Nacional > La otra versión

"El Chueco Maciel de Robin Hood no tenía nada"

La historia no es como se contó en canciones y leyendas; el principal compinche del Chueco llegó desde Europa, volvió al cantegril y relata su historia

Tiempo de lectura: -'

24 de febrero de 2018 a las 05:00

*Por Leonardo Haberkorn, especial para El Observador.

El último sobreviviente de una de las bandas de asaltantes más célebres de la historia criminal uruguaya me espera en el lobby del hotel Radisson. Lleva un pantalón rosa malva, zapatos casuales de cuero al tono, una camisa estampada con flores pequeñas de tonos pastel que combina a la perfección. Tiene 66 años y su pelo cano, que ahora está suelto, luce un corte juvenil que mañana estará atado en una colita. Parece un turista europeo y nadie diría que nació en "el cante", que pasó hambre, que cometió más de 60 asaltos, que las balas le zumbaron tantas veces que todavía las oye silbar.

Elige el bar del hotel cinco estrellas para la entrevista. Pide whisky con hielo para él, cerveza para mí. Veintidós pisos más arriba está la habitación donde se aloja con su esposa, desde donde hay una vista estupenda. Ya no vive en el cante. Vive en Malmo, Suecia. "Es todo fruto de mi sacrificio", dice.
Llevamos meses pactando este encuentro, intercambiando mensajes por Facebook.

"Mi nombre completo –se presenta– es Nelson Enrique Sosa Paredes; en aquellos años era más conocido como Cateta. Soy el único sobreviviente de la banda del Chueco Maciel. Ahora tengo la oportunidad, después de casi 40 años, de aportar algo sobre lo que sucedió de verdad".
Ya no vive en el cante. Vive en Malmo, Suecia. “Es todo fruto de mi sacrificio”, dice.
Que el Chueco repartía entre los pobres ha sido dado como un hecho en decenas de libros y artículos de prensa. Viglietti escribió: "Asalta el banco y comparte con el cantegril, como antes el hambre, comparte el botín". En el libro Memorias de insurgencia, el tupamaro Hugo Wilkins le dice a la historiadora Clara Aldrighi: "El Chueco Maciel gana prestigio no porque es valiente sino porque comparte lo que roba. De repente para darle de comer a dos cuadras de un cante".

Pero la historia fue otra.

"Alguien se aprovechó, distorsionó la realidad y lo puso como un mito. Y no es que yo me quiera quedar con algún galón suyo. Al contrario: para mí aquello es un momento muy desagradable de mi vida", dice Sosa, el hombre que fue su compañero de asaltos y que luego, al caer preso, aprendió de la plana mayor del MLN ("los de la posta") "Esa fue mi universidad", dice.

Conoció al Chueco desde niño. El padre del Chueco era padrino de una de sus hermanas. Sus familias vivían casa por medio en uno de los cantegriles que bordean el bulevar Aparicio Saravia, hacia el lado de General Flores, un conjunto de viviendas cuyo nombre oficial es barrio Plácido Ellauri. Ellos siempre lo llamaron "el cante".


El barrio no nació tan mal. Había agua potable y cada casa tenía su huerta. Pero la pobreza se comió al Plácido Ellauri. Los canteros donde crecían los tomates se fueron transformando en piezas y viviendas cada vez más precarias, cada vez más apretadas, cada vez más diminutas. Los caños se pudrieron y las casas se quedaron sin agua. Cateta se bañaba en plena calle, a una cuadra de su casa, aprovechando un caño roto que manaba como un geiser las 24 horas los 365 días del año.

"Éramos muy pobres. Éramos seis hermanos. Mi madre era la que metía el lomo y trabajaba. Mi padre estuvo preso, cometía hechos que yo condenaba".

¿Era ladrón?
Era "reducidor". Estaba siempre a la pesca de las cosas que aparecían en el barrio y las vendía. Tengo un recuerdo muy desagradable, porque siendo un niño sentía que no me daba una enseñanza correcta. También lo condenaba por caer preso, porque todo el esfuerzo para mantener a la familia recaía en mi madre. Yo le decía a ella que no siguiera con un hombre que no le iba a dar ningún futuro, pero ella estaba muy enamorada. A los 11 años me fui y empecé a vivir por las mías. Trabajé repartiendo pan, después como aprendiz de mecánico en un taller. Ahí me tomaron confianza y ya a los 16 años me daban para probar los autos. Agarré mucha práctica como chofer y estaba muy orgulloso de poder ayudar para que no faltara comida en casa.

