27 de enero de 2015 21:34 hs

Seguro que fueron los servicios.

Y sí, siempre le echamos la culpa a ellos. A los agentes de inteligencia. Antes a los de las Fuerzas Armadas; desde hace veinte años a los de la SIDE.

Cada vez que en la Argentina ocurre algo para lo que no encontramos una explicación razonable, salvamos el problema con los servicios. Seguro que fueron ellos. El argumento perfecto para comprender todo lo que no podríamos explicar de otro modo. Como en la religión, aunque sin milagros. Creer o reventar.

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Este libro es hijo de la duda. De la duda sobre los complots que recorren la historia reciente de los argentinos, sobre aquellas operaciones que parecen haber modificado el rumbo de las cosas. ¿Existieron realmente? ¿Pueden seguir ocurriendo?

Llevo unos diez años hablando con agentes de la SIDE. Agentes de La Casa, como le dicen ellos. Primero por mi labor cotidiana como periodista, luego intentando contestar las preguntas que me hice antes y durante la escritura de este libro. Salvo pocas excepciones, a ninguno de ellos les compraría ni una postal. Parece tonto, pero no lo es si se considera el lugar de privilegio que ocupan estas personas dentro del Estado. Los agentes de inteligencia están acostumbrados a moverse en la desconfianza, a caminar sobre verdades que nunca lo son tanto y mentiras que siempre tienen algo de cierto. Todos, absolutamente todos, son definitivamente amorales. Lo que hay que hacer, se hace. A la mierda con el resto.

El blanco
Hay un lenguaje de los servicios. Un lenguaje por momentos críptico, casi siempre brutal y directo. A sus objetivos de inteligencia los llaman Blancos. Así, Blancos, como si fueran a dispararles a todos.¿Qué es un blanco? El principal protagonista de este libro definió casi sin querer la naturaleza de esos objetivos cuando declaró, en 2003, durante el juicio oral por el atentado terrorista contra la AMIA. Los blancos, dijo, están en el ámbito de las minorías. Tan simple como eso: las minorías. Los opositores, los rebeldes, los que dicen que no, los que están en la otra vereda, los que preguntan demasiado. Los blancos son los que están en oposición al gobierno. Y como los gobiernos cambian, las minorías también. La gran paradoja es que esas minorías pueden, por momentos, ser mayoría. Fueron blanco los antiperonistas cuando los había en millones. Fueron blanco los peronistas cuando los había en millones. También fueron blanco la izquierda, la derecha, los radicales, los pobres, los musulmanes. Esa rueda permite que los blancos de ayer pueden ser los perseguidores de hoy, o que los blancos de hoy puedan ser, en un par de años, quienes definan los nuevos objetivos.

El secreto De la construcción del secreto no sólo participan los hombres de Inteligencia. También los políticos, diplomáticos, periodistas, con seguridad los jueces y fiscales que suelen encargarle a la Secretaría de Inteligencia tareas que están al borde de la ley o son francamente ilegales. Todos ellos colaboran con el secreto desde el respeto o el temor que La Casa les genera o les impone. Todos ellos quieren saber,pero nadie se atreve a preguntar. Parecen encantados con tener algún contacto en la SIDE, se dejan seducir y agradecen con el silencio, aunque cada tanto, para convencerse de su importancia, deben denunciar que alguien escucha sus teléfonos o interfiere sus correos electrónicos.
Parte de ese código pareció romperse el domingo 25 de julio de 2004, a las diez de la noche. En Buenos Aires el invierno era crudo y los argentinos estaban encerrados en sus casas, listos para irse a la cama, con el lunes casi encima. Pero ese domingo, a las diez de la noche, en la televisión ocurrió algo que no estaba previsto. Un ministro de la Nación se presentó en público y mostró la imagen de un agente de inteligencia. No de cualquier agente. Mostró la foto del rey de La Casa. Del mejor y el peor de todos.

Gustavo Béliz acababa de ser echado del gobierno de Kirchner con un llamado telefónico del jefe de Gabinete. El lunes siguiente debía ir a su despacho del Ministerio de Justicia a retirar sus papeles y firmar su renuncia, pero esa noche todavía se movía como funcionario. Llegó a los estudios de Canal 9 en un coche oficial, acompañado por su custodia y su jefa de prensa. Béliz llevaba un sobre color madera. Apenas se prendieron las cámaras, empezó a hablar:

–A mí me han echado del gobierno. Y me han echado por nombrar la palabra maldita de la política argentina. La palabra SIDE.

La imagen de Béliz era la de los vencidos. Hablaba pausado, sin exasperarse, en un tono donde se podía sospechar cierta resignación, tristeza, quizá rencor. Seguía hablando:

–SIDE es la palabra maldita porque en ese ámbito se ocultan las cajas más negras, los manejos más sucios y las cuestiones más irregulares. No sólo de esta época sino en el transcurso de la democracia de los últimos años.

