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Robert De Niro como Travis Bickle

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Criatura de la noche: el origen y el legado de Taxi Driver a 45 años de su estreno

Un repaso a la creación y el legado de una de las grandes películas de la década de 1970 y la obra maestra de Martin Scorsese

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06 de marzo de 2021 a las 05:04

Es 1976 y en Estados Unidos el estrés postraumático cotiza en bolsa. Vietnam sigue sangrando, los restos del Watergate contaminan la confianza en la clase política, la violencia está metida en el código genético, nuevas drogas refritan cerebros ya quemados y la ciudad de las ciudades, Nueva York, es una mugre. En las veredas mal iluminadas por neones febriles se acumulan vándalos, mafiosos, desahuciados, prostitutas, proxenetas, veteranos mutilados, pandillas, enajenados. Y un mediodía de febrero, en el Cinema I empieza la función.

La pantalla se llena con el vapor blanco que escapa del siempre humeante asfalto neoyorkino. De fondo, compases ominosos y perturbadores acompañan una aparición fantasmal: la de la parrilla delantera de un auto, luego sus focos, luego el taxi amarillo, característico, completo. Después los créditos: Taxi Driver. Cuentan que en ese momento el Cinema I estalla en aplausos. Que el boca a boca había catapultado la emoción del estreno y que reventó. Cuentan que Martin Scorsese y Paul Schrader dijeron bajito “tenemos un éxito”. Después del taxi vienen los ojos perseguidos de Robert de Niro. La música cambia, se transforma en un jazz nuboso, aterciopelado. La ciudad se despliega bajo los focos rojizos de la noche, se tiñe del color de la decadencia, se desenfoca y hunde a quienes están en la sala en un sopor alucinógeno. La obra maestra está en marcha.

Luego del estreno, Taxi Driver se cuela en la cultura popular con fuerza centrífuga. Despierta pasiones, idolatrías, conspiraciones, un atentado contra Ronald Reagan, consagra a su realizador, le da un nuevo impulso al movimiento del Nuevo Hollywood, deja un legado, marca una radiografía sobre la violencia inherente en la sociedad estadounidense, muestra, una vez más, la potencia del cine. Se convierte en un clásico. Todavía lo es: está en ese puñado de las infaltables. Una piedra angular en el canon cinematográfico contemporáneo.

Taxi Driver cumplió el pasado 8 de febrero 45 años. Defiende su lugar en el catálogo de Scorsese como el pico de una carrera llena de cumbres. Permanece como una exposición aplanadora de un momento particular, un grito de rabia esquizofrénica que sale desde lo profundo del país de los sueños cumplidos y quebrados. Sigue siendo un relato portentoso sobre una figura vacía, un personaje contradictorio que funciona como envase ideal para contener –y luego dejar escapar– la crudeza de sus circunstancias. Es el relato sobre Travis Bickle, un veterano de Vietnam con problemas de insomnio y ganas de limpiar una sociedad que considera perimida. Así empieza.

Travis consigue un trabajo de taxista nocturno luego de varios años en Vietnam

Génesis

Travis nació de una mente inestable. Paul Schrader, el hombre que lo creó y que le puso la firma al guion de Taxi Driver, siempre será el enfant terrible del Nuevo Hollywood, la camada que a partir de la década de 1970 cambió la industria del cine en EEUU y que incluyó a Francis Ford Coppola, Scorsese, George Lucas, Steven Spielberg, Robert Altman y Peter Bogdanovich, entre otros.

Schrader, como Scorsese, fue educado en la tradición católica y tuvo aspiraciones eclesiásticas, aunque su veta era más radical: se crio en el seno fanático y obsesivo de la Iglesia Cristiana Reformada –organización calvinista que retomaría luego en First Reformed (2017)– y sus padres consideraban que cualquier tipo de pecado se limpiaba con una buena dosis de latigazos o palazos en la espalda. Paul y su hermano Leonard, que en general eran víctimas de estos castigos, tenían que afrontar además otras cuantas humillaciones y prohibiciones, entre ellas la imposibilidad de entrar a un cine por ser considerado un agujero del demonio.

Entre represiones varias, ahogado por los límites y asustado por visiones del Infierno que se le aparecían constantemente, Schrader maduró en su interior la semilla de una bestia. De un animal desbocado que rozaría varias veces la autodestrucción.