Vecinos Sosa
El reencuentro de Cateta con vecinos del barrio
El reencuentro de Cateta con vecinos del barrio
Nelson, o Cateta como todos lo llamaban, recuerda la vida en el cante como una pesadilla. De niño solo una vez recibió un regalo de Reyes, un carrito de bomberos. En lo del Chueco eran aun más pobres. El único paseo era de vez en cuando caminar cuatro o cinco cuadras hasta General Flores, dar una vueltita y volver. Muchos nunca habían visto la playa ni 18 de Julio. En el taller conoció al Pardo Abbadie. Como jugaba muy bien, Abbadie lo llevó a probarse a Las Acacias. Pero Cateta era el único que no tenía dinero para comprarse zapatos de fútbol; le dio vergüenza y prefirió dejar de ir.

Tantas privaciones, el sacrificio de su madre, la bronca por la vida de su padre fue incubando en su alma un furor que buscaba una vía de escape.
“Alguien se aprovechó, distorsionó la realidad y lo puso como un mito. Y no es que yo me quiera quedar con algún galón suyo. Al contrario: para mí aquello es un momento muy desagradable de mi vida”, dice Sosa, el hombre que fue su compañero de asaltos y que luego, al caer preso, aprendió de la plana mayor del MLN (“los de la posta”) “Esa fue mi universidad”, dice.
"Dentro de mí había mucha rebeldía, mucha injusticia acumulada. Y cometí la estupidez de codearme con el Chueco, que ya tenía sus andanzas".

¿Él lo invitó a sumarse a su banda?
Sí. Y yo acepté porque pensé que podía tener otras perspectivas, cosas que nunca había tenido. Tenía 17 años y fue una estupidez. Tuve una participación bastante corta, seis o siete meses, pero fueron suficientes para dejar el tendal. En 1969, cuando me detuvieron, yo ya tenía un cartel más grande que la Coca Cola: caí como autor de 87 asaltos. Asolamos la ciudad, Canelones, Maldonado. Hacíamos una cantidad de cosas desagradables, bien de lumpen: robábamos, secuestrábamos, apretábamos.

¿Cómo eran los asaltos?
La banda éramos él y yo, y cada noche elegíamos a quienes nos iban a acompañar. El Chueco me consultaba: ¿éste sirve? Después era todo adrenalina. Yo manejaba y él entraba. Nos resultaba hacernos pasar por policías de civil. Nos tratábamos de oficial y de sargento, la gente se achicaba. Nunca nadie se resistió. Por suerte, en ese período nunca se mató a nadie. En el historial del Chueco no hay una muerte.

¿Y si alguien se hubiera resistido?
Siempre tratábamos de que eso no pasara, pero si alguien nos hubiera enfrentado, le hubiéramos tirado. Nosotros decíamos: "primero yo, segundo yo, tercero yo y siempre yo". No fue fácil contarle toda a esta historia mis hijos, pero lo he hecho.

El Chueco sí baleó gente.
Baleó a un integrante de nuestra banda, el Chinito Alonso, porque se había ennoviado con una expareja del Chueco. Lo baleó en la calle Enrique Castro casi Galvani. Yo venía caminando cerca y sentí cuatro o cinco tiros. En seguida pasó el Chueco. A los pocos metros encontré al Chinito tirado y entendí lo que había pasado. Yo siempre andaba para la pintita, con la mejor ropa que podía dentro de todo. Pero igual me lo cargué al hombro y enchastrado en sangre fui hasta General Flores, paré un taxi y lo llevé al Clínicas. Era un gurí buenísimo. Esa vez se salvó pero después lo mataron, pobre.


Al otro que el Chueco baleó fue al Jorobado, uno al que le daba para vender lo que robaba. El Jorobado lo "mejicaneó", se quedó con unas cosas. Un día el Chueco aprovechó que el Jorobado estaba jugando a los dados y por la espalda le descargó todo su revólver en la joroba. Fue increíble, pero como la joroba es pura grasa se salvó.

