre los Ayatolás, la Guardia Revolucionaria y el ala presidencial. Todo esto bajo un sostenido proceso de deslegitimación social en el marco de una severa crisis y luego de la brutal represión de semanas atrás.
Este tipo de apuesta a la implosión del régimen podría producir también la aparición de figuras que, por pura supervivencia, busquen una salida negociada. Ante este escenario, cabe preguntarse: ¿Habrá una Delcy Rodríguez iraní?
El aislamiento del país persa
En su desesperación, el régimen iraní atacó a siete países árabes que podrían haber funcionado, si no como aliados, al menos como una suerte de contención frente a Estados Unidos. El error de cálculo ha sido total.
Mientras sus vecinos lo enfrentan y los socios del BRICS se limitan a emitir gélidos comunicados de prensa, el papel de las democracias europeas —especialmente España y Francia— resulta desesperanzador.
La caída de la cúpula iraní es el síntoma de un cambio sistémico donde el costo de exportar caos se ha vuelto terminal. El régimen persa descubre que el aislamiento es el precio de haber jugado a la expansión desde la precariedad.
Estados Unidos, Israel, India, Arabia Saudita, Qatar y Rusia ya han preparado la mesa y tienen una silla asegurada. Europa, mientras tanto, sigue observando desde la tribuna un partido en el que ya no juega.
Mientras tanto, para los iraníes, un ayatolá menos es una esperanza más.