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El teléfono sonó sobre las 10:30 de la mañana del 29 de marzo, como lo hacía casi todos los días. Gustavo "Pochito" Souza atendió sin imaginar que esa conversación iba a convertirse, con el paso del tiempo, en el recuerdo al que más veces volvería. Del otro lado estaba Daniel, uno de sus hijos, con quien hablaba de fútbol, de Peñarol y de esas pequeñas cosas cotidianas que nunca faltaban entre ellos. Padre e hijo mantenían una relación de esas que no necesitan un motivo especial para levantar el teléfono. Si no era para comentar un partido, era para preguntar cómo había amanecido el otro o simplemente para escuchar su voz.

Daniel tenía además otra costumbre que Gustavo recuerda con una sonrisa: era un fanático de la selección argentina y un admirador absoluto de Lionel Messi. Cada vez que el capitán argentino convertía un gol, el teléfono volvía a sonar casi de inmediato. No llamaba para discutir táctica ni para analizar el partido, llamaba para compartir la alegría: "Viejo, ¿viste el gol de Messi?".

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Aquella mañana del 29 de marzo no hubo ningún acontecimiento extraordinario. Fue una conversación más entre las cientos que habían tenido durante los años. Antes de cortar, sin embargo, Daniel dijo una frase que entonces no tuvo nada de especial y que hoy su padre repite de memoria, con la emoción a flor de piel y como si hubiera quedado suspendida en el tiempo: "Viejo, te amo. Te debo la vida".

Gustavo siguió con su rutina convencido de que volverían a hablar al día siguiente. Nunca imaginó que esas serían las últimas palabras que escucharía de su hijo. La noche anterior tampoco había tenido nada de excepcional. Él y Rosario, su pareja, estaban mirando una película sobre la historia de Peñarol cuando apareció en pantalla el exarquero Gustavo Fernández. Casi sin pensarlo, Gustavo comentó que por él le había puesto Gustavo Daniel a uno de sus hijos. Fue una observación al pasar, una de esas conversaciones que nacen y mueren en el living de una casa. Hoy, sin embargo, ese recuerdo también adquirió otro peso. Es una de las últimas escenas familiares que conserva antes de que todo cambiara.

Menos de quince horas después, la familia Souza empezó a vivir una tragedia que tardaría casi cuatro meses en completarse. En la madrugada del 30 de marzo un siniestro de tránsito en la Ruta 56 acabó con la vida de Daniel Souza, de María Ximena Russo y de los pequeños Ciro Valentín y Mía Ayelén. Daniel García, amigo de su hijo, fue el único sobreviviente, permaneció internado durante casi cuatro meses, atravesó sucesivas intervenciones quirúrgicas y sostuvo una larga lucha por recuperarse mientras su madre prácticamente se instalaba junto a su cama.

Cada leve mejoría renovaba la ilusión de que pudiera volver a casa, cada complicación obligaba a empezar otra vez. La familia aprendió a medir el paso del tiempo por los partes médicos, las operaciones y las horas de espera en los pasillos del hospital. Hasta que el sábado 25 de julio llegó la noticia que ninguno quería escuchar: Daniel García también había muerto como consecuencia de las lesiones sufridas aquella madrugada.

Para Gustavo, el accidente nunca terminó aquella madrugada. Se prolongó durante 117 días, el tiempo que Daniel luchó por sobrevivir. Recién ahora, cuando murió el único sobreviviente, sintió que la tragedia había escrito su último capítulo. Hasta ese momento, aunque ya había despedido a cuatro integrantes de su familia, seguía aferrado a la idea de que el amigo de su hijo pudiera sobrevivir.

Damián y Daniel, hijos de Gustavo.

"Eran una pareja preciosa"

Desde entonces Gustavo intenta reconstruir a Daniel a través de los recuerdos, convencido de que un hijo no puede resumirse por la forma en que murió. Prefiere volver al muchacho que nació el 15 de marzo de 1993, que aprendió desde muy joven el trabajo rural junto a su madre Andreina Basterrech y su pareja, Christian Fidel, en un tambo y que, con los años, consiguió independizarse. Era un hombre de pocas palabras, trabajador y muy familiero, de esos que encontraban tiempo para llamar todos los días a su padre aunque no hubiera ninguna novedad importante.

Hablar de Daniel es también hablar de María Ximena Russo. Llevaban 11 años juntos y habían construido una vida paso a paso, sin atajos. Levantaron su casa en Durazno, criaron a sus hijos y atravesaron épocas en las que el trabajo escaseaba. Cuando Daniel conseguía una changa, el hogar se sostenía con ese ingreso. Cuando no aparecía, María Ximena buscaba otra forma de salir adelante.

"Hacía cosas para vender", recuerda Gustavo. No lo dice para destacar un sacrificio excepcional, sino para explicar cómo funcionaban ellos como pareja. Mientras uno empujaba de un lado, el otro lo hacía del otro. Nunca dejaron que las dificultades económicas los enfrentaran. "Era una excelente compañera. Siempre estuvo al pie del cañón. Eran una pareja preciosa", resume.

La familia se completó con la llegada de Ciro Valentín y Mía Ayelén. Gustavo recuerda a Ciro, nombrado por el hijo del capitán argentino, como un niño inquieto, incapaz de quedarse quieto demasiado tiempo. "Corría para todos lados", dice entre una sonrisa y la nostalgia. A Mía Ayelén la define con una expresión que parece contener todo el cariño de un abuelo: "Era una princesita". Son imágenes sencillas, domésticas, alejadas del drama, pero precisamente por eso son las que más necesita conservar. Son la prueba de que antes del accidente hubo una familia que reía, trabajaba, hacía planes y construía una vida común.