Son actos que no condicen con la imagen que se tiene de él.
Él también fue producto de todo lo que vivió, su familia pasó necesidades tremendas. Su padre era un tipo muy duro que les daba con un látigo si no le gustaba algo. Pero acá hubo un oportunista que, cuando lo mataron, quiso presentarlo como una víctima de las necesidades del barrio y usarlo para demostrar lo mal que estaban las cosas. Pero lo encararon mal. Y terminaron por inflar un globo que no fue real. Muchos en el barrio sintieron una indignación tremenda, pero en aquel tiempo no existían las facilidades de comunicación que hay hoy.

¿El Chueco repartía el botín como dice la canción?
¡Nada! ¡Que iba a repartir! Es un cuento. De Robin Hood no tuvo nada.

Sosa barrio
Cateta muestra el Pasaje A, la calle donde nació.
Cateta muestra el Pasaje A, la calle donde nació.
Nelson pide otro whisky y otra cerveza. Ya llevamos una hora y media conversando. Dice que no era prestigio lo que tenía el Chueco en el cante.

"Le tenían mucho miedo. Él te metía la pesada. Era un loco que no titubeaba en sacar el revólver y pegarte un tiro. Todo el mundo lo esquivaba".

Le pregunto si su casa en el cantegril todavía existe. Responde que sí y me invita a ir hasta allí. Ya es de noche. Le planteo mi temor de transformarnos en noticia. Dice que él sigue siendo Cateta, que no va a pasar nada.

El tráfico montevideano le recuerda cuando la policía lo perseguía. Si un patrullero estaba por alcanzarlos, él le daba un golpe al volante, hacía girar el auto 180 grados, lo subía a la vereda y enfilaba a toda velocidad hacia su perseguidor. "¡Tiren, tiren!", les ordenaba a sus compañeros cuando los autos se cruzaban.
“Dentro de mí había mucha rebeldía, mucha injusticia acumulada. Y cometí la estupidez de codearme con el Chueco, que ya tenía sus andanzas”
"Los policías se cagaban. Imaginate un loco manejando hacia ellos y con tres tipos disparándoles por las ventanillas. La adrenalina del que está escapando es mucho mayor que la del policía".

¿Alguna vez dieron un golpe grande? Viglietti habla de un asalto a un banco.
Nunca. Fueron todos asaltos chicos: casas, farmacias, ferreterías, boliches. Yo traté de que el Chueco pensara más en grande, pero no pude. Su mentalidad no le daba para más.

¿Qué hacían con el dinero robado?
El Chueco me "mejicaneó" mucho. Cuando caí preso, me fui enterando porque supe lo que nos habíamos llevado de tal y cual asalto. El Chueco entraba, yo me quedaba en el auto y él me pasaba para la cueva. Él tenía su plata apretadita y abrió un almacencito en el barrio. Yo era un papanata. Me conformaba con tener un "fierro" que me gustara. No le daba mucha trascendencia a la plata. Además, no se la podía llevar a mi madre, porque me mataba.

Si no era por dinero, ¿por qué seguía asaltando?
Las muchachas se fijaban en nosotros. Yo andaba con una muy bonita a la que le decían La Luquita, porque para salir con ella había que pagar una luca. Nos venían a buscar en taxi. Y por fin podíamos salir de ese agujero que era el cante. Cruzar Propios para el otro lado ya era increíble. Íbamos al baile del Colón, al Sud América. Llegábamos y los mozos nos armaban una mesa. Teníamos mujeres, cigarrillos, bebida. En aquel momento no me daba cuenta de que eso no estaba bien ni conducía a ningún lado.

cateta jóvenes
Cateta posa con los nuevos jóvenes del barrio
Cateta posa con los nuevos jóvenes del barrio
Llegamos al cante. Son cerca de las 22 horas. Se escucha el tamborileo de un templo umbandista. Cateta cuenta que en esa misma esquina, en sus tiempos, un delincuente ató a otro y lo hizo arrastrar por un caballo. "Los sesos quedaron en la calle".

Un amigo de la vieja época nos acompaña en la recorrida. Pasamos debajo de un gigantesco tanque de agua que domina el cante pero ya no funciona. "Acá mataron a mi hermano. Tenía 17 años", dice Cateta. Su hermano no era ladrón, murió porque con una barra se quiso meter en un cumpleaños donde no eran bien recibidos. El asunto se zanjó a los tiros. "Le pegaron un balazo en el corazón".

