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Autores y editores reflexionan sobre los desafíos de escribir para niños en la era de las pantallas

En Uruguay se publicaron, en 2017, más de 400 libros infantiles, en 2010 la cifra era de 152

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12 de agosto de 2018 a las 05:00

Primero, los datos. Por un lado, los que encienden la señal de alerta: según una investigación de 2017 hecha en el Reino Unido, solo 51% de los niños en edad preescolar leen junto a sus padres, mientras que 61% de los padres están preocupados por la cantidad de tiempo que sus hijos pequeños están frente a las pantallas. Por otro, los que concluyen –con optimismo– que celulares, computadoras, tabletas y televisores no compiten con el papel: en Uruguay de los 2.230 libros publicados en 2017, 419 fueron de literatura infantil; en 2010 la cifra era de, tan solo, 152.

Después, las experiencias, los recuerdos, el apego, el afecto; sensaciones que llegan como olas cuando alguien se pone a pensar en el vínculo que tuvo durante la niñez con la lectura. Aparece, entonces, la imagen del primer libro, de aquellos personajes y mundos de ficción con los que el niño (ahora joven o adulto) creció; la voz de fondo de una madre, padre, abuela, hermano mayor; la paz previa al sueño.

Muchos dirán que ahora eso ya no es así. Que los padres ya no les leen a sus hijos; que esa tranquilidad antes de que se apague la luz al final del día es difícil de alcanzar; que las pantallas atraviesan los lazos que son, cada vez, más fríos. En la encuesta que se realiza anualmente en el Reino Unido con el objetivo de entender al niño consumidor de libros (y que consigna el diario The Guardian) los padres justifican que no tienen el hábito de leerles a sus hijos porque "luchan para encontrar energía al final del día" o "el niño prefiere hacer otras cosas".

Virginia Mórtola es psicóloga, autora del libro La ventana de papel, está a punto de finalizar su maestría en Libros y Literatura Infantil y Juvenil por la Universidad Autónoma de Barcelona. Dice que el vínculo con la lectura empieza con la narración y las historias. "Si no te hablan en tu casa, no te cuentan nada, nunca te cantaron, es muy difícil que estés cerca de la lectura porque el lenguaje y las palabras no están en tu universo. Si el encuentro con la lectura viene desde un lugar placentero, de compartir con otros, si a vos te cuentan historias desde que sos chiquitito, cuando te llega un libro lo recepcionás de otra forma. Para mí la mejor manera de fomentar la lectura es justamente no insistir en ello, no obligar. Y la otra manera de fomentar es acompañar desde lo cotidiano y desde lo lúdico. Que no quede vinculado a lo pedagógico", explicó la autora.

Menos imposición y más libertad de elección. Esos son dos de los fundamentos de Mórtola para estos años en que la lectura se ve –con mucho más entusiasmo, como si ahí estuviera la salvación– como un valor fundamental en el desarrollo y crecimiento de los niños.

Según las autoridades de la gigantesca editorial británica Egmont –que está involucrada en la investigación mencionada–, es, en efecto, mucho más efectivo darles a los niños una amplia de gama de opciones (revistas, novelas gráficas, cómics, libros de ilustración) que darles una lista estricta. "Que los niños puedan seleccionar sus materiales de lectura es mucho más inteligente a la hora de buscar que se conviertan en lectores para toda la vida", dijo a The Guardian Alison David, directora de Egmont.

Un mar de libros

Hay veces que hay que ver para creer. Un buen ejercicio para constatar que, de ninguna manera, es el fin del libro y mucho menos del libro infantil es zambullirse en los espacios dedicados a literatura infantil de las librerías. En algunos casos son habitaciones enteras inundadas de opciones nacionales e internacionales; hay libros enormes, de tapa dura, más económicos, con ilustraciones preciosas, con canciones memorables, clásicos, adaptaciones de clásicos, hay un mundo inmenso capaz de conquistar a cualquier niño.

El presidente de la Cámara Uruguaya del Libro, Álvaro Risso, dice que la cantidad de libros que se editan en Uruguay para niños demuestra categóricamente que las pantallas no son un problema.
Sobre el coraje –si es que hay que tenerlo– a la hora de escribir en una era en la que las pantallas parecen monopolizar el tiempo de ocio infantil reflexionan tres autores y un editor (ver apartado). Seguramente mucho tenga que ver con sus recuerdos de la infancia o con generar–como dice la argentina Liliana Heker en el libro Maestros de la escritura– "ese sentido de la aventura que implica el hecho de leer para deslumbrarse, la sensación de estar sumergido en un libro y no querer salir de él".

