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Arranca el Mundial FIFA Catar 2022

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¿Corrupción? ¿Obreros muertos? Al final siempre gana la FIFA

Nadie va a dejar de ver el Mundial por las coimas para elegir a Qatar, por la persecución a los homosexuales, por los obreros muertos. La FIFA lo sabe, y siempre se saldrá con la suya

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19 de noviembre de 2022 a las 05:02

Hubo algún momento, allá por 2015, en que la FIFA como organización parecía bajo riesgo de subsistencia. No el fútbol, que nunca dejará de ser pasión planetaria, y un negocio fastuoso. Pero sí el organismo, atravesado por un escándalo de corrupción sistémica que alcanzaba a prácticamente todas sus principales autoridades.

Se hablaba del daño a la imagen de FIFA, de una marca manchada y, por tanto, de que sus principales espónsores querrían huir de sus convenios para no ser salpicados por esa corrupción. Había que reconstruirla, decían.

Está claro que nada de eso pasó. Algunos dirigentes ya están sueltos, y otros siguen esperando sentencia en mansiones de Nueva York. Incluso el uruguayo Eugenio Figueredo consiguió un acuerdo tan favorable que le significó pagar la pena en su país, en la comodidad de su apartamento de lujo en Pocitos. Alguno nunca más salió de su país para evitar ser apresado y alguno, como el uruguayo Sebastián Bauzá, demostró su inocencia y nunca llegó siquiera a ser acusado. Pero la FIFA siguió ahí, inamovible. Hizo un lavado de cara, purgó a algún dirigente que no llegó a ir preso pero quedó en falsa escuadra, como Michel Platini. Los contratos de televisión, en FIFA o Conmebol, siguieron intactos, porque las empresas que pagaron aquellos contratos (y aquellas coimas) amenazaron con juicios multimillonarios si se los sacaban. Algún CEO de empresas televisivas fue preso, pero la rueda siguió girando.

Los mandos medios quedaron, a tal punto que su nuevo presidente, Gianni Infantino, era parte del viejo esquema. La afectación a la imagen de la FIFA duró unos meses. Pero el fútbol siempre gana. Y en definitiva, como nadie pretendía largar la gallina de los huevos de oro, el ruido pasó y la gente volvió a enfocarse en el fútbol. Cómo será la cosa que el siguiente mundial se hizo en Rusia y nadie se despidió, aunque es cierto que aquel Vladímir Putin no tenía la imagen de carnicero sanguinario de hoy.

Todo aquello sería historia antigua si no fuera porque una de las reverberaciones de aquellas historias de corrupción tiene consecuencias hoy. Fue en aquellos días, en los que los dirigentes cobraban coimas a troche y moche sin ponerse colorados, que se cocinó la sede del Mundial de Qatar.

Por un lado, Platini haciendo de intermediario entre el gobierno catarí y el francés para que Sarkozy apoyara la candidatura e hiciera lobby en sus países de influencia. Qatar contestó el favor comprando aviones de combate franceses por US$ 14.600 millones.

Por el otro, los dirigentes de Conmebol arreglando la votación del emirato en un mingitorio del baño de la FIFA en Zúrich: más específicamente, el brasileño Ricardo Texeira y el argentino Julio Grondona yendo desesperados a reclamarle a Nicolás Leoz que no votara a Japón, y arreglando la repartija. No fueron los únicos que cobraron ese voto: según detalló la investigación de la Justicia estadounidense, solo en ese día el presidente de la federación qatarí repartió US$ 3,7 millones en coimas.

Después vinieron las muertes de trabajadores expuestos a condiciones de trabajo extremadamente precarias. No son las 6.500 que trascendió en una cifra a todas luces inflada, pero de todos modos es seguro que cientos de trabajadores dejaron su vida para que nosotros nos sentemos a ver los partidos del Mundial. Y también la persecución a las conductas homosexuales, o a la vestimenta de las mujeres; la financiación de grupos terroristas, como Hamas, o hasta la penalización del consumo de alcohol en los estadios, anunciada a solo 48 horas del arranque del torneo. Son las reglas de juego del organizador, una dictadura religiosa conservadora.

Salvo algún activista aislado, nadie va a dejar de ver el Mundial por todo eso. Porque el fútbol, y en particular un mundial, es un evento tan atrayente que es imposible escaparle. La FIFA lo sabe, y por eso siempre se saldrá con la suya con coimas o persecuciones a los derechos humanos. 

Solo queda sentarse frente a la tele y disfrutar de la pelota.

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