7 de abril de 2012 18:41 hs

Malos recuerdos, dudas, miedos, prejuicios, sentido de culpa y algunas otras cosas intangibles ardieron con las pocas pertenencias que quedaban en la casa de los asesinos de Daiana Martínez y a las que buena parte de los vecinos prendió fuego para intentar borrar, por lo menos, todo rastro físico de esta historia que les estalló en la cara.
Porque antes de convertirse en los monstruos del pueblo, “El Gordo”, de 16 años, y “El Míster”, de 19, formaban parte de la vida cotidiana de Lorenzo Geyres, localidad de unas 1.000 personas alojadas a 30 kilómetros de Paysandú.

Pero ahora los recuerdos de la memoria colectiva oscilan convirtiéndolos en personas que parecían incapaces de matar a una mosca pero también en sospechosos de haber participado en hechos que todos callaron y que, se lamentan, deberían haber servido de advertencia para evitar lo que luego pasó.

La furia popular apunta además contra la Policía local a la que acusan de haber demorado la búsqueda de los culpables y, por tanto, de haberle dado tiempo a los asesinos para cometer el delito. Eso a pesar de que las pericias forenses indican que cuando la familia denunció la desaparición de Daiana, la adolescente ya estaba muerta.
También los trabajadores forestales, quienes desde hace algunos años empezaron a llegar al pueblo para dormir tras su jornada de trabajo, pasaron a ser gente sospechosa.
“¡Sos una mugre, vos trajiste a estos asesinos al pueblo!”, le gritó una mujer y le clavó las uñas a un capataz de una empresa forestal en la que trabajaba El Míster quien, en realidad, ya estaba en el pueblo desde antes de que llegara la forestación.

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Esa agresión ocurrió durante el entierro de Daiana, quien murió el viernes 30 en un episodio del que los medios de comunicación informaron profusamente. Ese día, El Gordo y El Míster se juntaron en la casa del primero aprovechando que sus padres estaban en Paysandú y que una de sus hermanas –amiga de Daiana– estaba en el liceo. Una versión dijo que hacia allí se dirigía la adolescente cuando recibió un mensaje de texto invitándola a concurrir a la modesta vivienda de la calle Ibirapitá. La Justicia maneja que Daiana pasaba por allí y fue llamada por los muchachos, aunque la joven no tenía por qué hacer ese camino para ir al liceo.

Allí se encontró con sus dos jóvenes vecinos quienes la violaron, la asfixiaron, envolvieron su cuerpo en unas bolsas de arpillera y lo tiraron en un campo.
Fue encontrada el domingo 1° por un familiar luego de un rastrillaje organizado por los vecinos quienes, finalmente, hicieron parte del trabajo que le corresponde a la Policía. Incluso fue la gente del pueblo la que señaló a El Gordo como el principal sospechoso y no se equivocaban. Pocas horas después, junto con El Míster, confesaron ante la Policía y ante la Justicia y marcharon uno a la cárcel y el otro al INAU.

“Aunque estén presos el miedo sigue. Mi hija no quiere salir sola y ahora la tengo que acompañar a todos lados”, dijo una vecina de nombre Cristina, quien vive en la calle Ibirapitá a medio camino de la casa de los dos asesinos que fueron prendidas fuego en la noche del martes 3.

Escoltada por la Policía, la familia del menor de 16 años logró irse del pueblo montada en un camión –en el que cargaron sus muebles– al que perseguían decenas de personas al parecer dispuestas a todo.

El Gordo
Jonathan tiene 17 años y debe ser uno de los pocos jóvenes uruguayos que, luego de decir palabras como “relajo”, piden “disculpas por la expresión”. Es primo de Daiana y pese a sus modos educados, no dudó en lanzar piedras contra la casa de los asesinos. Particularmente contra la casa donde El Gordo vivía con sus padres y sus hermanas y donde funcionaba un pequeño almacén. “Yo iba a comprar al almacén y la madre de El Gordo era medio rara. Un día le pegó una cachetada a una de las hijas y la dejó con la nariz sangrando. Además, si se le metía un gato para la casa lo mataba”, cuenta Jonathan. Dice que El Gordo era un chiquilín “tranquilo” del que no se esperaba nada malo.

En cambio, en la misma cuadra del asesinato uno se entera de que muchos vecinos sabían que El Gordo ya había intentado violar a más de una menor y que, como las amenazó, ni ellas ni su familia quisieron denunciar nada. “Capaz que si lo hubieran contado hubiésemos estado más atentos”, dice uno de los pobladores.
Otro da cuenta de algunas de las peripecias de la vida de El Gordo. Cuando estaba en quinto de escuela un grupo de compañeros le dio una paliza y le quebró un brazo. Iba intermitentemente al liceo porque los padres hacía tiempo que habían dejado en sus manos la decisión de estudiar.

Otro habitante lo recuerda con actitudes “medio raras”. “Fíjese que lo vi jugando a los autitos con los más chicos...”, se extraña.

