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La familia Leal le rinde honor a su apellido. Cada mañana, incluso esas de pleno invierno en que el sol todavía no se asomó o las lluvias embarran el trayecto sin veredas, caminan más de media hora para llegar al jardín 345. Su lealtad no es un anuncio publicitario. Mientras se pone las botas de obra para ir a picar leña al monte después de dejar a su hijo en el centro educativo, Nicolás Leal lo resume: “Cada día que se falta a clase es un día menos de aprendizajes y oportunidades”.

El jardín 345 tiene la fachada de cualquier otro jardín público, están los símbolos patrios, el busto de José Gervasio Artigas, las banderas, el cuadro de José Pedro Varela y de Enriqueta Compte y Riqué. Pero puertas adentro sucede algo distinto. Algo que es una sumatoria de rupturas del viejo modelo escolar, y que llevaron a las más altas autoridades técnicas de Inicial y Primaria a recomendarle a El Observador que prestase atención a lo que allí acontece porque “capta el espíritu del verdadero cambio en una zona de contexto crítico (al norte de Punta de Rieles)”. El siguiente video intenta narrarlo:

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La maestra directora Marlene Goncálvez recibe a cada uno de los niños en la puerta. Se toma el tiempo para escuchar a las familias, para ver cómo estuvo la consulta pediátrica de Fulano, si Mengano pudo cenar, o Sultana trajo la debida autorización firmada para salir en cámara. Para cualquier distraído que pase a esa hora por Leandro Gómez 3636, en un extremo de un polo educativo que reúne a dos escuelas, un liceo y el jardín, quien hace de anfitriona no es una directora. No tiene la túnica blanca característica, sino la de pequeños cuadritos que identifican a la educación inicial. Nada es casualidad.

Como filosofía del jardín se busca, sin importar los cambios, que los alumnos son de todos —, Goncálvez se sonroja porque le da “cosita” decir que su jardín es modelo cuando hay otros tantos que también lo pueden ser y cuando en educación la rueda ya fue inventada.

Pero esa filosofía marca una primera ruptura. Los niños tienen una maestra de referencia y están anotados en una lista por cuestiones administrativas que exige la normativa. Pero en la práctica desayunan mezclados los de túnica roja, los de verde y los de azul. Ya no importan las edades ni los grados. Están mezclados en las clases, incluso pueden rotar, las maestras trabajan en duplas, se conocen a todos los alumnos, alguna que es más ducha da una mano con un chico con trastorno del espectro autista que se angustia con facilidad, y tienen en cuenta las habilidades e intereses de los niños (además de las fortalezas de las docentes para unas áreas u otras) para que exista esa flexibilidad.

Jardín modelo

Este día es el turno de las puertas misteriosas. Es la versión educativa de El Castillo de la Suerte o el Show del Mediodía. Los alumnos no saben qué se esconde adentro de cada aula. Cuando acaben la taza de leche y la banana —que si sobran dejan repetir priorizando a aquellos niños que saben solo comen en la escuela y los fines de semana curan el hambre con pan y mate—, se reunirán todos en el salón común. Aplaudirán y cantarán como un código cómplice de que es hora de bajar los decibeles y escuchar lo que tiene para explicarles una maestra o la directora. Las reglas son claras:

En cada puerta (cerrada) hay una hoja con círculos que corresponden a los lugares disponibles. Por la simple curiosidad, los estudiantes harán fila y se irán anotando en una de las puertas. Cuando el cupo se llena, en eso que se llama el aprendizaje de tomar decisiones, respetar los turnos y tolerar la frustración, deberán ir a otra puerta en que quedan cupos.

Adentro los esperan sorpresas. Están todos mezclados sin importar la edad, el sexo ni su origen. Cuando suena la chicharra, a los 15 minutos como máximo, abandonarán e irán en busca de otra puerta a la que no hayan asistido. No rotan en el sentido del reloj ni con los mismos compañeros, sino que cada uno, según su inquietud, irá eligiendo.

¿En qué se diferencia esta experiencia con lo que hacen hace más de un siglo las escuelas rurales? La inspectora de zona de Educación Inicial Valeria Marín, que tiene al jardín bajo su supervisión además de otros 23, lo explica:

—La escuela rural trabaja en multigrados. Un mismo maestro trabaja con estudiantes que van desde educación inicial hasta el término de la escuela y cumpliendo programas de cada ciclo. En los jardines, como el 345, se aprovecha el complemento de alumnos que están en una misma ventana evolutiva.

La ciencia lo demostró: en los dos primeros años de vida (los famosos 1.000 primeros días) ocurre un “big bang neuronal”. El cerebro desarrolla unas 1.000 nuevas conexiones por segundo. A partir de los tres años y hasta cerca de los seis “son los años privilegiados y de mayor sensibilidad para el desarrollo de lo vincular, del desarrollo motor, del lenguaje, de poder expresar lo que les sucede que son la base para todo lo que aprenderán el resto de sus vidas”, explica el doctor de Psicología Ariel Cuadro, de la Universidad Católica del Uruguay.

Jardín modelo

Por eso se insiste tanto en que el jardín no es una caja de depósito de niños mientras los padres trabajan y no es un preparativo para la escuela. Es una etapa educativa clave en sí misma. Y detrás del juego, ese en que a veces un niño de tres años logra lo que no uno de cuatro y se complementan, hay mucho de ese desarrollo.