Vamos a una de las casas que Cateta habitó. Una muchacha a la que le faltan varios dientes nos dice que no nos pueden atender. Vamos entonces lo de Angélica Ferreira, 70 años, una vida en el cante. Su casita está pintada de colores y destaca entre tanto gris. Angélica y Cateta se abrazan. "Ahí mataron a tu hermano", señala ella hacia el tanque de agua. Hablan de la pasta base, de cómo ya no hay respeto. Cateta dice: "Contale quién era el Chueco Maciel". "Era solo un chorrito de barrio", responde ella. "Era bajito y siempre andaba de sombrero. Tuvo cosas buenas y malas", agrega. Las buenas no las enumera. Las malas: le pegaba a su mujer y, la peor, una vez dejó que la policía se llevara de los pelos a su propia madre en lugar de entregarse.


"¿Repartía el botín en el cante?", pregunta Cateta. "¡Qué iba a repartir!", se ríe Angélica. "Yo le dije a Viglietti una vez que vino: Hiciste una canción hermosa, pero es mentira".

Nos vamos. Un niño de unos 11 años nos ofrece: "Tengo sustancia de la buena".

¿Qué pasó cuando caíste preso?
Me llevaron a la cárcel de Punta Carretas. Ahí conocí a la plana mayor del MLN, los de la posta, los de antes. Ellos se interesaron por mí. Me despertaron. Me abrieron los ojos.

¿Qué te decían?
Que robar para uno mismo no estaba bien y que tarde o temprano la íbamos a quedar, como al final la quedaron todos los de la banda. Me hicieron notar que ante todas las injusticias, uno se podía desahogar en conjunto. No robar para uno, robar para todos. Y eso me llegó, porque yo veía que no era solo un problema de mi casa, que alrededor había mucha gente que sufría lo mismo.

¿Quién te habló?
El cirujano, Falucho (Ismael Bassini). Me hizo un curso intensivo: marxismo leninismo, historia del Che, Vietnam, la guerrilla de Argelia... Esa fue mi universidad. El año pasado fui a visitarlo para agradecerle, porque él fue la llave para cambiar mi vida. Bassini me decía: "todo este material tenés que leerlo en grupo". Yo no terminé quinto de escuela. ¡Había un palabrerío ahí que nunca había escuchado; palabras como "feudalismo", yo no tenía ni idea! Él insistía: "cuando salgas vamos a ver si entendiste". Me propuso que mi tarea al salir fuera acercar gente al MLN en mi barrio.
Pero acá hubo un oportunista que, cuando lo mataron, quiso presentarlo como una víctima de las necesidades del barrio y usarlo para demostrar lo mal que estaban las cosas.
¿Cómo veías a esos tupamaros?
Llenos de valentía, coraje y humildad. Venían de hogares donde lo tenían todo y se estaban jugando por gente como yo, que no teníamos nada. Yo les preguntaba: ¿por qué teniendo todo se dedicaron a esto? Me respondían que las cosas iban mal y había que buscar otras soluciones. Yo les decía que ellos también secuestraban, como nosotros. Me contestaban que era necesario porque alguna gente no entendía palabras.

¿El Chueco también se hizo tupamaro? En uno de sus libros, Fernández Huidobro lo recuerda vivando al MLN en la cárcel.
Nunca. No se vinculó en lo más mínimo. Y eso también me da cierta indignación. El Chueco había estado en la cárcel, pero era analfabeto, no había ido a la escuela y era muy cerrado. Era muy difícil sentarse a hablar con él como ahora estamos hablando nosotros. Era de muy pocas palabras. Conmigo hablaba porque nos conocíamos de chiquitos, pero no encontraba nunca un tema interesante.

¿Qué pasó cuando saliste de la cárcel?
Bajé la cortina. Terminé aquella etapa. En el MLN no tenía una participación importante: era solo un periférico que hacía trabajo de concientización barrial. Creamos unos comedores y llegué a tener 220 niños a los que les daba leche y galletitas.


