12 de septiembre 2020 - 5:01hs

En Uruguay, cuatro de cada 10 niños mayores de 5 años padecen sobrepeso u obesidad. El principal problema nutricional de los escolares es la malnutrición por exceso, que afecta a un 34% de los niños, según los últimos datos del Programa de Alimentación Escolar (PAE). A medida que crece el rango etario, las cifras alarmantes también lo hacen. Porque aunque haya quienes inclinen la balanza hacia la adopción de hábitos saludables, el deterioro nutricional de la población local es una realidad cada vez más preocupante. Y las secuelas –desde el confinamiento inicial hasta el cierre de ciertos servicios alimentarios– que arrastró la llegada del covid-19 podrían exacerbar aun más ese panorama.

El 37,2% de personas adultas presenta sobrepeso y 27,6% obesidad. Estos datos se detallan en un informe publicado en la Revista Médica del Uruguay que advierte sobre la alta prevalencia de sobrepeso y obesidad en niños de 5 años y afirma que los niños obesos tienen mayores probabilidades de convertirse en adultos obesos. A la vez, tienen mayor riesgo de padecer diabetes y enfermedades cardiovasculares a edades más tempranas, con relación a los niños no obesos. “La generación actual de niños es la primera que tendrá una esperanza de vida menor a la de sus padres”, se predice. La evidencia muestra que la situación de la primera infancia influye en el crecimiento, la composición corporal y el riesgo de padecer enfermedades no transmisibles.

Los hogares con menos de cuatro integrantes, la obesidad materna, la preferencia por alimentos que adjuntan juguetes y el consumo frecuente de embutidos y alfajores, obleas o bizcochos en el desayuno son, según se concluye en el estudio, factores que aumentan el riesgo a padecer obesidad infantil una vez y media. En ese sentido, los expertos que firmaron este trabajo advierten que los “hábitos de alimentación, actividad física y sueño observados completan el ambiente obesogénico en que se desarrollan estos niños” y que “es preocupante su repercusión temprana sobre la presión arterial”.

Por supuesto que “la culpa” de la obesidad infantil no es del niño. Y más que buscar culpables, el foco debería estar puesto en cómo prevenir la enfermedad. La lupa puede estar puesta sobre el Estado, la publicidad, la industria alimentaria e incluso la familia. Pero en esta dinámica en la que los más chicos también tienen el derecho a participar activamente, ¿cómo pueden adquirir conocimientos en torno a su salud y alimentación y empoderarse como consumidores? La educación es sin duda una herramienta para lograrlo. Por eso, en tiempos de pandemia y posible deterioro nutricional, profesionales de la salud reclaman la reapertura de los comedores escolares, que además de posibilitar el derecho a la alimentación adecuada (DAA), pueden ser espacios desde donde construir la soberanía alimentaria.

Reabrir los comedores

El 3 de setiembre se publicó en la página web del gobierno un informe elaborado en mayo por integrantes y colaboradores del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH) que recomiendan la reapertura de los comedores escolares. El documento firmado por nutricionistas y pediatras advierte que el cierre de estos espacios de alimentación, sociabilización y educación puede acentuar la inseguridad alimentaria (en Uruguay, el 4,8% de los niños vive en hogares que presentan inseguridad alimentaria grave, según la Encuesta de Nutrición, Desarrollo Infantil y Salud de 2018). A la vez, destacan que para gran parte de los niños estos lugares constituyen la principal fuente de alimentación saludable diaria, porque, además del almuerzo, varios centros educativos sirven desayuno y merienda.

Diego Battiste

Desde que se cerraron los comedores, la Administración Nacional de Educación Pública garantizó la alimentación de unos 61 mil escolares a través de la entrega de viandas o mediante tiques para la compra directa de alimentos. Pero esta modalidad presenta ciertas dificultades. Por un lado, como se expresa en el informe, “la llegada de la vianda al hogar no asegura que la distribución intrafamiliar garantice que el niño/a reciba una porción adecuada”.

Pero, además, se debe considerar que el comedor escolar no tiene únicamente el objetivo de alimentar con un menú adecuado en calorías y nutrientes. “También debe funcionar como un espacio de aprendizaje y de consolidación de hábitos alimenticios o de adquisición de nuevos”, dijo a El Observador la magíster en nutrición Alejandra Girona. La profesional –que participó como invitada en el informe del GACH– entiende que el comedor es una herramienta educativa profunda que va más allá de lo nutricional. “Tiene que ver con el compañerismo, la responsabilidad y la convivencia, además de que debe brindar comidas saludables, inocuas y culturalmente aceptables”.