Las puertas de aprendizaje

Unos días antes de la actividad, las maestras planificaron la semana (como lo hacen cada siete días en equipo) y fueron a buscar cajas que los negocios tenían para tirar, harina vencida, papeles de revistas o diarios. Lo que unos tiran, para otros es parte de aprender jugando.

La directora junto a otra maestra, ambas con misma túnica, están en una de las puertas misteriosas. Adentro la sala tiene las cortinas cerradas, las luces apagadas, consiguieron una luz violeta (que hace brillar algunos objetos), linternas, CDs viejos para que reflejen y unas cajas con tubo luz sobre la que está la harina vencida en la que los niños armarán formas como si jugasen con arena.

Uno de los niños toma la linterna y señala con los rayos de luz una pared. Se acerca y el círculo luminoso se achica, se aleja y se agranda. Aunque no parezca está aprendiendo de Física (sobre eso lo charlarán con la maestra cuando acaben los juegos de las primeras horas).

Jardín modelo

Otros estudian los cambios de colores, las combinaciones. Alguno se enoja y enseguida tienen que aprender a autocontrolarse, a respetar el material, el cuerpo de uno y del otro. Son parte de las reglas. Convivencia le dicen.

En otra puerta hay un recorrido que simula ser un camino de un bosque. Son materiales de gimnasia en que desarrollan la capacidad motora. Unas escaleras hechas para niños son parte de subir y bajar la montaña, hay una parte en que tiene que saltar dentro de aros para no mojarse (como si fuese un puente). Obstáculos, diversión.

Un alumno está apurado y empuja al otro. La maestra, una de las dos que está reitera:

—Cuido el material, cuido mi cuerpo y el de los demás.

Empieza a cantar con talento. Es una maestra joven que usa el arma de su voz afinada para que muchos de esos niños que viven hacinados, en chapas, o caminan media hora cada día para llegar al jardín sientan, al menos en las ocho horas de Tiempo Completo de escuela, un espacio de armonía. Su espacio.

Jardín modelo

A Nicolás Leal le preocupaba que la escuela pasara a Tiempo Completo. ¿No será demasiado para un niño? “Ocho horas completas nos parecía una exageración. Pero nos pusimos a pensar y dijimos: ‘se va a tener que acostumbra’. Y se adaptó al instante, no siente la carga (…) El trato de las maestras es impresionante. Las maestras se los ganan a los niños. Trabajan juntos”.

Ahí está otra de las llaves de la ruptura. Esta escuela es de puertas abiertas. Está cerrada por seguridad, pero los padres pueden ir a ver actividades, son invitados a compartir experiencias. No son citados solo para una reunión o la adaptación. Puede que un día cualquiera haya algún padre asistiendo, siendo parte (padre monitores).

—Cuando tenés una comunidad docente tan comprometida con un proyecto y una directora que es una genia, se nota al instante. Este es un contexto crítico y la violencia se trata que quede por fuera del jardín —, insiste la inspectora Marín cuando el mismo día tiene que lidiar con problemas de otras instituciones de las mismas edades.

En otra puerta misteriosa hay cajas de distintos tamaños y papel de revistas viejas para romper. Es el lugar para desquitar parte de la energía acumulada, la tensión, pero también para construir juntos. Inventar naves espaciales con las cajas, entender el equilibrio. Los más altos ayudan a los más petizos. El que quiere estar un poco más solo también lo puede hacer. Cada uno a su tiempo.

Jardín modelo

Hay actividades que algunos niños requieren más que otros. Puede que Fulano cambie a una maestra más idónea en eso que necesita apoyarse. ¿Por qué? El jardín está en contacto con las escuelas de las cuadra para coordinar con las maestras de primero y segundo grado que el tránsito sea lo mejor para las necesidades del estudiante y, a la vez, se los acompañe en lo que más necesiten.

En la cuarta puerta está la tallerista de teatro con otra maestra suplente (por un leve quebranto de salud de la docente con más trayectoria en la institución). Los niños se dan las manos en ronda y siguen, sin hablar las indicaciones de un paraguas mágico. Giran para un lado, luego en el otro sentido. Se juntan al centro, saltan en el lugar. Van aprendiendo a imitar símbolos (clave para el aprendizaje de matemática y lengua), a identificar que ir para la derecha no es lo mismo que para la izquierda, los puntos de referencia.

Todo eso no existía cuando el hijo más grande de Nicolás Leal fue a ese jardín, al mismo que había ido su tío. Cada alumno estaba con los de su edad. Algunos se aburrían y podía pasar desapercibido. Eran grupos de más de 25 niños para una sola maestra. Un turno solo.

Mucho menos se hablaba de pensamiento computacional, uno de los buques insignia del “nuevo jardín”. No significa usar un dispositivo electrónico y punto. La programación, como los algoritmos, sigue pasos como una receta de cocina. Así, jugando, van aprendiendo la clave de la informática.

—Inicial no enseña las letras, sino que trabaja en los juegos de palabras, en rimas, en escuchar cuentos de manera tal que adquiera las herramientas básicas que le permitan ir decodificando y luego tener la base para la alfabetización más tradicional —, la inspectora tampoco busca edulcorar la experiencia, sino sentirse ahí dentro como una maestra más dispuesta a ayudar. Es una defensora de las maestras. Esas que “están siempre a dar dispuesto todo, acá o en cualquier otro centro educativo”.

Y una maestra acota por lo bajo: "La centralidad está en el niño, mucho más en un Uruguay en que cada vez hay menos niños".

Jardín modelo

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