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Caída libre

Tal como ha pasado, hasta los ilusionistas y acróbatas en actos de riesgo más extraordinarios pueden ser víctimas del azar

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20 de marzo de 2018 a las 05:00

Siempre resulta intrigante la vida profesional de los acróbatas y trapecistas. Cada noche se juegan la vida en lo que hacen, y sin embargo la recompensa en ocasiones es apenas un tímido aplauso de los asistentes, como de compromiso.

El público cree, sobre todo aquella audiencia que asiste con regularidad a un espectáculo circense, que todo es tan fácil como el acróbata lo hace lucir desde las alturas, sin darse cuenta que para realizar sin fallas una pirueta o maroma debió pasar extenuantes horas entrenando, sin que a fin de cuentas el entrenamiento represente garantía de nada, y menos de seguridad para el implicado.

Tal como ha pasado, hasta los ilusionistas y acróbatas en actos de riesgo más extraordinarios pueden ser víctimas del azar, aquel que parece surgir en instancias fáciles de sortear, y que por una razón u otra terminan complicadas y poniendo en riesgo la vida.

Hasta en los espectáculos en apariencia menos complicados, hasta en esos circos que antes llegaban y se instalaban en un barrio durante semanas, suele haber accidentes pequeños y grandes, que si no generan fatalidades es porque hay una red debajo. Sin embargo, el público siempre ha preferido a los circos en los cuales no hay nada que separe al trapecista del piso ante una posible caída.

La adrenalina y el morbo son parte de los espectáculos desde los tiempos de los gladiadores en el imperio romano, incluso antes. Lo atractivo, lo realmente atractivo, es el riesgo puro, la prueba de fuego tras la cual la muerte espera, por si acaso. Antes de ayer, Yann Arnaud, uno de los acróbatas estelares del Cirque du Soleil, cayó sobre el escenario cuando estaba realizado el acto de las correas aéreas durante un show en Tampa, Florida. Murió en el hospital horas después.

Arnaud hacía 15 años que trabajaba con la compañía y había otorgado una dimensión artística a su peligrosa disciplina. Conocía a la perfección los movimientos del acto que estaba desarrollando en el momento del accidente, pero el destino, cuando cambia de opinión, suele ser imperdonable con los mínimos errores de cálculo o simetría. Basta un movimiento en falso. o que una pieza esté fuera de lugar, para que se cumpla el viaje de la normalidad a la tragedia.

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