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Cuatro historias de adolescentes privadas de libertad

Cuatro de las diez menores que cumplen sentencia en el Inisa relataron como se vincularon con el delito 

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18 de febrero de 2019 a las 11:07

"Desde los 8 años hasta los 11 mi padre me mandó violar. A los 12 me fui de mi casa, quedé en situación de calle y empecé a darle a la pasta base. Ahí me perdí por completo”, cuenta Leticia, una de las diez adolescentes que cumple sentencia en el Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa). 

Según su relato comenzó a vivir en la calle en 2012 luego de que le contó a su madre que su padre “tiraba billetes falsos al mercado”. Un rato después cuando caminaba por alguna calle del barrio Villa Española, llegó un hombre, la tomó por el cuello y le dijo: “Te vas arrepentir de haberle dicho eso a tu padre pendeja puta”. Y la violó.

Ocho de las diez adolescentes que están privadas de libertad en el Centro de Ingreso de Adolescentes Femenino (CIAF) de Inisa han sido violadas en algún momento de su vida, ya sea por un abuelo, un padrastro o un extraño, según dijeron las autoridades de Inisa. 

Cada vez que Leticia habla del padre se le llenan los ojos de lágrimas, pero intenta sobreponerse para seguir hablando y de vez en cuando larga una carcajada como para descontracturar la situación.

Llegó hace dos meses y le quedan tres “entre las rejas” pero no se quiere ir. Dice que fue por decisión propia que llegó ahí.

Vivía sus días y noches en la calle, entre la pasta base y el pensamiento de cómo conseguir más. Primero optó por la prostitución pero temía quedar embarazada. “Atendí a 20 clientes más o menos, y de esas veces me cuidé menos de la mitad, porque el hombre no quería pero yo sí necesitaba la plata para drogarme”.
 

Luego decidió comenzar a robar con “gente del barrio”. Hasta que un día robó a una mamá con su hijo y la mirada de ese niño asustado le quedó grabada. “Ese día dije que la próxima me entregaba”, y así fue.

Con ese objetivo entró a una casa en el centro de Montevideo simulando un robo. Solo desordenó las cosas, destendió la cama, rompió un par de cuadros y esperó a que hicieran la denuncia para ir la Seccional 2da a entregarse.

—¿No era más fácil tratar de encaminarse?

—Quizá sí, quizá no. Pero yo no sentía que tuviera fuerzas como para salir adelante porque la gente que me rodeaba estaba toda para lo mismo. Mi día era drogarme, bancarme el bajón y ver cómo hacía para conseguir más pasta. Y a veces cocinaba cocaína en el fondo de una casa abandonada en Los Palomares.

—¿Y tu madre?
—Ella se peleó conmigo cuando pasó todo lo de mi padre porque no me creyó cuando se lo conté. Desde ahí casi que no me doy con ella.

—¿No vino nunca a verte?
—Vino el primer día de visita desde que estoy y un día apareció con mi tía. Después nunca más.

De todos modos, no le importa estar presa porque encontró lo que nunca tuvo, un techo donde hay paz y ambiente familiar. “Las chiquilinas son como mis hermanas, por más de que a veces hay roces, yo qué sé, es natural y hasta sano”, dice.

Además terminará el curso de Corte y Confección y le tejerá un gorro de lana a su abuela. “Sé que ella va a venir y se lo voy a dar”, afirma ilusionada.

El CIAF está ubicado en General Flores casi Bulevar Artigas y se divide en dos módulos. A diferencia de lo que pasa en los centros de reclusión de varones, dónde existe hacinamiento, acá sobra el espacio. Hay cinco adolescentes en cada módulo y cada uno tiene cuatro habitaciones.

Todas las mañanas las internas se levantan a las 8 horas, se hacen la cama, y colaboran con las tareas de limpieza de su habitación y de los baños y comedor. Pero el día que El Observador visitó Inisa no había actividades curriculares, por lo que algunas se levantaron más tarde. En caso de que alguna tenga que estudiar, las demás deben suplirlas en sus actividades.

Encerrada con su hija

El edificio tiene una reja en el frente que abre y cierra un policía que está en una garita. “Las gurisas son bárbaras, acá no pasan las cosas que uno ve en la tele, eso del Comcar y los motines. Acá es otra cosa”, dice el hombre mientras otra de las internas terminaba de barrer la entrada. El efectivo policial le reclamó que esa mañana no lo había saludado. 
Martina cumple sentencia por un homicidio especialmente agravado, pero además está allí con su hija de dos años. 