¿Cómo reaccionó el Chueco?
Me quiso volver a reclutar, pero yo había dado un giro de 180 grados. A él no le gustó, pero sabía que yo no me dejaba pesetear por nadie. Yo era el que limitaba una cantidad de barbaridades que pasaban en el barrio, como las violaciones que eran habituales.

¿Fue fácil ese cambio tan radical?
Pasé mucha represión, mucha razzia, porque para la policía yo seguía siendo un delincuente. No podía caminar por ningún lado sin que alguien me pusiera un revólver en la espalda y me dijera: "Cateta, quedate quieto". Hoy los entiendo: lo último que podían pensar es que yo ya no era un lumpen.

¿Qué hizo el Chueco?
Siguió delinquiendo, nunca paró. Yo lo veía y era solo 'hola, qué tal'. Una vez vino a verme desesperado. Me dijo que quería hacer el último robo, que lo ayudara, que su madre estaba en la llaga y se moría de hambre. Yo fui cortante: "Ya te dije, se terminó. Yo no lo voy a hacer, vos sos grande y sabés. ¿Tu madre tiene necesidades? ¡Sabés cuánta gente en el barrio tiene necesidades! Muchas madres acá sufren lo mismo que tu madre. Las cosas se hacen de otra manera". Pero yo no le podía dar línea, porque no le entraba.
Las muchachas se fijaban en nosotros. Yo andaba con una muy bonita a la que le decían “La Luquita” porque para salir con ella había que pagar una luca.
¿Qué hizo él?
Yo tenía unas armas del MLN. En una huida habían sido abandonadas cerca del cante y yo las había recogido y escondido. El Chueco lo sabía, porque un hermano suyo que sí estaba vinculado al MLN le había contado. Entonces me pidió que le prestara un fierro para ese último asalto. Le dije que lo único que tenía era una escopeta Remington 22. Se la presté con una gabardina, para que pudiera esconderla. Le tuve que enseñar cómo, porque él no se daba maña para nada. Esa noche lo mataron con esa escopeta. Fue muy doloroso y un shock para todos, pero se sabía que tarde o temprano iba a pasar. Dos días después la policía me fue a buscar por las armas del MLN. El que me delató fue el hermano del Chueco y nunca se lo perdoné. Estuve tres meses preso otra vez.

Sosa abrazo
Cateta abraza a un viejo amigo del barrio
Cateta abraza a un viejo amigo del barrio
Al salir de la cárcel, a Cateta le dieron más responsabilidad en el MLN. Pronto la policía fue a buscarlo al cante, ahora por tupamaro, y logró zafar por poco. Ese mismo día huyó a Buenos Aires, desde donde inició un periplo que terminó años después en Suecia. Allí le enseñaron el valor de estudiar y de trabajar. Estudió mecánica para aviones. Trabajó en la fábrica Saab. Formó un hogar. Tuvo hijos que al principio no le creían su historia. "Hoy siento un alivio tan grande de poder decir: viví decentemente, con mi trabajo, con mi familia, mis siete hijos".

Dos días después de la entrevista volvemos al cantegril a tomar fotos. Caminando por Guarapirú nos cruzamos con una joven que avanza con pasos muy cortos hacia General Flores. La mujer es piel y huesos. Su rostro podría ilustrar una nota sobre hambrunas en África. La mirada vacía. "Me parte el alma venir acá", dice Cateta. "Han pasado 40 años y mirá como está esto. Habría que demandar al Estado por daños y perjuicios".

Hoy Nelson Sosa no está en ninguna agrupación política; no se considera radical. Nunca cortó lazos con Uruguay, pero siente que acá se le da poca cabida a los emigrados. Esa es parte de su desilusión; también que no se encuentre a los desaparecidos, que no se frene la pasta base, que el cante siga igual que siempre.


"Yo me solidaricé con el MLN porque prometían patria para todos o para nadie. Me arriesgué por sus ideales. Pasaron más de 40 años. Yo fui el primero en alegrarme por el triunfo del Frente Amplio, pero esto sigue igual. Fallaron en el gobierno y siguen fallando. Veo una falta de inteligencia brutal. No permiten que nadie les discuta o los contradiga, pero están gobernando peor que la derecha".

