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“El Almendro no se va”: el reclamo de los presos para que un taller que les enseña oficios no cierre

El centro cultural tuvo su cierre y su futuro es incierto porque el gobierno le niega $ 50 mil mensuales

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20 de noviembre de 2018 a las 05:00

Era matar, que lo mataran o fugarse del Penal de Libertad. Claudio eligió la última opción y sobre las 6 de la mañana de un día de 2009 estaba afuera por sus propios medios. La fuga la planificó solo, luego de seis años preso y con varios más por delante. Aquel escape fallido le quedó marcado en la pierna con una cicatriz por una bala que le dio la policía para capturarlo. Estuvo menos de seis horas afuera. “Me dieron y ahí ya no podía hacer más nada”, cuenta sentado en un banco fuera de la iglesia que está en la cárcel de Santiago Vázquez (exComcar).

Claudio es uno de los 400 presos que a lo largo de este año asistieron a al menos uno de los talleres del centro cultural El Almendro, que deberá cerrar los 14 talleres de oficios, arte y recreación que lo componen por falta de recursos. Eligió el taller de huerta, donde le enseñaron a sembrar y cosechar vegetales.

Este lunes mientras el calor se hace sentir en los patios del exComcar, un grupo de unos cien reclusos entraba a la iglesia para participar de la muestra de fin de año de El Almendro.

Claudio entra a la iglesia con los demás asistentes, se sienta y escucha el anuncio que ya muchos conocían. “En teoría este es el cierre definitivo de El Almendro. Se nos ha hecho bastante difícil. Cuando iniciamos este camino nadie nos enseñó a dar nuestros primeros pasos. Solo queríamos seguir andando convencidos de que la transformación solo dependía de nosotros. Tuvimos que reconocer que estábamos solos y no alcanzó”, dice en su discurso de cierre Rocío Morales, la coordinadora del proyecto, ante la mirada de decenas de presos, operarios, funcionarios del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR) y el comisionado parlamentario para el sistema carcelario, Juan Miguel Petit.

Hacía unos días que Morales temía la reacción de los reclusos cuando se enteraran de que aquel lugar en el que les enseñaban peluquería, informática, electricidad, artesanías, entre otros oficios, iba a dejar de funcionar. Cuando terminan de escuchar su discurso, los presos se quedan en silencio y luego aplauden. Uno de ellos pasa al frente con su profesor de portugués y lee unas palabras en ese idioma que escribió para demostrar lo que aprendió este año en ese taller. Sus compañeros vuelven a aplaudir e inmediatamente piden silencio para escuchar la obra de teatro que otros 13 prepararon.

“¿Les pareció conocida esta historia? ¿Se sintieron identificados?”, pregunta Morales una vez que los actores saludaron al público. La mayoría asiente con la cabeza y se ríe porque nada de lo que contaba la obra "¿Te acordás de aquel pichi?” les era ajeno. Mostraba la historia de un joven que marchó al Comcar con 18 años por herir a un hombre en una plaza a la que fue a parar cansado de los insultos y golpes de su padre.

De tanto en tanto, Morales tiene que pedir silencio y los reclusos obedecen. Pide respeto por quienes van a presentar sus trabajos y cumplen. Y entre una presentación y otra, comentan que tienen la esperanza de que El Almendro no cierre. “Profe, esto va a seguir y vos me tenés que anotar en el taller de electricidad”, le dice uno a la coordinadora, que no sabe qué responderle.

Este miércoles, Morales se reunirá con autoridades del Ministerio del Interior y cree que puede haber “una luz en el túnel”. También remarca que si los $ 50 mil mensuales que necesitan para comprar materiales y pagarle los viáticos a los docentes no salen del gobierno, pueden venir de algún privado.

La mayoría de los 14 profesores que integraban El Almendro dejaron de ir este año porque no podían costearse el traslado. A una la despidieron del trabajo y no pudo seguir pagando los boletos para ir hasta Santiago Vázquez, otro salió a hacer changas y un tercero se cansó de pagar para ir y que tener que volverse in poder dar clase porque no lo dejaban pasar.

La situación no le es ajena a las autoridades del INR, que también pidieron recursos para El Almendro sin éxito, ni al comisionado parlamentario, quien instistió a lo largo de este año al Ministerio del Interior para que el taller pudiera seguir con vida y se ofreció como garante para seguir de cerca el trabajo de los talleristas. “Dada la importancia de la labor realizada en un ámbito necesitado de actividades educativas como el Comcar, muy amablemente me permito recomendar que desde esa cartera se realicen gestiones para obtener recursos que aseguren la continuidad de esta actividad mediante un convenio que asegure el traslado de los talleristas y educadores y una base de horas aseguradas para su normal desempeño”, le escribió al ministro Eduardo Bonomi en marzo. Siete meses después de esa nota, Petit mira la última clase abierta de El Almendro sentado junto a los reclusos.

“Haga algo Petit, usted tiene que poder”, le dice un preso que toma el micrófono luego de haber cantado junto a una murga que tuvo dos semanas para ensayar una bienvenida y una retirada. La última canción está dedicada a El Almendro y es un reclamo de los reclusos para que no cierre.

Bombo, platillo y redoblante siguen sonando cuando la murga termina su presentación, al grito de “No se va, El Almendro no se va”. Petit se para y los vitorea. Entre los gritos, comenta a El Observador que es algo “inédito ver presos reclamando por educación y rehabilitación”. “Esto nunca se vio”, remarca.

A pocos metros de él, Jonathan, preso en el módulo 9, va y viene para colaborar con el fin de la muestra. Tiene un poco más de presión que el resto de sus compañeros porque no solo asistió a los talleres como alumno, sino que fue profesor. Jonathan es un tatuador “de la calle” y aprovechó sus años en el Comcar no solo para tatuar a otros sino para enseñarles. Hace unos meses, El Almendro vendió bonos por $ 50 para poder seguir funcionando un tiempo más y el primer premio era un tatuaje de Jonathan. El ganador fue el dueño de un almacén cercano a la cárcel al que le tatuó un reloj.

Pero como los bonos dejaron de ser suficientes, Morales y su equipo decidieron ponerle fin, o al menos pausa, al proyecto.

Detrás de ella hay un almendro totalmente seco en una maceta. Morales lo señala y cuenta que con Mercedes González, la docente de huerta, intentaron revivirlo más de una vez. Lo plantaban en un lugar, luego en otro y el almendro daba algunas hojas verdes que poco duraban. Hasta que se terminó de secar por completo.

"Módulo 6, módulo 11", grita una operaria fuera de la iglesia para que los presos regresen a sus celdas. Así lo hacen, sin saber si el año que viene podrán tener otro cierre de fin de año. 

 

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