¿Qué dicen los autores y editores?

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Nicolás Barcia - Espantajulepes

A priori uno señala a los avances tecnológicos y ''lo moderno'' como causantes del actual deterioro en la cabeza de la gente, del que los gurises son los primeros herederos, cuando quizá el tema es el abuso de esos avances. Creo que escribir trasciende los dispositivos, pues una frase conmovedora o la descripción de un ambiente maravilloso van a tener en el lector un efecto similar más allá del formato en que se presente: sea libro o tableta. Supongo que lo más importante es tener algo interesante que decir, algo en lo que realmente creas y adivines necesario o disfrutable para otros.

Si me preguntás qué opino sobre nuestra era de sobredosis de estímulos digitales hacia los niños, pienso en términos como obsceno o dramático. Veo tan grave la crisis de contenidos que no le apunto al formato, aunque prefiero siempre el papel, mientras esos contenidos les propongan formas de ver el mundo que escapen a la porquería con que la máquina de consumir los somete a diario.

Patricia Mántaras - Pepi Cerezo cambia el mundo

Escribir para niños no requiere coraje; es pura inconsciencia. Como el niño que come gusanitos de goma sin pensar en un posible dolor de panza. Le gustan y los come. Escribir para niños no es —en mi caso— consecuencia de un trabajo teórico, ni de un análisis de la psicología infantil. Es hacer un poco de memoria y retrotraerme a unos años algo lejanos en el tiempo pero todavía muy latentes. Es jugar a ser uno de ellos y divertirme en el proceso. Las pantallas están, pero ya estaban. Yo pasé años de mi infancia absorbida por los hermanos Mario y Luigi y, aun así, leía, no una sino varias veces, los libros de Christine Nöstlinger.

No creo que los niños hayan cambiado. Escribir para ellos es seguir apostando a una imaginación que todavía no tiene límites y apelar a un sentimiento tan esencial como la esperanza, a un desconocimiento total de la ironía y a la ilusión de que con magia, esfuerzo o por un orden natural de las cosas, todo al final se acomoda.

Martín Otheguy - El libro de los lugares secretos

No creo que los niños estén más hipnotizados por la ubicuidad de las pantallas que los grandes. De hecho, creo que es más probable que los niños lean si se crían en una casa en la que ven libros y ven a sus padres leer. Si leen para y con ellos mejor, pero solo con que lean ya es un estímulo. Cuando hago presentaciones de libros en escuelas y liceos soy consciente de que ocupan mucho más tiempo viendo pantallas que leyendo. Les insisto en que vean películas y vean televisión, porque van a encontrar cosas geniales, pero también en que lean libros, porque son experiencias distintas, que generan placeres diferentes y estimulan partes diferentes del cerebro. Y también insisto en que la lectura no puede ser sufrimiento o sacrificio. Que si eso pasa es porque no encontraron el libro correcto.

Me gusta pensar que entre los niños con los que hablo o los que agarran alguno de mis libros hay al menos uno o dos a los que se les puede encender la chispa, del mismo modo que se encendió en mí cuando era chico y me cambió la vida.

Manuel Soriano - Topito Ediciones

Hace unos días nos confirmaron que una editorial nigeriana va a publicar Mi primer libro de rock (de Pato Segovia) y lo va a distribuir en 14 países de África. Como el precio del libro será de un dólar y medio, la ganancia que deja esto es muy poca. Doy estos detalles porque es un buen ejemplo de los pros y contras del asunto. Por un lado, una noticia maravillosa, que nos llena de orgullo. Y aun así, si se lo piensa como negocio y medio de vida, sigue siendo insuficiente.

Algo similar sucede en el mercado local. Nuestros libros tienen muy buena aceptación, pero la edición de libros en general es un mal negocio en relación con el tiempo y trabajo que demanda. Por eso intentamos hacer los libros que nos gustan, y concentrarnos en eso; con la esperanza de que al lector le pase lo mismo. De esta forma llevamos 15 libros publicados, y en un par de meses saldrá el próximo.

Cuatro libros nacionales para aquellos que necesitan una guía a la hora de elegir

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20 años cancionero
De: Cantacuentos
Editorial: Criatura
Páginas: 48
Precio: $ 440

El viaje que cambió la ciencia
De: Varios autores
Editorial: Banda Oriental
Precio: $ 850

Tik, el dinosaurio que cantaba rock
De: Los hermanos Lagos
Editorial: Alfaguara
Precio: $ 380

Tres tristes pumas
De: Sergio López Suárez
Editorial: Planeta Junior
Precio: $ 450



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