De puro rebelde, un día se metió en una sala, vio El hombre del brazo de oro de Otto Preminger y quedó como loco. A mediados de los 60 se fugó a Nueva York y después, en Los Ángeles, se propuso entrar a la industria del cine. Se hizo amigo de la influyente crítica Pauline Kael, ella le consiguió un trabajo de crítico y lo perdió cuando destrozó a la película del momento: Busco mi destino (Easy Rider). Sin un peso, enloquecido por la cocaína, el insomnio, una paranoia galopante, constantes ganas de pegarse un tiro –guardaba un revolver siempre cargado en su mesa de luz– y litros y litros de whisky, Schrader volcó la violencia de su vida a un borrador y en diez días lo declaró listo. Lo tituló Taxi Driver. Se lo llevó a su amigo Brian de Palma y este le dijo que era un bombazo, pero que era imposible de filmar.

El guion quedó en un limbo. Apareció Scorsese, que venía de filmar un par de películas, y dijo que quería dirigirla. Le mostró a Schrader Boxcar Bertha, una de sus últimas realizaciones, y el otro se le rio en la cara. Le dijo que volviera cuando tuviese algo mejor. Algunos años después volvió a la carga, ya con el éxito de Calles peligrosas y Alicia ya no vive aquí en la espalda. Y fue suficiente. Taxi Driver se empezó a filmar y los demonios de Schrader, por fin, veían la luz.

Martin Scorsese tenía 34 años cuando Taxi Driver se estrenó

Ejecución

Robert De Niro estaba en alza. Conocía a Scorsese de Calles peligrosas y venía de su consagración en El padrino II con Oscar incluido. Elegirlo para el papel de Travis fue un empujón de calidad para una película que, por sus comienzos dubitativos, lo necesitaba. Su anécdota, además, le sumó misticismo a la producción: el actor condujo un taxi varias noches para empaparse del mundo de la calle, le pidió prestada la ropa a Schrader y se metió en la ambigüedad de su personaje a fondo.

A pesar de la entrega de su protagonista, para Scorsese el rodaje no fue un paseíto por el parque. Trabajó con la presión del fracaso constante pendiendo sobre su cabeza, no paró de pelearse con Schrader por sus diferencias con el guion, estaba en uno de sus peores momentos con la cocaína y los tranquilizantes eran sus mejores amigos. En el medio tenía que pedirle a De Niro que por favor no maltratara a su coprotagonista, Cybill Shepherd, debía coordinar con la psicóloga y la asistente social que cuidaban de la menor en el set –Jodie Foster, la elegida para interpretar el papel de Iris, la prostituta de 12 años que Travis decide rescatar– y encima tratar de que el presupuesto no se le fuera a las nubes. Nervioso, conectado siempre a 220, Marty bordeó la extenuación mental varias veces y zafó.

De Niro y Scorsese trabajaron juntos por primera vez en Calles peligrosas (1973)

El montaje también fue complejo. La agencia reguladora del cine en Estados Unidos, la MPAA, le exigió a Scorsese que bajara la intensidad de la violencia en la escena del tiroteo final si no quería que la película tuviera una clasificación X. “Mucha sangre”, se quejaron. Scorsese lo solucionó bajándole la saturación al color rojo y es por eso que todo ese tramo se percibe más opaco. Al director le gustó: la sensación infernal, con esos tonos apagados, era todavía mayor. La violencia también.

Taxi Driver fue al Festival de Cannes de 1976. Un jurado compuesto entre otros por Costa-Gavras, Sergio Leone y Tennessee Williams –que odió la película– le dio la Palma de Oro y le sumaron prestigio. En los Oscar de 1977 estuvo nominada a cuatro estatuillas pero no se llevó ninguna. Y aunque sigue siendo una de las injusticias más grandes de esos premios, no impidió que se convirtiera en un clásico. En el gran clásico de uno de los últimos artistas del cine en ejercicio.

Taxi Driver, hoy

Travis es un enigma para 1976 y también para el 2021. O, como lo llama el propio personaje de Shepherd en un momento, una contradicción andante. A grandes rasgos, la película es el estudio de una masculinidad desbocada y frágil que raya lo tóxico y que termina convirtiendo a un personaje con tendencias que bordean lo psicopático en una especie de ángel vengador. La fascinación que ejerce este giro es perpetua y la prueba está en productos como Guasón (2019), que tomaron su espíritu –y unas cuantas cosas más– para contar una historia similar.

