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Anatomía de una pasión: fanáticos de Pink Floyd desentrañan su admiración por la banda

Los seguidores explican cómo la música de Roger Waters les mueve el piso; hoy, dicen, lo suyo se mantiene más vigente que nunca

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02 de noviembre de 2018 a las 20:25

En 1973 se editaba la canción Money y Manuel Cicarello (48) tenía tres años. En ese entonces es probable que caminara en pañales por su casa mientras que Pink Floyd se gestaba como la banda sonora de su vida. Fue recién con su primer sueldo que pudo darse el gusto y comprarse Shine On, la caja recopilatoria de la discografía de la banda. Le costó el sueldo íntegro y la recién adquirida independencia; el desembolso que tuvo que hacer lo obligó a pedirle plata a sus padres para sobrevivir el resto del mes. Después todo escaló: vio cinco veces seguidas a David Gilmour en un mismo año (Porto Alegre, Buenos Aires y tres veces en Los Ángeles), se encontró cara a cara con el líder de Pink Floyd dos veces y se convirtió en un coleccionista bastante obsesivo de discos, vinilos y libros. 

Como quien riega una planta, este técnico en informática nunca se olvida de que, cada tres años desde 1995, tiene que cambiar la batería del disco Pulse para mantener viva la luz que titila en la caja.

Con Martín Pacheco el flechazo llegó con esa misma lucecita roja. Fue antes de convertirse, como locutor, en una de las voces reconocidas de la radio uruguaya. Tenía 16 o 17 años y trabajaba en una emisora de Treinta y Tres cuando se encontró por primera vez con el álbum Pulse en una disquería olimareña. Vio la luz que brilla en el disco y supo que tendría que incluirlo a su entonces incipiente colección musical. Escuchó solo Wish you were here y le gustó, pero no fue hasta tiempo después, gracias a la influencia de familiares, que descubrió que la banda iba mucho más allá. Que tendría, en el correr de los años, mucho más para regalarle.

Pocos fanáticos a quienes uno les pregunte el porqué de su admiración por Pink Floyd dirán que los sedujo la complejidad de sus álbumes, el alto contenido conceptual o el componente ideológico. La mayoría mencionará, sí, a un amigo, un familiar o la casualidad como puntos de encuentro. Pero lo que viene después es, en todos los casos, una fusión entre el arte y la vida personal. Ser fanático de Pink Floyd es abrazarse con la ficción irrisoria pero reconfortante de que la banda escribió, no todas, pero quizás alguna de esas canciones pensando en uno.

Revivir a Pink Floyd o un puzle musical

La banda uruguaya Pink Floyd Experience ya era conocida en varios círculos cuando Daniel Sosa (32) entró como bajista. Tocar a Pink Floyd al pie de la letra, respetando los arreglos, las voces, las melodías, las pistas y todo lo que la banda creó originalmente es mucho más complejo que interpretar versiones adaptadas. Por eso, como fanático de la banda inglesa desde la infancia, cuando Sosa escuchó que todo sonaba tal cual lo recordaba supo que había encontrado lo que estaba buscando.

“Siempre quise formar parte de una banda tributo a Pink Floyd, qué más lindo que tener una banda con todo ya formado”, dice. Lo mejor de todo, agrega, es que le toca estar en el lugar de su ídolo. Al igual que Roger Waters, él toca el bajo.

Es lunes al mediodía. Sosa y otros dos integrantes de la banda ensayan algunos temas en acústico en la casa del tecladista, Germán Taborda (31). El punto alto de la tarde va a ser revivir la pregunta que los guió desde que empezaron, en 2012: ¿Es mejor interpretar o repetir todo tal cual lo hizo la banda? Con el tiempo, los integrantes se respondieron que sí, que lo suyo iba a ser como el armado de un puzle. Si una canción incorporaba el sonido de un reloj, de monedas cayendo o parte de una serie televisiva habría que encontrarlas y pasarlas en vivo. 

 

El concepto es revivir la experiencia Pink Floyd, explica el guitarrista Mauricio Ferrigna (29): “Pienso mucho en quienes tocan la música que compuso Beethoven. No es así nomás como está escrita, esto se toca de una manera. Nosotros tenemos algo similar pero con rock, somos como una orquesta que hace música de Pink Floyd”. Y es un desafío tremendo.

Sin embargo, Taborda no estuvo siempre de acuerdo. Por momentos, lo agarra la tentación por cambiar algo en una canción, por dejarse llevar por la emoción, pero el tema ya está zanjado. La banda se va a atener al original. La decisión les costó en su momento la salida de algunos integrantes y por momentos eso hizo que Ferrigna se identificara con los conflictos internos que vivió la banda original, especialmente entre Waters y Gilmour.

Ferrigna tiene el recuerdo vívido de su primer toque, el 9 de marzo de 2014, en Bluzz Live. De tantos nervios que tenía no miró ni dónde estaba ni quiénes lo estaban escuchando: era vital que su guitarra entrara en el momento justo. Taborda, por su parte, lo recuerda con menos tensión. Había llegado por un aviso en internet y en ese entonces no era tan fanático de la banda, sin embargo, con el tiempo formar parte de Pink Floyd Experience lo hizo animarse a cantar, además de tocar.

