Graciela Jorge

Lideró la fuga de Cabildo, le sacaron a su hija en la cárcel y reconoció a Huidobro por el silbido de un tango: la historia de Graciela Jorge

El 14 de marzo se cumplieron 40 años de la liberación de los últimos presos políticos; Graciela Jorge fue una de las cinco mujeres que salieron ese día

15 de marzo 2025 - 5:00hs

Graciela Jorge camina por el corredor de su edificio con el andar coqueto. Viste unos jeans color caqui, una blusa floreada y un buzo que cuelga sobre sus hombros, por si refresca. El maquillaje, sutil y apenas perceptible, la hace ver natural, justo cuando prepara —y ofrece— un cafecito. Es imposible estar frente a esta mujer, que no dirá la edad que tiene y que acaricia a su gata en el patio con estilo mexicano que está decorando, sin pensar: qué historia, Graciela.

—¿Cuál? ¡Ah, la mía!

Y acaricia a su gata, Estrellita.

—Estrellita, porque es negra como la noche. Pero es en la noche cuando salen las estrellas.

Está, pícara, hablando de ella. Fue la segunda de las 38 que, una vez que la noche se había instalado, se arrodillaron y se arrastraron por un túnel que empezaba en el cuarto chico de una cárcel y seguía hasta llegar a las cloacas que les darían una breve, pero gratificante, sensación de libertad.

Era la época de tupamara.

Embed - Graciela Jorge: "Tuvieron actitudes inhumanas durante el tiempo que estábamos con los bebés"

Cómo entró al MLN y conoció a Huidobro

Para ella todo empezó en 1963. Jorge había llegado desde Paysandú, y ahora estudiaba derecho en la facultad. Se reunía con jóvenes de izquierda que, como ella, hacían trabajo social en La Teja. Fue entonces que empezaron a militar de forma política. Ahí todavía era un tema de ideas, no de armas.

Entonces conoció a Eleuterio Fernández Huidobro.

—¿Qué fue lo que te atrajo de él?

—La inteligencia. Quizá la inteligencia fue sobresaliente en el asunto.

Él era más grande, ya era bancario. Ella todavía era estudiante, no trabajaba. Se casaron para que ella tuviera la libertad que no encontraba en casa. Para que dejara de tener que mentir y poder hacer una vida de pareja normal. Sus padres no sabían —no podían saber— de su militancia en el MLN.

Eso, claro, solo fue al principio.

La primera caída (y el plan de fuga)

A la cárcel de Cabildo llegó cuando la agarraron en el local de la calle Almería, en Malvín. Era el mediodía del 7 de agosto de 1970 y estaba reunida la dirección del MLN, entre ellos Raúl Sendic. También estaba ella, que formaba parte de la dirección fantasma, que agarraría la conducción en caso de que no estuvieran los líderes. Fue uno de los primeros golpes importantes al movimiento armado, que ahora quedaba descabezado.

Lo primero que pensó cuando pisó la cárcel fue: cómo salimos de acá.

Ya había ocurrido la fuga de de la parroquia, la de Las Palomas —así se llamó la operación—, donde 13 presas se habían ido de Cabildo. Una compañera siempre les decía: donde hay una puerta por la que entrás, siempre esa puerta te permite salir.

La organización de la fuga se organizó a través de cartas, en miniatura, que se escribían en hojillas de fumar, se enrollaban y se sellaban con nylon, como si fueran pastillas. De ahí, a la boca. De la boca, al intercambio con la visita, al momento de darse un beso para despedirse. Así iban y volvían visitas, familiares, abogados. De mañana, llegaban los hombres. De tarde era el turno de la visita de mujeres.

Se iba armando el plan. La Operación Estrella, le decían.

La noche del 30 de julio de 1971, a la hora señalada —después de que la guardia hizo su última visita a dar medicación—, las presas estaban en sus actividades: una miraba televisión, otras estaban acostadas, otras leyendo, algunas en la cocina. Una de ellas, agarró un palo de escoba e hizo la seña: tac, tac, tac, contra el piso, en el lugar indicado para el escape.

