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Cacho Castaña, esa puta costumbre y cómo morir haciéndose el vivo

El autor de Café la humedad murió ayer a los 77 años

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16 de octubre de 2019 a las 05:03

Sí, es verdad. Cacho Castaña, muerto ayer a los 77 años, cantaba en la década de los 70 aquello de “si te agarro con otro te mato, te doy una paliza y después me escapo”. Cierto es también que nunca agarró a nadie con nadie, ni le dio una paliza a nadie, ni se escapó de nadie. Ni nada de eso nos pasó tampoco a  muchos de aquellos que lo escuchábamos cuando éramos chicos y que después siempre preferimos quedarnos, por ejemplo, con los versos dedicados a Roberto Goyeneche en los que habla de los puntos y comas del fraseo del Polaco y de su oficio de cantor “de un tango equilibrista” porque más que cantor era un “artista con vicios de cantor”.

Sí, es verdad, atorrante de la primera hora, Cacho cantó berretadas como Quieren matar al ladrón pero también compuso un tango inmortal como Café la humedad o aquel Ojeras de Buenos Aires en el que el poeta que muchas veces lo visitaba escribió “lluvia que moja y no llueve, las flores se van muriendo pero el árbol no se muere”.

Sí, es verdad. Cacho Castaña tenía probablemente el nombre artístico más espantoso de todos los tiempos. Pero logró hacerlo popular y se convirtió en Cacho de Buenos Aires a partir de aquella canción que, con escasa sutileza, dice “por esa puta costumbre de andar haciéndome el vivo/ el que se las sabe y todas las ha vivido…”.

Sí, es verdad. Cacho Castaña recomendó que cuando una mujer no puede evitar una violación “debe relajarse y gozar”. También es verdad que no lo dijo en serio, que pidió disculpas y que ya había avisado que por andar haciéndose el vivo al final de su vida no había farol que lo alumbrara. Castaña tenía 77 años y probablemente nunca llegó a entender esta época en la que las bromas que otrora agradaban a los muchachos de la esquina se convirtieron en asunto serio y, a veces, solemne.

Sí, es verdad. Humberto Vicente Castagna, tal su verdadero nombre, es repudiado por los hacedores de la música moderna y por los tangueros tradicionales. Pero Goyeneche, -el polaco, quién sino-, dijo que en Cacho se había encarnado el último de los poetas del tango. Y el Polaco, intérprete de monstruos como Manzi y Expósito, algo de este asunto sabía.

Sí, es verdad. Castaña se jactaba de haber aprendido en la “Universidad de la calle” y es sabido que en la calle se aprende muy poco, más allá de algunos valores y códigos muchas veces sospechosos. Pero también es cierto que a los 14 años ya estaba haciendo canciones y escribiendo cosas como “mañana es nunca y esta noche es siempre/ y aunque me lo niegues, sé que lo presientes/que al decir mañana, sin querer se miente”.

Con todas sus debilidades, meta frula, alcohol y faso hasta el final, Cacho Castaña se murió haciéndose el vivo y recibiendo críticas criminales más por sus dichos que por su obra. “Han matado al poeta por el hombre, sacrilegio suicida”, dicen unos versos del enorme Alberto Cortez que hablan de la dictadura chilena y de Pablo Neruda. Para no caer en ese sacrilegio, es conveniente un piadoso manto de recuerdo para Cacho en esta hora en la que acometió la picardía de la muerte, esa puta costumbre que suele tener la gente.

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