Cateta se encuentra con otro amigo de aquella época: un hombre grandote que viste solo un short deportivo y tiene una cicatriz en el rostro. Tras abrazarse con él, nos invita a su casa. En una habitación donde apenas entramos, se aprietan dos sillones rotos, un viejo televisor, una pecera y dos grandes banderas: Uruguay y Peñarol. El hombre dice que el barrio está bravo por la pasta base, pero que de Aparicio Saravia para el otro lado es mucho peor. "Ahí es bravo, bravo, bravo". Cateta le pregunta su opinión del Chueco: "¡Lo más grande que hay!", responde.

Nos vamos. Por Guarapirú nos volvemos a cruzar con la mujer tan flaca como un espectro, caminando en idéntica agonía pero para el otro lado.
"¿Repartía el botín en el cante?", pregunta Cateta. "¡Qué iba a repartir!", se ríe Angélica. "Yo le dije a Viglietti una vez que vino: Hiciste una canción hermosa, pero es mentira".
Subimos a un taxi. Le digo que hemos hablado mucho, que todo no entrará en están nota. ¿Qué es lo más importante de su historia?

"Yo fui un delincuente. Me gustaría decirles a los jóvenes que encaren la vida, que busquen mejores horizontes, que se fijen metas, que luchen, que valoren el trabajo y sobre todo que estudien, estudien y estudien, porque a la larga van a conseguir sus logros".
Cateta es la prueba de que se puede.

Mito

Que el Chueco Maciel repartía entre los pobres ha sido dado como un hecho en decenas de libros y artículos de prensa. Viglietti escribió: "Asalta el banco y comparte con el cantegril, como antes el hambre, comparte el botín". Sin embargo, Nelson Sosa desmitificó esa versión.

Curiosa aparición

La Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente (dependiente de Presidencia) incluyó a Nelson "el Chueco" Maciel como víctima de la represión por parte del Estado. Luego de que el columnista del diario El País Luciano Álvarez advirtió de ello el link fue borrado. "Cuando me creía curado de espanto me topé con una ficha de la Secretaría de Derechos Humanos de la Presidencia de la República que coloca al Chueco entre las víctimas de la represión", escribió Álvarez

Donaciones frustradas

Nelson Sosa participó de varias colectas entre uruguayos emigrados que, según cuenta, terminaron en donaciones a hospitales y cárceles. También donaron una ambulancia en Paysandú. La ambulancia la compraron con dinero de uruguayos de Suecia y España. Totalmente equipada, costó solo US$ 3.000, porque usadas son baratas en Europa. "Quisimos traer más, pero nos vimos envueltos en un laberinto burocrático... No había interés o querían una cometa. Después me enteré que ASSE alquila ambulancias a gente de ellos mismos. Es muy triste".

Candombe en Suecia

Nelson "Cateta" Sosa vino este verano a Uruguay para desfilar en las Llamadas con la comparsa La Peregrina, fundada por uruguayos radicados en Suecia.
Fue la primera vez que una agrupación llegada desde otro país participó del desfile.
Cateta dice que el candombe terminó por ganarse la simpatía de los suecos. "Al principio se tapaban los oídos, pero al final terminaron entrando en el ritmo y ahora les encanta. A nosotros nos sirve porque a través del candombe les llegamos, y cada vez que necesitamos algo para Uruguay se nos hace mucho más fácil conseguirlo".

Otro testimonio coincidente con el de Cateta

El testimonio de Nelson Sosa sobre el Chueco Maciel coincide con el de Rodolfo Ponce de León, un funcionario jubilado de la Justicia de menores.
En un programa de Nuevo Siglo TV, en noviembre, Ponce de León –que atendió los casos de Maciel mientras fue menor– lo retrató como un joven muy limitado, de pocas palabras y sin ideas políticas. También señaló que no compartía sus botines en el cantegril.
Luego de que la policía matara al Chueco, el 19 de junio de 1971, el periodista Hugo Alfaro escribió en Marcha una nota panegírica donde dijo que todos en el cante exaltaban la generosidad del Chueco e incluyó un testimonio anónimo que decía: "Fue un Robin Hood, daba a los demás lo que no tenía".
El periodista Mauro Bettega, de Nuevo Siglo, localizó una carta que Ponce de León escribió entonces a Marcha, publicada, el 2 de julio de 1971, en la que advertía que la nota de Alfaro no se atenía a la realidad.

Comentarios