Al ratito, el piso se resquebrajó y se dibujó una telaraña. Se abrió un boquete sobre el piso de baldosas amarillas y, desde abajo, miraban sonrientes Juan Almiratti y Juan Fachinelli. Tenían linterna de mineros en la frente. Las mujeres los miraron, también sonrientes, y empezaron a ejecutar el plan de salida. De a grupos.

Graciela Jorge se había fracturado el coxis una semana antes después de caerse por una escalera, por eso, la programación de las estrellas se había retrasado unos días. Necesitaba que alguien fuera adelante, y otra detrás, para poder apoyarse en casi de necesitar ayuda. Alicia Rey, la esposa de Héctor Amodio Pérez, fue la primera en salir. Jorge, la segunda. Atrás, Yessi Macchi.

—¿En qué pensabas cuando te arrastrabas por esos 17 metros de túnel hasta las cloacas?

Para mí fue un camino cortísimo. Lo único que recuerdo que yo me esperaba encontrar una cosa horrorosa con ratas, con arañas, que no fue en absoluto así. Me encontré con una cloaca amplia, yo no soy muy alta pero tampoco tenía que andar en ángulo recto, íbamos medio inclinadas, con olor a limpio, es increíble. Y bueno, y una agüita ahí. No había materia.

Yo lo único que quería era llegar al final, entonces como que ni pensaba, tenía que caminar eso que estaba señalado con lucecitas, tic, tic, tic, llegar y llegar, llegar, llegar, entonces me resultó cortísimo. Yo lo único que quería era llegar al final, entonces como que ni pensaba, tenía que caminar eso que estaba señalado con lucecitas, tic, tic, tic, llegar y llegar, llegar, llegar, entonces me resultó cortísimo.

En la casa donde salieron tenían su pilot de lluvia, sus zapatos del talle que habían previsto, un arma para salir a la clandestinidad de nuevo. Mauricio Rosencof intentaba hablar por un teléfono colgado en la pared que no le funcionaba. Estaba nervioso.

Fueron saliendo en diferentes camionetas por el garaje de la casa donde desembocaron.

Las monjas y la guardia no se enteró hasta la mañana siguiente.

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Recorte de la noticia de época. Edición impresa del diario El País.

Recorte de la noticia de época. Edición impresa del diario El País.

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Fotos de distribución de las presas fugadas, la tercera de la última fila es Graciela Jorge.

Fotos de distribución de las presas fugadas, la tercera de la última fila es Graciela Jorge.

La cárcel larga: Gabriela llega, Gabriela se va

La segunda vez que cayó fue por las huellas dactilares. Estaba en un apartamento de Pocitos y los vecinos hicieron una denuncia. A Jorge la identificaron y la llevaron a la Jefatura de Policía de Montevideo.

En la noche la subieron a un camión. Del camión la bajaron a un cuartel militar. De ahí, unas escalinatas hacia abajo, un pasillo viejo, maltrecho, una hilera de calabozos. Graciela Jorge estaba embarazada de seis meses. Bajó las escaleras y caminó por el pasillo. Su calabozo estaba al final.

Cuando los militares se fueron y allá abajo se hizo silencio, empezó a escuchar un silbido. Era el silbido de un tango.

Esta puerta se abrió para tu paso

este piano tembló con tu canción,

esta mesa, este espejo y estos cuadros

guardan ecos del eco de tu voz.

Es tan triste vivir entre recuerdos

cansa tanto escuchar este rumor

de la lluvia sutil que llora el tiempo

sobre aquello que quiso el corazón.

Se dio cuenta enseguida: en esa misma hilera había caído el Ñato. Era la canción que Eleuterio Fernández Huidobro le cantaba en los momentos de libertad. Entonces, le empezaron a llegar desde el primer calabozo, las primeras cosas que iba a necesitar: toalla, papel higiénico.

Gabriela, la hija de Jorge y Huidobro, nació en el hospital. De ahí, el primer tiempo con la bebé fue en Blandengues, donde estaban todas las mujeres presas que habían sido madres. Después, al Instituto Militar de Estudios Superiores.