De Niro manejó un taxi diez noches seguidas para meterse en el personaje de Travis

Pero cuando nos encontramos con Travis por primera vez, él es una cáscara. Es un hombre quebrado que pierde el sentido y el propósito al mismo tiempo que lucha contra una tensión moralista que lo inunda y no lo deja dormir. Así lo cuenta en su diario: “Doce horas trabajando y sigo sin poder dormir. Maldita sea. Los días duran y duran. Y no acaban. Lo único que necesitaba era darle algo de sentido a mi vida. No creo que uno deba dedicarla a autoanalizarse morbosamente. Creo que uno debe convertirse en una persona como el resto de la gente”.

Lo que Travis tiene en mente, entonces, queda claro: quiere encajar. Pero el personaje inmortalizado por De Niro es un alienado, alguien que acusa de una soledad crónica que le come la cabeza y lo llena de alucinaciones producto de un pasado de napalm. Y por eso no logra hacerlo. Sus encuentros y diálogos con figuras de la noche –entre ellos un femicida en potencia interpretado por el propio Scorsese en una escena memorable– son una prueba de cómo se para el personaje frente al mundo: al costado. No lo entiende. Está por fuera.

De hecho, Travis detesta a la sociedad y al mismo tiempo es esa sociedad y su corrupción lo que lo moldea. Por eso se siente su redentor, se cree con la obligación de limpiarla. La pérdida del norte, su automitificación, queda patente en otra línea famosa del personaje, mencionada mientras el paisaje nocturno de la ciudad se despliega en el parabrisas del taxi: “Todos los animales salen de noche. Putas, pordioseros, sodomitas, travestidos, maricones, drogadictos, toxicómanos. Todo es asqueroso y venal. Algún día una lluvia de verdad se llevará toda esta mugre de una buena vez.”

Las mujeres en Taxi Driver: de un lado Betsy (Cybill Shepherd) y del otro Iris (Jodie Foster)

Ese mismo diario da cuenta más tarde de su inestabilidad, de la crisis existencialista que lo licúa. Travis recién encuentra cómo llenar su cáscara cuando aparecen Betsy (Shepherd) e Iris (Foster), dos mujeres que lo tironean desde universos abismalmente opuestos. Sin embargo, fracasa; no sabe lidiar con su breve estancia dentro de los márgenes de la civilización y la violencia de su mente se lo lleva puesto. A partir de allí la película entra en su etapa icónica: las armas, el “me estás hablando a mí” y el corte mohawk entran en escena. 

Por fuera de su fascinante y perturbardo personaje principal, Taxi Driver siempre será recordada por pintar a una Nueva York pesadillesca, hipnótica, llena de peligros y formas fantasmales. Scorsese y el director de fotografía Michael Chapman entienden las calles de la metrópolis como un terreno de sueños, como un largo viaje alucinógeno en donde los héroes nunca son tales o totales. Los restos de esas noches de pecado, lluvia y furia también son registradas por Travis: “Cada noche cuando dejo el taxi en el garaje tengo que limpiar los restos de semen del asiento trasero. A veces limpio sangre”.

No parece haber muchos remansos en este paisaje plagado de brutalidad, pero Scorsese a sus treinta y cuatro años ya era un viejo sabio, o mejor dicho un artista fino: los pasos inevitables que llevan al estallido final, la escena en la que Travis entra a los tiros para rescatar a Iris de los pedófilos y los proxenetas, están cargados de la misma somnolencia que abomba al protagonista. Así la violencia se inocula en el espectador en pequeñas dosis y cuando el clímax se apersona, la balacera sorprende pero jamás se siente fuera de lugar: todo estaba allí. La mecha estaba encendida. Travis era una bomba de tiempo. Y cuando explota y su rostro aparece en los medios, aparece la ironía y la crítica final: alienado o no, la sociedad por fin abraza a Travis como un héroe. Pero nosotros y Scorsese, que miramos por el mismo espejo retrovisor que él, sabemos la verdad.

Travis Bickle, el ángel vengador

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