La madrugada que cambió todo

La llamada que despertó a Gustavo llegó cerca de la 01:30 de la madrugada. Al principio creyó que el accidente involucraba únicamente a Damián, era Semana Santa y sabía que su hijo acostumbraba a desplazarse en moto durante esos días. Recién cuando la conversación avanzó comprendió que la dimensión de la tragedia era mucho mayor. En el mismo siniestro estaba su hijo, la pareja y dos de sus nietos.

Poco después de las 03:30 de la madrugada, él y Rosario salieron rumbo a Florida. Gustavo no maneja y fue ella quien condujo durante todo el trayecto desde Maldonado, pese a que tenía un esguince en una rodilla. El viaje transcurrió entre silencios, llamadas telefónicas y la esperanza de que la realidad no fuera tan grave como empezaban a contarles, pero cada nuevo dato hacía el panorama más oscuro.

Cuando llegaron al hospital, Gustavo quiso despedirse de su familia. Era el impulso más natural para cualquier padre. Sin embargo, un funcionario le impidió el ingreso. "No entre, recuérdelos como eran en vida", sugirió el trabajador de seguridad.

Aceptó aquella decisión sin discutir. Con el paso del tiempo muchas veces se preguntó qué habría hecho si hubiera sabido que nunca volvería a ver los rostros de Daniel, de María Ximena, de Ciro Valentín y de Mía Ayelén. Hoy conserva de ellos el recuerdo de los días felices, no el de aquella madrugada.

Cuatro meses entre la esperanza y el duelo

Mientras una parte de la familia comenzaba a despedirse de sus muertos, otra seguía aferrada a la vida de Daniel. Las semanas transcurrieron entre intervenciones quirúrgicas, tratamientos y partes médicos. La madre, Berta, prácticamente se instaló junto a la cama de su hijo. Gustavo repartía sus días entre Maldonado y el hospital, convencido de que Daniel podía recuperarse.

Muchas veces le hablaba aunque no supiera si podía escucharlo. Le contaba cosas del campo, del fútbol, de los nietos que seguían creciendo y de las visitas que recibía la familia. Era su manera de sostener un puente con la vida que ambos compartían antes del accidente. Cada mejora devolvía la ilusión, cada complicación volvía a derrumbarla.

Durante esos meses el duelo quedó suspendido. La familia ya había enterrado a cuatro de sus integrantes, pero todavía no podía entregarse completamente al dolor porque toda la esperanza estaba concentrada en Daniel.

La noticia de su muerte, el sábado 25 de julio, terminó por derrumbar esa última posibilidad. El comunicado difundido por el estudio Silva Abogados destacó la fortaleza con la que enfrentó casi cuatro meses de internación, el acompañamiento permanente de su madre y el reclamo para que la investigación judicial esclarezca completamente lo ocurrido y determine las responsabilidades correspondientes.

"Se fueron juntos y están juntos"

Después del accidente, la familia tomó una decisión que Gustavo considera una de las pocas cosas que le dieron algo de paz en medio del dolor. Daniel, María Ximena, Ciro Valentín y Mía Ayelén fueron sepultados juntos en el cementerio parque de Durazno. Con el paso del tiempo encontró consuelo en esa imagen. "Se fueron juntos y están juntos", repite entre lágrimas.

Cuando Daniel murió cuatro meses después, volvió al mismo lugar. El único sobreviviente de aquella madrugada terminó descansando junto a su hermano, su cuñada y sus sobrinos. Las cuatro tumbas quedaron una al lado de la otra, como si la familia que había compartido la vida también hubiera permanecido unida después de la muerte.

Gustavo suele ir al cementerio y quedarse unos minutos frente a ellas. A veces habla. Otras simplemente permanece en silencio. Allí no piensa en el accidente ni en los expedientes judiciales. Piensa en los cumpleaños, en los partidos de fútbol, en las sobremesas familiares y en las llamadas que Daniel le hacía para celebrar un gol de Messi. Esas son las imágenes que intenta preservar porque siente que allí sigue estando la verdadera historia de su familia.

Una tragedia que no cabe en las estadísticas

Las cifras oficiales presentadas por la Unidad Nacional de Seguridad Vial (Unasev) muestran que durante el primer semestre de 2026 disminuyó la cantidad de personas fallecidas en siniestros de tránsito en Uruguay. Son datos necesarios para evaluar políticas públicas y medir tendencias, pero Gustavo siente que ninguna estadística alcanza para explicar lo que ocurrió en su familia. En pocos meses perdió a dos hijos, a una nuera y a dos nietos. Ningún porcentaje puede describir el vacío que dejaron cuatro sillas vacías alrededor de una mesa.

Cuando Gustavo intenta recordar a Daniel no vuelve primero al hospital ni a la Ruta 56, lo ve levantando el teléfono para contarle un gol de Messi, riéndose de aquella vez que su propio padre lo sacó de la cancha por sobrarse de un rival o despidiéndose aquella mañana del 29 de marzo con una frase que entonces sonó como una muestra de cariño más y que hoy quedó convertida en el eco de una despedida: "Viejo, te amo. Te debo la vida".

Desde el 25 de julio, cuando Daniel murió después de 117 días de internación, Gustavo vuelve una y otra vez a esas palabras. Después visita el cementerio Jardín del Durazno. Allí, frente a cuatro tumbas alineadas una junto a la otra, habla en silencio con su hijo, con su nuera y con sus nietos con la convicción de que es el único lugar donde la familia vuelve a estar completa.

Ahora continuará, desde su lugar y asesorado por el estudio jurídico especializado en siniestros de tránsito de Rafael Silva, luchando por justicia en un caso que lleva adelante la fiscal de Florida, Evangelina Torres.

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