Por los pasillos veían pasar a José Nino Gavazzo, a Manuel Cordero.

—Ahí tuvimos una historia bastante tétrica porque aparecieron las policías militares, que venían recién graduadas, eran muy ignorantes en general, venían con una manija tremenda en contra de nosotros y tuvieron actitudes absolutamente inhumanas durante todo el tiempo porque estábamos con los bebés chiquitos.

Ellas, las presas, sabían que no iban a estar mucho tiempo con sus bebés. Que de un día para otro, todo se podía dar vuelta. Una psicóloga que era cuñada de una de las presas les había recomendado a las madres que les hablaran a sus hijos, por más chiquitos que fueran, que les explicaran qué les estaba pasando. Que ellas no los querían abandonar.

Una noche notaron movimientos extraños.

Sentaron a sus bebés en las camas que tenían —una contra la otra— y les empezaron a explicar. Los bebés las miraban como si las entendieran. Gabriela, la hija de Jorge y Huidobro, tenía cerca de un año y medio.

Al día siguiente las hicieron poner a todas en una fila, en la Plaza de Armas, con sus niños en brazos. Iban desapareciendo, de a una, detrás de un portalón que tenía a los vidrios espejados. No se veía qué pasaba del otro lado.

Llegó el turno de Graciela Jorge. Cruzó el portalón.

—¿Con quién va a dejar a su hija, con el Consejo del Niño o con su familia? —preguntó el militar que hacía el procedimiento burocrático.

Jorge dio el teléfono de su familia, entregó a la niña y salió por otra puerta. El resto de la fila iba siguiendo el mismo patrón. Ahora las mujeres se iban a otro establecimiento: Punta de Rieles, donde quedaron hasta el final.

—Pienso que todavía me duele, toca algunas fibras íntimas que todavía me afectan. Separarte de tu hija es absolutamente desgarrador, pero si tú estás presa, estás sometida a una situación determinada, no había otra solución.

—¿Uno llega a acostumbrarse a esa vida?

De alguna manera sí, sí. Y buscando siempre positivizar todas las situaciones. Positivizarlas y transformarlas, ¿no? En la medida de que era posible e internamente primero tener muy claro que de la reja para afuera estaba el enemigo; de la reja para adentro, no. Entonces tratar siempre de compaginar todas nuestras actividades, nuestra vida de una forma armónica, solidaria, y hacer cosas que nos construyeran.

Como eran mujeres, les quemaron una biblioteca. Los libros no eran para ellas. Cuando mucho, manuales de labores.

La salida

Graciela Jorge y Eleuterio Fernández Huidobro, con su hija Gabriela
Graciela Jorge, Eleuterio Fernández Huidobro y Gabriela, el 14 de marzo de 1985, en el reencuentro de los tres.

Graciela Jorge, Eleuterio Fernández Huidobro y Gabriela, el 14 de marzo de 1985, en el reencuentro de los tres.

En la cárcel había un televisor, y ahí estaba el senador blanco Uruguay Tourné, hablando sobre la aprobación de la ley de amnistía. Era el momento de prepararse para salir. Los presos, que habían puesto su vida en pausa hacía más de una década, no sabían qué había del otro lado de los muros.

En la Jefatura, volvió a ver a Huidobro. Se agarraron las manos. Intercambiaron unas palabras, por primera vez después de más de una década.

Jorge recuerda la salida de la Jefatura con las camionetas a paso hombre, por la muchedumbre que se les abalanzaba, se tiraba encima para cantar y festejar. Llegó a la casa donde estaba Gabriela, su hija, adonde después llegó Huidobro. Ahí estuvieron hasta casi el final de la madrugada.

Fue de las cosas más emocionantes de mi vida, el reencuentro con mi familia, el reencuentro con mi hija, el reencuentro con mi compañero.

20250313 Entrevista a Graciela Jorge, ex presa politica. Ciclo presos politicos a 40 años de su liberación.

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