También fue víctima de abuso, en su caso de su padrastro.  “Él me decía que no le dijera a mi madre porque si no ellos se iban a separar”. Estuvo así dos años, hasta que decidió irse a vivir a lo de una tía y allí empezó a relacionarse con un hombre que ideó el delito por el que cayó, relata.

El día que llegó a declarar había una pantalla grande, en el centro una foto de ella y alrededor todas las comunicaciones que mantuvo por WhatsApp. “Fue horrible, me sentí como desnuda pero qué iba a hacer. Había sido yo”. Y lo que ella hizo fue apuñalar a un hombre al que robó y luego prenderlo fuego dentro del auto en el que estaba.

—¿Y cómo se enteró la Justicia?

—Él dijo todo porque le prometieron menos años.

—¿Te dijo eso?

—No, me lo dijo una persona en el juzgado el día que fui a declarar.

El delito más cometido por mujeres privadas de libertad es el hurto. "Muchas veces la mujer comienza a delinquir con el compañero varón. En este sentido, las bocas de venta de droga ayudan a que la mujer delinca porque el negocio se transforma en un rubro familiar en el que todos tienen parte. En el resto de la población, la rapiña y el hurto son los delitos que más seguidos se cometen", dijo en setiembre de 2018 la presidente de Inisa, Gabriela Fulco a El Observador en entrevista.

 

Martina logró robar $110 mil. La mitad se lo dio a su tía porque le debía plata y con el resto compró muebles para la casa de su abuela y terminó de revocar una pared. “Me sobró un poco y lo que hice fue comprar ropa para la beba, por lo que no me sacaron la plata”.

Si bien le apena que su hija esté privada de libertad prefiere que esté con ella. “Si la dejaba con mi madre, ¿qué le iban a hacer? La iban a violar y en un par de años la iba a tener que venir a ver acá”.

La niña sale todos los días porque las cuidadoras del módulo la sacan a la plaza a pasear y además le llevan al jardín.

“Me tuve que acostumbrar a las rejas, a ver el sol por la ventana. Me di cuenta que no me hace lavar el plato de una compañera. Todas estamos acá porque nos mandamos las nuestras pero fue por necesidad. Los de afuera tienen que entender que la vida te pone entre la espada y la pared y a veces no te queda otra salida”.

Los ojos celestes de Martina transmiten esperanza cada vez que habla de su hija. Y cuando se le pregunta qué va a  hacer al salir de Inisa responde:  “Lo que voy a hacer es siempre ir para adelante, dejando atrás eso que me persiguió durante años y me trajo tantos dolores de cabeza. Voy a no hacer lo que hice hace unos años. Tengo la cabeza en otra cosa ahora”.

 

Quiere ser carpintera

María tiene 16 años. Vivía en Pinamar Norte con su madre, pero un día un compañero de la UTU le ofreció probar paste base y a partir de ahí todo fue una montaña rusa con muchas bajadas.
Su casa dejó de ser un hogar cuando su padre las abandonó y nunca más volvió. Además, desde ahí comenzó a llevarse mal con su madre y juntarse con malas influencias.

Cometió el primer delito a los 10 años. “Entré con unos gurises del barrio a robar a una casa. Y ta, creo que me dieron menos de $1.000 porque era la más chica de la barra”, recuerda.

Luego de ese episodio para María robar fue casi como un trabajo, a veces lo hacía sola para conseguir algo de dinero, luego lo hacía con alguien. Ella llevaba un arma por si aparecía algún policía.

También iba armada el día que decidió robar cuando llevaba una semana viviendo en la calle, después de que su madre la echó de la casa. “Salí a robar y maté a una mujer y al otro día me fueron a buscar a la casa de mi madre. Ella dijo dónde estaba y así caí”. 

La mujer, de unos 60 años, se resistió y María dice que no le quedó “más remedio que rematarla de un tiro en el pecho”.

Eso pasó hace seis meses y tiene por delante un año y medio de encierro.

“Estoy arrepentida, pero la desesperación me impulsó a hacerlo. Además, estaba drogada, como casi siempre en ese entonces”, dice ahora cuando se le pregunta si volvería a delinquir.