Además, Girona defiende la necesidad de un cambio de paradigma de los comedores, con niños participando activamente e involucrados en el proceso de la alimentación –desde la elaboración del menú hasta el funcionamiento del espacio–. Algo que podría traer beneficios a largo plazo para todos.

Considerando que garantizar una “alimentación sana, diversa y estable en especial para los grupos de niños y niñas más vulnerables” debe ser una prioridad, el grupo asesor del GACH recomienda (desde mayo) la pronta reapertura de los comedores. En el documento se enfatiza la necesidad de reforzar las medidas de higiene (de los funcionarios, de los espacios y de los utensilios) y se recuerda que al momento no hay evidencia de que el coronavirus se transmita a través de los alimentos.

“Considero que no se va a demorar la reapertura porque es mayor el riesgo de mantenerlos cerrados que el beneficio”, dijo Estela Skapino, magíster en nutrición que integra el equipo atención primaria del GACH.

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¿Deterioro nutricional de la población?

El impacto nutricional de la pandemia sobre los niños uruguayos puede ser muy diverso. Además de una población infantil más vulnerable que asistía a los comedores escolares, Skapino diferencia lo que pudo suceder con los niños de familias sin grandes dificultades económicas que se vieron afectadas por el confinamiento. La nutricionista dijo que estudios internacionales demostraron que durante el tiempo en casa a consecuencia de la emergencia sanitaria, los niños consumieron muchos más snacks y refrescos porque están más ansiosos, a la vez disminuyó la actividad física.

¿Implicó este período un deterioro nutricional sobre la población infantil? “Si pensamos que para clasificar biológicamente con sobrepeso u obesidad, debe producirse un desbalance calórico entre consumo y gasto energético y que esto está vinculado, entre otros factores, a la alimentación y la actividad física, posiblemente puede haber un incremento”, dijo Girona, aunque aclaró que todavía no hay datos que constaten ese impacto.

Además, la profesional diferenció que, mientras algunas familias adoptaron nuevos hábitos alimenticios positivos –como cocinar y compartir las comidas en familia–, otras atraviesan una dura crisis económica. “Los niños y niñas son muy influenciables por los compartimientos de los adultos que los rodean, sus pares, la publicidad de alimentos dirigida a ellos, sus ídolos, las condiciones de vida y por los entornos alimentarios en los que nacen y crecen. Además de que influye la actividad física que realizan, las horas de sueño y su estado emocional”, explica Girona. Por eso para la nutricionista los cambios alimentarios deben analizarse en el contexto y en términos de desigualdad social y “la pandemia quizá exacerbó las causas de la obesidad infantil”.

“La malnutrición por exceso ya estaba instalada en el Uruguay con cifras alarmantes previo al confinamiento, de hecho los datos del PAE son previos a marzo. Lamentablemente, las crisis en el mundo sirven para visibilizar aún más estos problemas. Y la malnutrición tiene causas complejas y profundas y sus consecuencias no pueden abordarse sin una mirada social y cultural”, advirtió la especialista.

Por su parte, la pediatra Anabella Santoro subrayó que si bien la población infantil y adolescente fue la menos afectada directamente por el SARS-CoV-2, "ha sido alcanzada directamente por las medidas de mitigación adoptadas,como el cierre escolar y el distanciamiento físico y social". En ese sentido, la doctora explica que "se espera un impacto inmediato en sus vidas, afectando su desarrollo, así como el cumplimiento integral de sus derechos" y recuerda que los "hogares donde reside la mayor cantidad de niños y niñas son aquellos con mayores niveles de pobreza y mayor vulnerabilidad social".  

"Durante la pandemia es esperable que ocurran cambios en los hábitos de consumo de la población, con dietas menos nutritivas, menos frescas y más económicas (por una disminución significativa del ingreso familiar y las restricciones a la movilidad impuestas para evitar la propagación coronavirus).  El cierre de los centros educativos disminuye el acceso a programas de alimentación escolar y puede aumentar la inseguridad alimentaria. A ello se suma un aumento del sedentarismo en niños y excesiva exposición a pantallas, hábitos que se asocian a un mayor riesgo de sobrepeso y obesidad", destacó Sanoro.