El programa de Mariano Grondona era visto por casi un millón de personas y era uno de los pocos espacios que la televisión abierta destinaba a los debates y reportajes sobre actualidad política. Béliz sabía que su oportunidad de hablar era esa noche. La lógica del poder lo correría a un costado en cuestión de horas. Si bien su salida significaba la primera crisis política del gobierno, también era cierto que en la Argentina los escándalos se reemplazan por otros con la velocidad de una pieza de dominó que cae sobre la siguiente. Béliz tenía que decir todo lo quisiera esa noche o nunca:

–La SIDE es un agujero negro del Estado, que tiene señores que un día te dicen “Mucho gusto, soy González”, y al otro día te dicen “Mucho gusto, soy Pérez”. No tienen identidad. No hacen declaraciones de bienes. Manejan los fondos sin ningún tipo de rendición de cuentas…

Para los televidentes la cosa se estaba poniendo interesante. Sin embargo, todavía no había nada demasiado nuevo. Todos saben que los espías un día te dicen “Soy González” y al otro “Soy Pérez”. Pero atención. Béliz iba a ir por más. Había llegado al gobierno de Kirchner junto al presidente, en mayo de 2003, y durante catorce meses había sido uno de los funcionarios más visibles del Gabinete. En ese rol había lanzado una feroz cruzada contra los ministros de la Corte Suprema de Justicia; había encabezado otra batalla contra los poderosos jueces federales de la ciudad de Buenos Aires, y era, como encargado de las fuerzas de seguridad, el dueño de una de las áreas más dificultosas de la gestión, en tiempos donde los secuestros extorsivos y los índices delictivos parecían estar volviendo locos a los argentinos. Béliz era, también, el responsable de una de las políticas más polémicas de Kirchner: la no intervención en las protestas sociales, encaradas por grupos de desocupados, los piqueteros, que se manifestaban con cortes de rutas y calles en los accesos a la gran ciudad o en el microcentro. Diez días antes de su aparición en el programa de Grondona, el 16 de julio, una de esas protestas se le había ido de control cuando un pequeño grupo de manifestantes –cien, doscientos– acabó atacando con piedras y bombas caseras al Palacio Legislativo de la ciudad. (...) Se decía que entre los encapuchados había tipos pagados por la SIDE. Otra vez la sospecha. Otra vez los servicios explicaban lo inexplicable. ¿Pero era cierto? ¿Por qué no? Béliz no había hecho nada para evitarlo. Recién lo hacía ahora:

–La SIDE constituye un Estado paralelo en la Argentina. Una policía secreta sin control de ningún tipo. ¿Saben quién maneja la SIDE? La maneja un señor que debiera ser el hombre más público de la Argentina…¿Iba a atreverse Béliz?

¿Iba a nombrarlo? ¿Por qué no?

–Es un hombre al que todo el mundo le tiene miedo. Cuando se lo menciona en una reunión, todo el mundo dice “No, cuidado, no te metas con este tipo. No te metas porque es un tipo peligroso… Un tipo que te puede mandar a matar. Que te puede meter en situaciones muy complicadas. Te puede armar operaciones”. Este hombre ha estado participando de todos los gobiernos… Y es bueno que todos conozcan su cara. Es este señor…

Béliz sacó del sobre papel madera la fotocopia en blanco y negro de una foto. La imagen era bastante clara. Se veía a un hombre de unos cincuenta años, aspecto fornido, cejas gruesas, el gesto adusto. Un hombre mirando de tres cuartos de perfil, con una camisa oscura, a cuadros, los dos botones superiores desabrochados. Una foto típica de esas que se toman para la confección de los documentos. Debajo llevaba un nombre impreso en letra de computadora: Stiuso,Antonio Horacio. Y la fecha de la imagen: 14/03/2003.

–Es este señor. Le dicen Jaime Stiuso. Éste es el encargado de manejar la SIDE –siguió Béliz.

La cámara era implacable. Iba hacia Béliz, se demoraba unos se-gundos en Grondona, pero siempre volvía a la foto.

–Este hombre maneja el poder real de la SIDE. Una organización sin control. Este hombre armó un ministerio paralelo en el área de seguridad, está avanzando en áreas operativas que nada tienen que ver con la inteligencia…

Béliz iba a seguir hablando de la SIDE, iba a seguir diciendo que el presidente Kirchner había sido alertado sobre Jaime, que el presidente Kirchner no había hecho nada para cambiar la SIDE. Béliz iba a seguir hablando durante otros 15 minutos, y también lo haría para los diarios y las radios. Pero lo más importante ya lo había hecho. Había puesto a Jaime en un programa de televisión. Un millón de argentinos habían visto su cara.

