21 de diciembre de 2012 17:59 hs

En 2008 el licenciado en biología molecular Adrián Capoano (33) estaba trabajando en un laboratorio privado generando sistemas que detectaban infecciones virales. Le pidieron que hiciera una réplica de un sistema italiano que diagnostica la leucemia mieloide crónica. Se dio cuenta que ese sistema era muy primitivo porque solo detectaba dos tipos de leucemia.

Pensó que usando la biología molecular y aplicando una serie de variantes podía crear un kit que revelara las 12 formas de leucemia descriptas por la literatura científica.

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Capoano descubrió que el problema que tenía el sistema médico en ese entonces era que el test que estaba disponible daba positivo si el paciente tenía alguno de esos dos tipos de leucemia pero si tenía alguno de los otros 10 señalaba que no tenía esa enfermedad y había que seguir investigando. Esto extendía los plazos del diagnóstico y, por tanto, del tratamiento, además de ser mucho más costoso.

El científico realizó el primer experimento a principios de 2009 y vió que el sistema creado funcionaba.

En el Hospital Maciel investigó las necesidades que tenían los médicos y cual era el tipo de inforamción que más le interesaba a los galenos. Con esos datos puso manos a la obra.

Al año siguiente lanzó Genotipos (www.genotipos.com.uy), una plataforma biotecnológica especializada en la detección de marcadores moleculares vinculados a la oncología y virología.

Su primer producto amplió la información en un solo paso además de entregar los resultados en seis horas, mientras que los sistemas disponibles en el mercado demoraban unos 10 días.

Lo que motivó a Capoano a lanzarse al agua fue saber que su producto era bien aceptado. “Como científico, cuando uno estudia quiere inventar algo importante, hacer un aporte a la humanidad, y cuando vi que podía hacer cosas a la par de grandes laboratorios me generó una expectativa bárbara: hago cosas importantes con tres palitos y dos alambres”, apuntó.

El primer acercamiento

En 2010, el ahora empresario, se presentó en una licitación del Ministerio de Salud Pública, junto al laboratorio de estudios biotecnológicos para el que trabajaba.

Con ellos hizo un convenio para producir en sus instalaciones. Luego que los empleados terminaban su jornada de trabajo Capoano producía sus kits; ya que no contaba con la infraestructura necesaria para poder atender la demanda. En ese momento no tenía, aún, la habilitación para brindar servicios, sí contaba con la autorización para fabricar.

El acuerdo permitía que Capoano le vendiera el producto al laboratorio y este le suministrara el servicio al Ministerio de Salud Pública. Complementándose, lograron ser competitivos en la licitación y el producto ingresó al mercado.

Conocer a los primeros clientes le permitió tomar noción de otras necesidades. “Los propios médicos me decían qué necesitaban, me contaban lo que veían en los congresos y me preguntaban si me animaba a hacerlo. Lo analicé y fue así que empezaron a surgir otros productos”, recordó.

Para el emprendedor el laboratorio para el que trabajaba resultó un apoyo fundamental. “Cuando comenté que quería instalar mi propia plataforma de desarrollo de productos biotecnológicos me ayudaron mucho”, rememoró.

10% empresario

Para comenzar con su emprendimiento era necesario contar con un capital, por lo que en 2009 se presentó en el concurso Jóvenes Emprendedores del Ministerio de Industria, Energía y Minería (MIEM). Ganó el primer premio.

Si bien fue importante y lo ayudó a comprar equipamiento, no resultó suficiente para poder producir su innovador kit. Por eso se presentó en el fondo concursable de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII).

Para poder participar necesitaba tener el producto ya desarrollado, un plan de negocios, el precio estipulado, saber el tipo de estructura necesaria, el público objetivo, la competencia, entre otras cosas. Para armar su propuesta y la empresa misma fue asesorado por la estatal Facultad de Ciencias Económicas y Administración (CCEE). Según Capoano, antes de esa experiencia era 100% científico pero ahora es 90% científico y 10% empresario. Ni siquiera sabía cómo anotar una empresa ante la Dirección General Impositiva. La única condición que plantearon desde la CCEE era que él aprendiera e hiciera los trámites.

En la ANII le aconsejaron que se instalara en un instituto de investigación antes de tirarse al agua, para adquirir experiencia en pequeños volúmenes. En 2010 se incubó en el Laboratorio de Genética Funcional del Instituto Pasteur de Montevideo.

Una de las ventajas de estar en el instituto es que le permitió desarrollar varios productos en simultáneo, pero sobre todo que cuenta con la tecnología para controlar paso a paso todo el proceso. Antes de la instalación en el Pasteur no podía chequear cada una de las etapas, por lo que muchas eran ciegas: “suponía que funcionaba y seguía adelante, veía el resultado recién al final”. Esto es de mucha ayuda cuando hay una falla, porque se detecta de inmediato en donde está, además de estar seguro que el producto funciona. Un aporte importante es el control de calidad de un agente calificado como el Instituto Pasteur.

La inversión inicial fue de U$S 20.000: la ANII financió el 80%, el 20% restante fue cubierto en contrapartida por el emprendedor utilizando su parte del premio otorgado por el MIEM.

Especificidad y sensibilidad

El Hospital Maciel fue clave en el acercamiento del emprendedor a la leucemia. Fue allí que conoció a varios pacientes con esta enfermedad, la gravedad de algunos de los diferentes tipos y los tratamientos utilizados.

“Me ayudó mucho en la parte clínica, en suministrarme muestras para poder testear el kit, y poder medir la especificidad y la sensibilidad”, explicó.

El emprendedor comentó que al principio quería crear una plataforma de desarrollo de productos pero que su principal cliente, el Hospital Maciel, no tenía la capacidad para realizar el servicio por lo que se lanzó en esa aventura también. Actualmente factura más por venta de servicios que por productos en Uruguay. En el exterior es al revés.

En plena expansión

Genotipos logró exportar sus productos a Paraguay a principios de 2009. Ese año se instaló allí el primer laboratorio de biología molecular por lo que se interesaron en los productos creados por Capoano porque este tipo de estudios los enviaban a Buenos Aires o a San Pablo; de esta forma no solo se abarataba el costo sino que se reducía sustancialmente el tiempo del resultado, además de contar con un producto mucho más eficiente.

En el mercado argentino la historia es otra: debido a las restricciones que este país tiene para comprar en dólares, la exportación no es viable. Capoano comentó que hay personas que vienen desde Argentina a comprar sus productos y se los llevan, pero no supone una exportación formal.

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