Espectáculos y Cultura > Más allá del género

El ballet, los prejuicios y la historia del niño en un CAIF que cuestionó estereotipos

Un CAIF de Río Negro viajó hasta Montevideo para ver cómo es el trabajo de los bailarines de ballet con el objetivo de derribar los estereotipos de género

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27 de septiembre de 2019 a las 05:04

Este parece ser un momento en el que los niños y los jóvenes tienen mucho más para enseñar que los adultos. Hay casos paradigmáticos. Greta Thunberg, la activista sueca de 16 años que hasta hace un par de meses hubiese sido necesario presentar y que hoy hace temblar a los más poderosos con sus ideas sobre el cambio climático, es un ejemplo. También lo es Malala Yousafzai, que a los 11 años escribió un diario sobre su vida en Pakistán bajo el régimen talibán que recorrió el mundo y le valió un Nobel de la Paz. Y Emma González, de 18, que se volvió la principal referente en la lucha contra la tenencia de armas en Estados Unidos luego de sobrevivir a un tiroteo masivo en un liceo de Florida. Ethan Lindenberger es otro. Un joven que nació en Ohio y fue criado por una madre que creía que las vacunas podrían provocar autismo o daños cerebrales y que todo era parte de una conspiración entre el gobierno y las farmacéuticas. A los 18 años, Ethan lideró un movimiento en contra de los antivacunas. 

Todos son casos muy particulares que viralizan hashtags en Twitter y generan títulos rimbombantes y taquilleros en los medios de comunicación. Pero a Greta, Emma, Malala o Ethan también podrían sumarse nombres de niños que, con sus historias mínimas, generan cambios en sus comunidades. Juan Pedro es uno de esos nombres. Y pertenece a un niño de apenas tres años.

Para empezar a contar esta historia hay que viajar poco más de 300 kilómetros al norte de Montevideo. Allí, en el departamento de Río Negro, hay una ciudad con 18 mil habitantes que se llama Young. En Young funciona un CAIF que es dependencia del INAU y al que van niños de toda la ciudad, como Juan Pedro.

Una mañana las maestras escucharon una conversación que las obligó a poner un tema sobre la mesa, uno que nunca antes se les había ocurrido trabajar en el curso. No porque no creyeran que fuera un tema importante, sino porque simplemente jamás pensaron que aquello era algo que podrían cuestionarse niños y niñas de tres años. Pero la curiosidad infantil –siempre impredecible– arrinconó a todo el equipo de educadores e impuso la agenda.

“Los nenes no pueden bailar ballet”, sentenciaron recelosas un grupito de niñas del curso cuando le contaron a Juan Pedro que iban a clases de danza y él les dijo que también quería bailar. Entonces aterrizaron las confusiones. “La charla entre los niños perduró por varios días hasta que se volvió un tema recurrente”, dijo Daniela Martínez, maestra al frente del grupo en el CAIF.  

El equipo docente se reunió y tomó una decisión: había que empezar a trabajar cuestiones de género con los alumnos. “La demanda surgió de ellos. Somos nosotros, los adultos, los que imponemos estereotipos de lo que pueden hacer las nenas y lo que pueden hacer los varones. Somos nosotros, también, los que podemos romperlos”, agregó Victoria Cariac, educadora del grupo.

La primera etapa de trabajo, entonces, fue explorar junto con la clase los diferentes géneros musicales, las danzas y cómo ambos sexos pueden bailar. Partieron desde el razonamiento más lógico del mundo. “Observamos los cuerpos que, salvo por las diferencias en los órganos sexuales, son los mismos. Todos tenemos brazos, piernas, ojos, nariz. Y para bailar se usa el cuerpo, que es el mismo para todos”, explicó Cariac. Lo mismo con otras tareas que, aunque suene insólito, todavía están asignadas a un género, como jugar al fútbol o cocinar.

Con esto en mente, la idea apareció de golpe: ¿y si visitaban el Sodre y veían bailarines con sus propios ojos?

La que se animó a escribir un mail a la casilla electrónica del ballet fue Rita Orellano, la psicóloga del CAIF. La respuesta no tardó en llegar: todos serían bienvenidos a conocer el trabajo del Ballet Nacional. 

La primera vez

La delegación desde Río Negro llegó a Montevideo un miércoles a las 11 de la mañana el mismo día en que el BNS se preparaba para su ensayo general con público de Onegin, su última reposición.

Los niños bajaron del ómnibus a tropezones y enfilaron al hall del Auditorio. Allí los recibió el personal de la compañía y los llevaron a conocer los entretelones en la previa del ensayo general, que es casi como una función normal. Saludaron a algunos bailarines y hasta se animaron a dar unas piruetas desequilibradas en la sala de ensayos.

Luego, entraron a la sala principal y quedaron boquiabiertos. “Guau”, exclamó en voz baja uno de los padres que acompañaba al grupo. Era la primera vez, con 37 años, que pisaba el teatro, al igual que todo el resto.

Ya acomodada en su butaca, Silvana, madre de Fiorella, una de las niñas que va al CAIF, opinó de la iniciativa de las maestras: “A mí como madre me parece bárbara la propuesta. Está bueno que desde chiquitos ya se les pueda abrir la cabeza con el tema del género, que está tan en auge. Estas cosas mueven. Que puedan venir y ver a los bailarines está genial. ¡Son cosas que parecen tan inalcanzables!”.

Un par de filas más adelante estaba sentado Juan Pedro junto a su madre. “Cuando me dijeron de venir me encantó la idea porque Juan Pedro fue uno de los que impulsó todo esto diciendo que quería ser bailarín”, comenzó diciendo la mujer. Y agregó: “Hoy la gente tiene muchos prejuicios, más con los varones. Él tiene un carácter súper especial y más allá del ballet, esto sirve para traspasarle esa convicción de que si le dicen que no puede hacer algo, él tiene que motivarse a hacerlo y con diez veces más de fuerza”. Ella cree que la respuesta de las maestras a la problemática fue “bárbara” y apoya que se incentiven estos debates aún en niños chicos para que “se corten los prejuicios heredados de otras generaciones”. Las maestras tienen previstas dos experiencias más en este plan. La primera es una visita a una cancha de fútbol en Río Negro donde entrena un equipo de fútbol mixto y la segunda es a una cocina donde se fabrican alfajores de distribución nacional y donde meten mano hombres y mujeres.

De repente se apagan las luces de la sala y el telón sube. La imponente escenografía de Onegin presume el potencial escénico del Auditorio. Juan Pedro tiene apoyado el mentón sobre una baranda dorada que divide la platea baja de la alta. Sus ojos recorren –insaciables– el escenario. Cuando aparece en escena el primer bailarín varón, el niño se incorpora sonriente y aplaude. Enseguida se le suma todo el resto del grupo. Su madre le hace un mimo en la espalda e intercambian un par de miradas cómplices. Mientras, en el escenario, mujeres y hombres se entregan a la danza, iguales. 

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