A María lo que más le cuesta es poder vivir lejos de la calle. De alguna manera allí fue feliz, porque la alejó de su dura realidad, a pesar de que también admite que se arruinó la vida.

Es monosilábica y le cuesta hablar de algunos temas, como por ejemplo cuando cuenta que al segundo día de estar allí intentó ahorcarse con una cortina. “La desesperación te manda a lugares donde jamás pensaste que ibas a estar”, dice

Este año comenzará a cursar Primaria dentro del Inisa para terminar esa etapa de los estudios, por un tema de superación personal pero quiere dedicarse a la carpintería. “Me encanta la carpintería. Me crié en la de mi abuelo cuando era chica, hasta que murió y mi madre con mis tíos vendieron todo”. Esta fue la única etapa feliz que recuerda de su vida, luego de esto todo se fue en picada.

Novio en el Comcar

La cuarta adolescente, Soledad, recién se había levantado y apenas había terminado de tender su cama la mandaron a terminar de limpiar el comedor porque se había despertado muy tarde, explica su coordinadora, María del Carmen, quien además de ocupar este cargo hace de psicóloga y mamá de las internas porque les limpia, plancha y dobla la ropa cuando ve que están muy atareadas.

Soledad es la que tiene el expediente más liviano dentro del módulo. Está allí por extorsión y porte ilegal de armas, y le quedan cinco meses más. De todos modos, no sabe qué hará cuando salga porque su madre le dijo que a la casa de ella no volvía.

“Una vuelta ayudé a robar un auto y me metieron dos días en el calabozo. Mi madre me bancó en esa, pero me dijo que esta cana no me iba a llevar”. Su padre fue una vez a visitarla y no volvió nunca más.

Afirma que a quien más extraña es a su novio que está preso en el Comcar hace un año por homicidio especialmente agravado. Cuenta que él siempre le daba, lo que ella consideraba buenos consejos”: “Una vez, por ejemplo, me dijo que hiciera lo que quisiera que robara, matara o cualquier cosa pero que no me drogara. Me dijo que ese día mi vida se iba a ir a la mierda”.

Es en la única persona en la que confía, admite mientras muestra orgullosa un rosario que se tatuó en el brazo izquierdo. Él tiene el mismo tatuaje porque cuando cayó preso ella fue a visitarlo con un tatuador.

Soledad no sabe qué hará cuando se cumplan los cinco meses de encierro pero está segura de una cosa: “No sé qué haré con mi vida, pero voy a ser feliz. A como dé lugar”.

 

La selección del Inisa y la propuesta educativa
La oferta educativa de los centros de reclusión de adolescentes es amplia y muchas veces desconocida por las internas cuando llegan. Además de que pueden cursar el ciclo escolar y liceal, tienen talleres de cocina, peluquería y corte y confección.  Además tanto mujeres como hombres pueden jugar al fútbol. En el Inisa tienen una selección a la que este año se podrán sumar las mujeres. “En 2018 hicimos un cuadrangular donde jugó la selección sub 17 de Paraguay, Racing de Uruguay y Rosario Central (Argentina)”. 
Mientras están privados de libertad, Ravetta sostiene que los adolescentes tienen cierto apoyo y contención pero cuando salen dependen del entorno familiar y ahí puede estar el problema. Si son mayores de edad, se les hace seguimiento a través del programa Jóvenes en Red del Mides, que comienza cuando están cumpliendo los últimos meses de la sentencia. Pero si son menores Inisa no tiene elementos para realizar un monitoreo de sus casos.  “Así como nosotros podemos tener el ejemplo de nuestros padres que trabajan, ellos muchas veces tienen el ejemplo de sus abuelos y padres que están presos o robando. Y eso es muy difícil de cambiar por lo menos desde nuestro lugar”.
Con la puesta en marcha del nuevo Código del Proceso Penal -desde noviembre de 2017- cambió el tiempo que los adolescentes pasan en prisión como medida cautelar. Y en lugar de estar un máximo de 90 días cuando cometen delitos graves ahora se extendió a los 150 días. Eso juega a favor de que las adolescentes se integren a los talleres y propuestas educativas porque “cinco meses es mucho tiempo en la vida de una persona joven”, dice Ravetta.

Los nombres de los protagonistas fueron cambiados para preservar su identidad.

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