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26 de octubre 2023 - 5:02hs

Las principales hidrovías de América, por donde transitan millones de toneladas de mercadería y materias primas, están en jaque. En 2020 fue la histórica bajante del río Paraná en el sur del continente. Luego la de los tributarios del Amazonas, que todavía afecta a la Amazonía brasileña. Ahora, y por segunda vez en dos años, es el Misisipi el que pierde profundidad y obliga a las autoridades a intensificar al dragado.

Desde Nuevas Orleans hasta Saint Louis, las barcazas equipadas con gigantescos cabezales que succionan los sedimentos del principal río de Estados Unidos no paran de trabajar. Es el caso de la draga Hurley, cuya tripulación lleva meses trabajando las 24 horas del día para profundizar los canales para que puedan pasar barcos y barcazas de transporte.

"Hemos trabajado casi sin parar desde el otoño pasado", explica su capitán, Adrian Pirani. Por segundo año consecutivo, los niveles del agua en el río más caudaloso de Norteamérica han caído a mínimos históricos en medio de una larga sequía. Hoy, el Misisipi es apenas una sombra de lo que era, irreconocible por los habitantes de la zona, que aseguran que nunca lo habían visto así.

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Las plantas se han apoderado de sus orillas expuestas y el agua salada ingresa desde el Golfo de México como consecuencia del menor caudal. Poco y nada queda de las maravillosas descripciones que del río hicieran, entre otros, William Faulkner y Mark Twain. Para los agricultores que dependen del río para transportar hasta el puerto de Nueva Orleans sus productos la bajante es motivo de frustración. El tráfico casi se ha paralizado en algunos tramos de la hidrovía.

Las autoridades hacen lo que pueden para garantizar que el río siga siendo navegable, y ahí es donde entra en juego la Hurley, operada por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos, que tiene a su cargo el dragado del río. Una tarea que también frustra a su tripulación, que por tercera vez retira sedimentos en un mismo lugar, cerca de Memphis, en Tennessee.

Mientras la draga raspa y aspira el lodo del fondo y lo arroja a la orilla, Pirani explica que deben trabajar muchas horas "para que el comercio no se detenga". El capitán sabe lo que está en juego en carne propia. "Vengo de una familia de campesinos de aquí, al otro lado del río. Así que es algo personal para mí. Haremos todo lo que pueda para que el río siga funcionando", dice.

Para los agricultores del vasto Medio Oeste estadounidense, el Misisipi es una parte indispensable de su red de transporte. Sin embargo, la sequía ha hecho que el río sea más estrecho y menos profundo, lo que limita la capacidad de transporte, en especial para los buques de mucho calado, provocando además cuellos de botella que demoran el tráfico fluvial y encareciendo los costos logísticos.

A principios de otoño, los agricultores trabajan a toda máquina para cosechar soja y maíz. Con el transporte fluvial limitado, se apresuran a hacer frente a la acumulación masiva de existencias. Entre ellos, el temor predominante es que la crisis se convierta en la nueva normalidad. Es lógico. El año pasado, la bajante superó el récord que se mantenía desde 1988, y volvió a superarse en septiembre pasado y de nuevo en octubre último.

“La sequía que comenzó el año pasado en la vasta cuenca del Misisipi se prolongó hasta este año, y ha empeorado", señala Anna Wolverton, especialista del Servicio Meteorológico Nacional. "No es normal que veamos esto en años consecutivos", agrega.

El caudal del río se ha debilitado tanto que en el sur de Luisiana el agua salada del Golfo de México ha invadido la zona y contaminado el agua potable de algunas poblaciones, lo que ha obligado a sus habitantes a recurrir al agua embotellada.

Sarah Girdner, hidróloga del Cuerpo de Ingenieros del Ejército, explica que los medidores que controlan la profundidad en los alrededores de Memphis han quedado a la vista por el retroceso del agua. Cuando se le pregunta si la situación se explica por el cambio climático, Girdner es cauta. "No usamos necesariamente el término 'cambio climático', porque la causalidad va unida a eso, pero sí sabemos que los patrones meteorológicos están cambiando", dice.

En medio siglo que lleva trabajando en el Misisipi, Pete Ciaramitaro ha visto muchos cambios en el río. No obstante, lo que este director de operaciones fluviales de la naviera Southern Devall no había visto nunca es que el curso fluvial registrara bajantes en dos otoños consecutivos, y con tan poca agua.

A diferencia de muchos de sus colegas, Ciaramitaro relaciona sin dudar la sequía con el cambio climático, una cuestión políticamente delicada en Estados Unidos. "Si alguien tiene una explicación mejor, me encantaría oírla", dice el experto en operaciones fluviales. "Digan lo que digan es la única explicación que se me ocurre: el cambio climático", remata mientras miras con preocupación la bajante que entorpece la flota de  barcazas de la naviera.

(Con información de AFP)

 

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