La otra discusión 

La prioridad sanitaria local desde marzo es prevenir los contagios de covid-19. Pocas veces antes se vio tanta acción destinada a un fin en común por parte del Estado, el sistema de salud y la población. La pandemia mantuvo al país en vilo, en parte, porque padecer la enfermedad del nuevo coronavirus puede suponer causas mortales para personas que se encuentren dentro de la población de riesgo. Y dentro de ese grupo más vulnerable ante el virus, además de los mayores de 65, se encuentran aquellos que presentan enfermedades no transmisibles (ENT), como las cardiovasculares, diabetes y cáncer. Estas enfermedades – principal causa de muerte en Uruguay– tienen entre sus principales factores de riesgo el consumo de tabaco, el consumo nocivo de alcohol, el sedentarismo y la alimentación no saludable.

Durante el tiempo de confinamiento varias personas priorizaron el “darse gustitos”, otras manifestaron en redes sociales que no importaban los “kilitos de más” por comer pan casero o tomarse unas copas de vino a diario. Y es real que en personas sanas un leve cambio alimenticio no supone mayor riesgo. Pero esa es una visión que a nivel macro resulta insuficiente porque, como se dijo en esta nota, Uruguay presenta cifras elevadas de sobrepeso y obesidad. Entonces, incluso durante el tiempo en el que se batalló contra el covid se pudieron incrementar factores que aumentan los riesgos de padecer enfermedades que a la vez aumentan la vulnerabilidad de una persona ante el coronavirus.

De cierto modo, la pandemia evidenció la importancia de cuidar los hábitos alimenticios. Lo que resta saber es si el sacudón que recibió Uruguay –y el mundo– puede generar cierto impacto a nivel social y una mayor toma de conciencia.

“Si una enésima parte de la adherencia que se tuvo con las medidas para evitar el contagio por covid se tuvieran para prevenir las ENT y cuidar los controles de riesgo, mejoraríamos muchísimo como población”, manifestó Skapino, y señaló que estas enfermedades generan un estado de inflamación de “bajo ruido”, porque el impacto suele ser a largo plazo. En tanto, el covid-19 supone “una tormenta de citocinas que es proinflamatoria, producida por un estado inflamatorio agudo que junto con la inflamación crónica, presente en las enfermedades metabólicas, se potencia y genera un impacto mayor”, explicó y reflexionó: “Si la gente entendiera que el efecto patológico es el mismo y tomara las mismas precauciones, considerando la alimentación, la actividad física y el no fumar, avanzaríamos muchísimo”.

Probablemente todos los profesionales de la nutrición coincidan en que el espacio que ocupó la alimentación en la agenda política y mediática antes de la pandemia no fue suficiente. Pero como hasta el momento viajar en el tiempo no es una opción, el panorama que deja la emergencia sanitaria se presenta como una posibilidad más de reflexión de cara al futuro.

“La responsabilidad sobre los problemas alimentarios no puede recaer solo en los individuos, el Estado juega un rol protector fundamental. Se debe, por ejemplo, proteger el interés comercial de la salud de las personas y si hay evidencia en el mundo de que es posible generar cambios como lo que sucede con el etiquetado frontal de alimentos, no hay que desconocerlo. Pero esa es una herramienta más. Las medidas que se adopten tienen que ser con mirada integral”, advierte Girona.  Además, la nutricionista problematiza lo invisibilizado que suele estar este tema: “La percepción del riesgo en la alimentación y en las consecuencias para la salud no se miden igual que para el covid, además los medios no lo trabajan igual. Durante meses solo oímos sobre el covid, no así sobre el hambre, la malnutrición, la alimentación. ¿En qué lugar está posicionado el tema hoy para todos? Quizás es hora de describir y analizar las percepciones sociales sobre la alimentación. La forma en la que se concibe el riesgo a partir de diferentes narrativas seguro no coincide con la mirada biomédica. Quizás nada termine siendo dicotómico en términos de saludable y no saludable, natural versus industrializado. Porque alimentarnos tienen que ver con mucho más”.

Para la experta, el sistema alimentario mundial fracasó en varios aspectos. “Basta mirar las cifras de hambre y su crecimiento previo al covid y las cifras de inseguridad alimentaria, que son escandalosas en el mundo y se concentran en la pobreza”. Por eso entiende que deben buscarse soluciones que mejoren esa situación de raíz: “Comer saludable es caro para muchas familias en Uruguay, y seguir con los patrones de dieta ricos en grasa, azúcar, sal y energía es muy costoso para el Estado en términos sanitarios. Así que nos debemos una discusión profunda y un lineamiento estratégico político claro de hacia dónde vamos y hacia dónde pensamos nuestros sistemas alimentarios”.

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