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"Esta mierda me supera": el humor negro que se necesita en esta cuarentena

Uno de los últimos grandes lanzamientos de Netflix es una mezcla de eventos paranormales y comedia oscura

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22 de marzo de 2020 a las 05:00

Julio de 2016. 

Los hermanos Duffer estrenan en Netflix una serie de estética spilbergiana protagonizada por un grupo de niños sumergidos en la cultura yanqui de la década de 1980. Stranger Things conquista audiencias masivas a lo largo y ancho del mundo. Los críticos en los medios dirán que el éxito se explica por sus personajes entrañables, una inyección de nostalgia visual y una historia atractiva con referencias tribuneras a los éxitos de Stephen King, George Lucas y otros maestros del terror y la ciencia ficción. 

Enero de 2018.

Los productores detrás de Stranger Things le venden a Netflix una mini serie con un título irresistible: The end of the fucking world (TEOTFW). Si bien al principio el estreno pasa desapercibido en el servicio de streaming, la serie arrastra con una buena reputación en el Reino Unido, donde se estrenó primero por un canal de televisión. De a poco los internautas empiezan a descubrir esta particular historia de humor negro, adolescentes psicópatas, indie melancólico británico y un road trip hilarante que nunca pierde su verosimilitud. Y se fascinan. 

Febrero de 2020.

Como si se tratara de un ensayo clínico, los responsables del éxito de Stranger Things y TEOTFW mezclan compuestos del ADN de las dos gallinas que les dieron huevos de oros. De una toman lo paranormal y de la otra acidez y oscuridad.

 

El resultado es un frankenstein de comedia negra y ciencia ficción impecable: Esta mierda me supera. Se trata de uno de los últimos grandes lanzamientos de Netflix en el que Sidney (Sophia Lillis, la pelirroja de pelo corto que protagonizó It en la pantalla grande) cuenta en primera persona su vida adolescente.

Basada en la novela gráfica de Charles Forsman, todo inicia cuando, luego del repentino suicidio de su padre, la joven comienza a escribir un diario íntimo en el que relata su vida para desahogarse. Allí cuenta que falta plata en su casa, que su madre trabaja todo el día y que no la entiende, no la respeta y hasta parece que no sintiera nada por la muerte de su padre. A Sidney eso la enoja.

También escribe que tiene un hermano menor. El niño es muy inteligente y sensible, pero lo molestan mucho en la escuela y nadie hace nada para detenerlo. A Sidney eso la de muchísima rabia.

Ella tiene algunos amigos. Su mayor confidente es Dina. Se conocen hace poco, pero se llevan bien. Dina es más alta que Sidney, se arregla un poco y avanza con una actitud desfachatada, entonces le va mejor eso de socializar con otros compañeros del liceo, sobre todo varones. Dina empieza a salir con Bradley, el más popular del instituto. Sidney se llena de celos, porque en el fondo cree (está segura) que en realidad está enamorada de su mejor amiga. A Sidney eso la enfurece.

"Es probable que el espectador transite esas miserias con un nudo en la garganta, porque para Sidney todo siempre estará a punto de irse de las manos, pero habrá momentos de luz, ráfagas de una alegría que está ahí, escondida, esperando por ser descubierta."

Enojo, rabia, furia, angustia, incertidumbre, sensación de abandono. Sidney siente que podría explotar en cualquier momento. 

¿Será como su padre?

Salud mental en construcción

Más temprano que tarde, Sidney explota (no es un spoiler, está en el trailer cuando la ves correr bañada en sangre a lo Carrie). Y su explosión se traduce en una suerte de súper poder incontrolable. Es como si su mente tuviera vida propia y pudiera mover objetos y destruirlos. Esa capacidad sobrenatural la toma por absoluta sorpresa y aparece solo cuando la joven estalla de furia. 

Durante semanas, esa ansiedad y esa angustia constantes y destructivas son el secreto mejor guardado de Sidney. Eso y que siente que algo la persigue, como una sombra sigilosa que amenaza con estar cada vez más y más cerca. Pero entonces llega Stanely (Wyatt Oleff), un personaje definido por The Verge como “un Timothee Chalamet, pero más aburrido”, y es tal cual.

Stanely es vecino de Sidney y, como está enamorado, intenta ayudarla. Suelen fumar juntos algunos porros para calmar la ansiedad. La receta funciona, pero no es suficiente.  

No es suficiente porque Sidney arrastra serios problemas de salud mental que nadie puede reconocer o tiene la fortaleza para hacerlo. Ni siquiera ella misma. Eso será un motor constante dentro de la historia y planteará algunas problemáticas en silencio, puestas ahí solo para los más atentos. 

De esta manera, el personaje principal empieza a transitar el camino del autodescubrimiento adolescente. El resultado son siete capítulos de más o menos 20 minutos que tejen una historia con muchos claroscuros que por momentos puede resultar amarga y abrumadora, tal cual le pasa a la protagonista con su propia realidad. Es probable que el espectador transite esas miserias con un nudo en la garganta, porque para Sidney todo siempre estará a punto de irse de las manos, pero habrá momentos de luz, ráfagas de una alegría que está ahí, escondida, esperando por ser descubierta. La historia, entonces, termina siendo un ejercicio de empatía minuto a minuto.

Porque al fin de cuentas todos tenemos una mierda que nos supera. Y está bien.     

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