Si alguno de nosotros sale por tele, lo peor que nos puede provocar es vergüenza. Pero para un agente de inteligencia es grave, es una humillación. Se supone que nadie debe saber a qué se dedica un espía. Ni sus vecinos ni los amigos de sus hijos ni sus compañeros del gimnasio. Que salga la foto de un agente de inteligencia por la tele es un signo de debilidad. Es el fin del secreto; el fin de la inteligencia. ¿Jaime Stiuso corría el riesgo de perder todo?

Más difícil es saber cuál fue su reacción. Algunos dicen que esa noche juró vengarse de Béliz. Otros, que pronto se olvidó del asunto. Yo creo en la segunda opción. A esa altura, Jaime ya era Jaime. Llevaba 32 años en la SIDE, había accedido al mayor cargo al que jamás había aspirado un agente de carrera y ya tenía al gobierno de su lado. O en el bolsillo.

Jaime

Yo había visto a Jaime cara a cara una sola vez. Cinco años antes, en agosto o septiembre de 1998, en un café de Barrio Norte, donde él solía encontrarse con algunas de sus fuentes de información. La cita había sido acordada la noche anterior durante una conversación telefónica, en la que él me había reprochado una nota que publiqué en el diario Clarín, donde yo contaba acerca de una compra que había hecho la SIDE de varios equipos de espionaje. A Jaime no le había gustado la nota y, según dijo, sus jefes lo habían autorizado a explicarme “algunas cosas”. Durante la conversación telefónica me había olvidado de preguntarle si me conocía. Tampoco sabía de su aspecto, así que me acomodé cerca de la puerta y abrí un ejemplar del diario Clarín. Pensé que así me reconocería, pero no fue nece-sario. Me vio desde la vereda, caminó directo hacia mi mesa y se sentó. Ni hola ni buenas tardes ni nada. Corrió la silla, la alejó unos centímetros y así quedó: Recostado hacia atrás, dejando ver sus pantalones de jean algo gastados, mocasines marrones, una camisa escocesa de las que se consiguen en oferta. En la mano sostenía una gorrita con visera. Tiempo después supe que las coleccionaba a montones. A Jaime lo recuerdo como un hombrecito de no más de sesenta kilos, de unos cuarenta y cinco años, calmo, demasiado calmo. Podía ser diariero, electricista, vendedor de flores, cualquier cosa. Era un tipo del montón, al que podemos encontrar en la reunión de padres del colegio, en la asamblea del consorcio, en la cola del supermercado. Ahí estaba el espía, disfrazado de hombre corriente, confundido entre muchos otros.

Durante la cita con Jaime, él sólo inclinó el cuerpo hacia delante dos veces: la primera para servirse agua mineral; la otra para apoyar sobre la mesa un grabador de periodista y un cablecito de unos cuarenta centímetros de largo. Supongo que debió notar con satisfacción mi cara de sorpresa.

–¿Cuánto sale esto? –preguntó, sosteniendo el grabador.

–No sé, unos sesenta pesos –arriesgué. No lo sabía con preci-sión, pero suponía que no más que un par de zapatos.

–Bien. ¿Y esto? –agarró el cable.

–Nada, centavos –seguí yo, cada vez más intrigado.

–Bueno, eso es lo que yo necesito para intervenir el teléfono de tu casa.

Jaime me dio una explicación rápida sobre lo fácil que era intervenir teléfonos, colgando una pinza en los cables tendidos sobre cualquier casa o edificio de departamentos. Sólo había que treparse a una terraza para instalar el sistema y otra vez para ir a retirar el grabador. Muy sencillo, muy económico. Sólo había que treparse. Según él, hasta un chico podía hacerlo.

En aquella reunión yo desconocía la dimensión de Jaime. Apenas sabía que estaba a cargo de parte de la investigación de los atentados terroristas que había sufrido la Argentina, primero en la embajada de Israel y luego en la mutual judía AMIA. Hablamos unos minutos de eso. O mejor dicho: pregunté durante unos minutos mientras él respondía con evasivas. Puede ser, decía. O tal vez. O habrá que esperar. Jaime había ido a la reunión para decir lo suyo y nada más. No tenía ni la menor intención en mostrarme otra cosa. Lo que yo no sabía, aún, era el poder real que tenía Jaime. Ni siquiera imaginaba que ya era hombre de confianza de la CIA y del servicio secreto de Israel, el Mossad. Tampoco, que en esos momentos se estaba desatando en la SIDE una pelea crucial entre distintos agentes. Una batalla que iba a durar años y de la que Jaime saldría triunfador.

Ese hombrecito de aspecto insignificante se estaba convirtiendo en el hombre más poderoso de La Casa. En gran medida gracias a ese grabador y a ese cablecito. A sesenta pesos y algunos centavos.

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