La música tiene eso inconsciente que no sabés explicar, te toca en un lugar ahí adentro que toda la vida me gustó, dice Daniel Sosa.

A diferencia de otros miembros de la banda –son cuatro fijos, aunque tienen colaboradores frecuentes–, Ferrigna y Sosa son fanáticos de Pink Floyd desde antes de integrarla. Los estimula el desafío musical pero los satisface el deseo de ponerse, por un rato, en la carne de sus ídolos y sentir que las composiciones fueron hechas para ellos. El premio final es su audiencia, que agradece hasta con lágrimas en los ojos, según cuentan.

“Lo que me atrapa de Pink Floyd es la atmósfera que crea musicalmente. No tiene que ver con lo técnico sino con lo emocional, la música tiene eso inconsciente que no sabés explicar, te toca en un lugar ahí adentro que toda la vida me gustó”, define Sosa.

Al final de cada concierto, Ferrigna hace un repaso. Mientras baja del escenario revive todo lo que hizo y saca cuentas de las veces en que todo salió tal como debía, o no. Las imágenes le quedan resonando en la cabeza hasta que se acuesta y, una vez en la cama, se permite concluir algo sobre su desempeño. Si logró que todas las piezas encajaran en su momento justo y el público lo supo valorar, entonces su misión está cumplida.

El huevo o la gallina, la música o la vida misma

“Vos te identificás con determinadas bandas y es como el huevo y la gallina, no sabés si te llegan porque te pasó algo con lo que te identificás o ya te llegaba la música, te pasó algo y encontrás en las canciones un significado especial”, dice Ciccarello. Lo que sí sabe, con certeza, es que lo suyo con la banda fue un enamoramiento progresivo y que, cuando se dio cuenta, se encontró a sí mismo colándose a la presentación del libro de Polly Samson –escritora y esposa de Gilmour–, para poder intercambiar un par de palabras con él. En algún momento la banda y su vida se entrecruzaron y dejó de ser solo música.

Después de seguirlo a todos lados, estar presente en el concierto de Montevideo es casi una obligación. Se compró un lugar entre las primeras seis filas y si le pide a Waters alguna canción, no va a ser Money, sino Embryo. Es un tema raro, poco conocido y que le pidió varias veces –sin éxito– a Pink Floyd Experience, a quienes suele ir a ver. Sabe que si Waters lo escucha, al menos, lo va a sorprender con su solicitud.

Nadie diría que Martín Pacheco es el tipo de persona que se pone a llorar como un niño ante cualquier estímulo. A él mismo le cuesta reconocerlo, pero cuando vio a Roger Waters en vivo por primera vez y sintió los acordes que abren In the flesh al comienzo del concierto se bloqueó. De hecho, no pudo escuchar ni el principio ni el final. Quedó sumergido en sus propias lágrimas.

Quizás no haya seguido a Waters por el mundo, pero apenas empieza a hablar de él y de la banda se le iluminan los ojos. Pacheco no es un fanático, es un apasionado.

Dogs, Pigs, Money, Us and Them, la guerra de Vietnam, la guerra fría, la carnicería por el poder y el botín de los recursos económicos, el ascenso de la ultraderecha en todo el mundo, Bolsonaro, Trump, la brecha social que divide América Latina: Waters está más vigente que nunca, dice Pacheco.

Lo que la gente tiene que saber antes de aplaudir cuando el británico asocie a Donald Trump con un cerdo o lo acuse de neofascista, es que hay más de fondo que una actitud contestataria. “Esto viene de la Thatcher y de Reagan, no lo inventó el loco ahora, es del año 1978. Yo tenía dos años, el que tiene 18 no tiene idea”, dice y agrega: “tenés que saber que Animals es un disco hecho para representar al ser humano dividido entre ovejas que van detrás de un tipo que siempre dice lo mismo y que no piensan, perros que son la clase media capaz de hacer cualquier cosa para enterrar su hueso y cuidarlo y los chanchos, aquellos capaces de hacer cualquier cosa para conquistar el mundo”. Al menos, dice, así es cómo lo ve Waters desde siempre: “Es una persona coherente con lo que hace y está bueno que sea reconocido como tal, te guste o no”.

No solo a un nivel político. La obra de Pink Floyd oscila entre ese compromiso social y los temas más personales. El álbum The Wall, dice Pacheco, se centra mucho más en cuestiones personales con las que es fácil identificarse. “Siempre voy a recomendar a la gente que escuche The Wall entero. Mirá si van a escuchar Mother sola. Van a entender que es una canción a favor de la madre, cuando en realidad es una canción de los miedos que te deja, porque lamentablemente tu vieja tiene muchos miedos cuando te tiene y eso te lo transmite a vos y vos se los vas a transmitir a tus hijos”, explica.  Mientras reflexiona, Pacheco pone el tema Comfortably numb en el estudio de radio que tiene en su casa. The Wall es su disco favorito y se sabe al dedillo los entretelones de la composición. Dice que es un álbum perfecto porque si uno lo escucha hasta el final y lo vuelve a empezar no podría distinguir el punto justo en que termina y comienza.

“No me cansa nunca”, dice y asegura como si estuviera a punto de ganar una apuesta: Comfortably numb va a ser la canción con la que cierre el concierto.

 

Producción: Silvana Fernández

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