Libro de las preguntas se llama un libro de Pablo Neruda publicado de manera póstuma en 1974, el cual recopila, como el propio nombre de la obra lo indica, preguntas que el poeta se fue haciendo a lo largo de su vida y entre las cuales figura una imprescindible: “¿Cuántas preguntas tiene un gato?”. A un gato no lo mata la curiosidad, sino el no poder tener respuestas a las preguntas que se hace. Hoy comienzo preguntando: ¿cuántas canciones de los Beatles han tenido un cover que podemos considerar excelente, incluso mejor que la versión original? Solo conozco uno: el que Richie Havens hizo en 1970 de Here Comes the Sun, escrita un año antes por George Harrison. ¿Quién es la única persona que en 2001 pudo competir en popularidad con Osama bin Laden en el buscador de Google? George Harrison. ¿Quién de los cuatro Beatles era fumador? George Harrison. ¿Cuál de los cuatro era el más callado y le sacaba el cuerpo a las entrevistas? George Harrison. ¿Cuál es el único de los fabulosos de Liverpool que luego integró un supergrupo? George Harrison, quien fue parte del quinteto The Traveling Wilburys, con Bob Dylan, Roy Orbison, Tom Petty y Jeff Lynne (Electric Light Orchestra). ¿Quién es el único miembro de los Beatles que ha escrito una canción interpretada por Nina Simone, Paul Simon y Peter Tosh? George Harrison (Here Comes the Sun). ¿Cuál de los Beatles escribió una canción que tres años después de haber sido escrita fue utilizada como propaganda en la campaña política de un líder caribeño? George Harrison, cuya canción recién mencionada ayudó mucho para que en 1972 Michael Manley fuera electo primer ministro de Jamaica.
Hace 20 años los amantes de la música vivían uno de los diciembres más tristes tras conocerse la noticia de la muerte de George Harrison. Por meses, en semanas previas a su muerte en un año en el que tantas cosas pasaron, se habló seguido de la enfermedad del músico, quien vivió ese tiempo agónico montado en una especie de montaña rusa, subiendo y bajando, pasando de la desolación a la esperanza, ese tan raro sentimiento generado por la quimioterapia, la radioterapia, y otros tratamientos que intentan detener la enfermedad que mayor parecido tiene con la muerte. Meses antes del desenlace, Harrison, por entonces internado en un instituto oncológico en Suiza, había expresado en un comunicado: “Me siento muy bien y me apena la preocupación innecesaria provocada por informes aparecidos en la prensa”. En mayo de 2001 fue sometido a una operación en la prestigiosa Clínica Mayo, de Rochester, Minnesota, para extirparle un tumor de uno de los pulmones. Le hicieron los mejores tratamientos posibles en esa época, pero nada pudo impedir que la muerte llegara de manera brutal. Los tratamientos postergaron la conclusión, pero no pudieron detenerla. Ya para fines de setiembre, la muerte había intensificado sus intenciones. Harrison pensó en lo mejor justo cuando lo peor golpeaba a la puerta. La cuenta regresiva se aceleró cuando Harrison hizo su entrada no triunfal en esa etapa de horror y resignación en la que el cuerpo deja de pertenecerle a su propietario. Los médicos diagnosticaron metástasis. Lo prematuro se cumplió por anticipado. Su último deseo fue no morir en un hospital. Harrison falleció a los 58 años de edad, un jueves a las 13.20 en una casa alquilada de Beverly Hills, que luego compró Paul McCartney. El certificado de defunción de la ciudad de Los Ángeles dictaminó que la causa de muerte fue “cáncer de pulmón de células no pequeñas metastásico”.
Su familia sintetizó en un comunicado sus horas finales: “Abandonó este mundo como lo vivió, consciente de la existencia de Dios, sin miedo a la muerte y en paz, acompañado por familiares y amigos”. De sus últimas semanas de vida no hay fotos, al menos nunca se dieron a conocer, pero su segunda esposa, la méxico-estadounidense Olivia Trinidad Arias, con quien estaba casado desde 1978, dijo que el músico mantuvo hasta el final su sonrisa, la misma que en las históricas fotos de los Beatles lo caracterizó a simple golpe de vista como el más introvertido de los cuatro, el menos mediático, el que estaba condenado por imagen y personalidad a ser el miembro del cuarteto de Liverpool con menos arrastre entre las mujeres. Mientras el cuerpo se apagaba, Mukunda Goswami, líder espiritual de la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krisna, cantó versos del Bhagavad-gītā, texto sagrado hinduista. Arias dijo que las últimas palabras de Harrison fueron: “Todo lo demás puede esperar, pero la búsqueda de Dios no puede esperar, y que se amen unos a otros”. Tengo escrita en un cuaderno de apuntes, la frase que Harrison solía repetir cuando sentía la presencia de la muerte como algo inevitable. Viene también del Bhagavad-gītā: “Nunca hubo un momento en el que tú o yo no existiéramos. Tampoco habrá ningún futuro en el que dejemos de existir”. Su música le dio dinero (al morir su fortuna era de aproximadamente US$ 132 millones), pero sobre todo le garantizó una parcela propia en la eternidad. Cuando escuchamos sus canciones, tantas décadas después de haber sido escritas y grabadas, el sol siempre está llegando.