El adolescente medio infantil, el “muchachote” que se pasaba el día cuidando a unos caballos que luego participarían en pencas populares, el “chiquilín” bueno y el violador empedernido se cuelan en los relatos. “No sé que le pasó por la cabeza...”, dice Luis montado en su moto con la que recorre las polvorientas calles de Lorenzo Geyres. Pero ¿por qué la sorpresa si ya había intentado abusar de otras muchachas? “Eso se sabe ahora pero nadie había querido decir nada...”, explica Luis.

Es la una de la tarde del miércoles 4 y algunos vecinos miran detrás de las persianas a la gente que llega desde otros lugares a ver la casa incendiada donde El Gordo vivía con su familia. Hoy ese hogar se convirtió en unas pocas paredes que guardan kilos de cenizas y el olor fuerte del querosén con el que los vecinos avivaron la fogata. “Contagia optimismo”, sigue invitando desde la pared el cartel de una bebida que se salvó de la quema.

El Míster
Trabajaba en las chacras de la zona desde los 10 años cuando su madre se fue del pueblo junto a sus dos hermanas. Poco más tarde también se fue su padrastro y El Míster comenzó a vivir un poco de trabajos zafrales y otro poco de la caridad ajena. En alguna oportunidad algún vecino solidario lo invitó a su mesa cuando comprobó que no tenía nada para comer.

En los últimos tiempos El Míster comenzó a trabajar en los emprendimientos forestales de la zona. Y según dicen en el pueblo, ahí empezó a comportarse raro.
Pasó de vivir solo a compartir su casa ocasionalmente con compañeros de trabajo. “Ahí corría la droga. Se sentía el olor de la droga cuando se juntaban en la plaza”, asegura uno de los habitantes del pueblo.

En cuanto a la presencia de la droga en Lorenzo Geyres, uno de los periodistas de Paysandú que se encargó de informar sobre lo sucedido con Daiana dijo a El Observador que el distribuidor de esas sustancias es bien conocido en el pueblo. Es más, dice que se lo puede observar en una foto tirando piedras contra la casa de los asesinos.
Pero, volviendo a los forestales que tienen a Lorenzo Geyres como pueblo de paso, la presencia de estos trabajadores zafrales era mirada con desconfianza desde hace bastante tiempo.

Los vecinos dicen que cuando esta gente empezó a transitar el pueblo ya no fue tan fácil detectar a los forasteros que dejaron de ser aves raras en las calles polvorientas de la ex estación Queguay.

Señalan que no todos son gente de malas costumbres pero advierten que andan solos de arriba para abajo, sin mucho que hacer y propensos a convertirse en una mala compañía.
De todos modos, ese muchacho medio tartamudo que es El Míster supo compartir más tiempo con los oriundos del pueblo que con esos eventuales compañeros de viaje.

Las pocas cosas que quedaron en su modesta casa (ver foto)
–una cocina, una cama de madera, colchones y algo de ropa– fueron quemadas por la gente que desde hace pocos días ve en él a la corporización de sus peores pesadillas.

Epílogo
“Que nadie vuelva a vivir en esa casa! ¡quemémosla por completo, hay que borrarla!”, exclamó uno de los vecinos del pueblo mientras prendían fuego a una de las casas de los asesinos, según informó el diario El Telégrafo en su edición del miércoles 4. Más allá de las palabras que usó la gente para convocar a la quema es claro que en esa decisión –y en la palabra “asesino” pintada en las paredes– el pueblo quiso señalar con claridad a los responsables de un hecho trágico e inesperado que les golpeó de lleno o les picó al lado.

Pero además, como ya fue dicho, en ese incendio quisieron borrar todo recuerdo anterior al día en el que El Gordo y El Míster –esos jóvenes con los que convivían sin mayores miedos– decidieron encontrarse para matar y, así, prenderle fuego a sus propias vidas.

“Los Molinas” y un pueblo en pie de guerra
Los que conocen un poco la vida cotidiana de Lorenzo Geyres señalan la particularidad de que gran parte de sus habitantes –casi la mitad– pertenecen a “los Molinas” una familia tradicional en el pueblo. La adolescente Daiana Martínez pertenecía a una rama de esa familia y, por tanto, no resulta extraño que en la alejada localidad sanducera los vecinos adviertan que El Gordo y El Míster se “metieron con todo el pueblo”.
El encargado de la Junta Local de Lorenzo Geyres, José Catteloti, dijo a El Observador que el asesinato de Daiana “es una cosa increíble” para el pueblo y por eso no le extrañan las reacciones de “indignación”.


Un “sospechoso” al que alcanzó el golpe
Óscar Coito era el capataz de El Míster en la empresa forestal Trulfi y, solo por eso, la pasó muy mal. El asesino de Daiana dijo que había transportado el cuerpo en una camioneta de la empresa; Coito fue llamado a declarar y todo quedó aclarado. Sin embargo, cuando concurrió al entierro de Daiana, Coito se encontró con un grupo de personas que lo insultaron y hasta le pegaron (ver nota principal). “Tengo que hacer la denuncia porque no puedo dejar que me hagan esto. Pero también sé que son gente con la que debo convivir. No sé qué va a pasar...”, dijo a El Observador.

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