Una leve lluvia, como si el cielo hubiese querido decir algo que todos entendieran, caía sobre Liverpool a la hora cuando los medios informativos anunciaron la muerte de George Harrison. Los obituarios, luego de informar sobre el suplicio que fueron sus últimos meses de vida, terminaban con idéntica frase, como si ya no fuera necesario agregar nada: “Fue integrante de la legendaria banda The Beatles”. Por primera vez desde el 11 de setiembre de 2001, los diarios no hablaron en sus portadas de la guerra en un país lejano, ni del peligroso terrorista más buscado, sino que informaron, con grandes letras y fotos de archivo, del fin de una etapa brillante de la música moderna. Por un día, que fueron también los siguientes, George Harrison fue el mundo.
En su agonía, Frank Zappa (1940-1993) no se quejaba del cáncer de próstata que lo estaba matando. Solamente le reprochaba a su cuerpo la creciente debilidad que le impedía estar a la altura de su entusiasmo creativo. En el umbral del fin, dos horas de creación intensa eran mucho. Hasta que le tocó irse por anticipado, a los 52 años, Zappa mantuvo intacta su pasión por la música, convertida en el antídoto más valiente y eficaz contra las nostalgias de la vida joven mientras entraba a su conclusión. La historia volvió a repetirse en 2001. Cuando George Harrison supo que la batalla final estaba perdida, se puso a componer y grabar nuevas canciones. La música no pudo, como nunca puede, con la enfermedad terminal, pero le trajo al condenado la blindada ilusión de alcanzar una existencia extra luego de esta. La fe en lo que viene luego tuvo mucho que ver con su actitud. A diferencia de la de los otros integrantes de la banda, la vida de Harrison antes de los Beatles nada tuvo de triste ni de dramático. Su infancia no fue arruinada por el divorcio o la muerte de sus padres. Provenía de una familia católica que hizo todo para darle la mejor educación y los valores éticos que trascienden la edad y la corrosión del tiempo. Hombre espiritual que aceptó la muerte con dignidad, y sin miedo, Harrison se despidió de donde nunca se irá con unas cuantas canciones, y la alusión no es metafórica. Horas antes de expirar reunió a varios de sus seres queridos para hacerles escuchar lo que había escrito en su agonía. Fue su forma de anunciar que se moría vivo. La muerte de cualquier hombre es una tragedia para la humanidad —lo dijo René Char—, pero en la vida hay tragedias mayores que otras. Cuando algo le ocurre a un familiar o a un amigo, bien sabemos que es cierto. Cuando se trata de un artista querido, como Harrison, con quien crecimos y aprendimos a amar la música, sentimos que perdemos a un amigo del alma. El sentido de lo irreemplazable se hace presente. Emerge el sentimiento de que la humanidad pierde parte de una sabiduría convertida en patrimonio universal de quienes estuvieron antes y de los que han de preservar en presente el recuerdo de los ausentes.
En vida, George Harrison, voz privilegiada, aprendió pronto a vivir a la sombra de Lennon & McCartney (tal vez por eso, para anunciarse que llegaba para estar en el pedestal, escribió la canción “Aquí viene el sol”) y, vaya ironía, también en su muerte debió competir para ganarse un centimetraje preponderante entre los titulares de la prensa mundial, pues el día que murió los grandes temas noticiosos del mundo, han de recordarlo, eran la guerra en Afganistán y la búsqueda de un personaje barbudo como él, pero menos inspirador, al que llamábamos solo por su nombre, Osama, como si fuera un enemigo conocido de toda la vida. Las cenizas de Harrison, en cambio, no debieron competir con nadie. Recorren de aquí para allá la paz líquida de los ríos Yamuna y Ganges de la India, donde fueron esparcidas, la primera semana de diciembre de 2001. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, escribió Jorge Manrique. En ese majestuoso mar de nadie y de todos, hogar del tiempo, las canciones de Harrison continúan nadando, ahora, hacia la eternidad.