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Entre bosques, dunas y cazadores, la vida de los guardianes de los parques uruguayos

Parques y reservas al este del país cuentan con una camada fresca de profesionales de la conservación formados en la UTU de Arrayanes. Y quieren comerse el mundo

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19 de enero de 2019 a las 05:01

Hacía días que venían escuchando a los perros, pero se preocuparon la noche en que también sonaron tiros. 

Era una de esas primeras madrugadas de calor que asoman tímidas al final de la primavera, con olor a aruera y sombra de toro.

Era tarde, pasada la medianoche, y la luna llena bañaba las sierras de una luz lechosa.

Bettina Amorín –muy alta, muy flaca, ojos claros y pelo cobrizo– sintió el traqueteo de un motor desafinar el silencio de las Ánimas. Frunció el entrecejo para agudizar la vista y alcanzó a ver, a lo lejos, una camioneta de luces apagadas que cruzaba un sendero cerrado. Entonces lo supo. Eran cazadores.

Fue en busca de respaldo. Cuando se encontró con sus compañeros les dijo que ahí había algo raro. Ninguno de los tres que custodiaba la zona aquella noche era guardaparque. Ella en realidad sí, pero no de forma oficial porque la Sierra de las Ánimas no tiene un guardaparque contratado, solo un grupo de vecinos que quieren preservar el lugar. Son Amorín y algunos más, aunque el patrimonio es de todos. 

Caminaron por el monte hasta encontrar la camioneta estacionada al borde de un alambrado. A lo lejos, perros y tiros, perros y tiros. Amorín llamó a la Guardia Republicana desde su celular. Dijo que estaban en la mitad de la sierra; que se escuchaban tiros; que había una camioneta que no conocían; que llamó porque ellos eran tres con apenas un par de linternas y dos perros domésticos, y los otros quién sabe. La llamada ingresó al sistema y prometieron asistencia.

Entonces los cazadores aparecieron entre los árboles con una jauría de caninos frenéticos a los que les habían prometido sangre. El cruce entre los perros fue inevitable. Gritos, aullidos y golpes. “Que esto se termine ya”, era lo único en lo que Amorín podía pensar mientras forcejeaba una correa. Finalmente lograron separar a los animales.

“Estamos acá porque hay jabalíes y se pueden cazar”, se justificaron de un bando. “Esto es propiedad privada y ustedes están acá sin autorización, muestren los papeles si en verdad la tienen”, respondieron del otro. Los papeles no existían, pero era lo que menos le importaba a Amorín porque, con permiso o no, una vez que los cazadores entran con sus perros y sus armas de fuego, no importa si es un chancho, un carpincho o una mulita, ellos cargarán contra todo.

Los cazadores se fueron en la camioneta por el mismo sendero por el que habían entrado, solo que esta vez los esperaba la Republicana al final del camino.

Amorín había hecho su trabajo.

Ella es parte de una nueva generación de guardaparques uruguayos. Son hombres y mujeres jóvenes, profesionales, con vocación y preocupación por la conservación de la fauna y flora local.

Son la nueva guardia.

Guardianes de la naturaleza

Otra vez las nubes. Es la segunda semana de enero y llueve. De repente para y el tiempo –con ambición tropical– parece que se acomoda. Entonces Belén Chaine –21 años, gafas de sol redondas, gorro tipo safari– comienza a recorrer la reserva de Pan de Azúcar.

Hace pocas semanas empezó una pasantía como guardaparque junto con otros 10 jóvenes. La consiguió a través del Polo Educativo Tecnológico Arrayanes, una institución instalada en Maldonado que es dependencia de la UTU.

Allí, Chaine cursa la tecnicatura en Conservación de Recursos Naturales. Luego planea hacer el bachillerato profesional de Guardaparque. Sí, en Uruguay existe, desde hace algunos años, una carrera específica para aquellos que quieran profesionalizarse en esta área.

“Me defino como una guardiana de la naturaleza”, dice. Nació en Pinamar, Canelones, y siempre fue “una gurisa de la playa”. Apunta que, desde que tiene memoria, le preocuparon los bichos, las plantas y los residuos. Cuando terminó el liceo quería ser bióloga, pero una profesora le comentó que en Maldonado había una UTU en la que se podía estudiar conservación. “Me anoté en la tecnicatura y en 2015 empezó este viaje”. Cuenta que estaba dando exámenes en diciembre cuando le comentaron acerca de las pasantías, se postuló y consiguió un cupo.

Está entusiasmada. Es su primera experiencia laboral –por fuera de las prácticas en los cursos– que no creía que llegaría tan pronto. En temporada, sus tareas se reparten entre armar y acomodar la cartelería del parque, asistir al público –dice que “los adultos siempre hacen más relajo que los niños”– y mantener la infraestructura liviana, que comprende bancos, escaleras y senderos.

Explica que, si bien el control y vigilancia –esa parte del trabajo que consiste en hacer que la gente respete las reglas del lugar– le gusta, “meter mano” es su parte favorita. Al principio eran muy pocas, dos, las mujeres que se dedicaban a esto. Así que la nueva generación tiene que romper con algunos esquemas. Chaine dice que ahora cada vez hay más y cuando un jefe de cuadrilla les asigna trabajos “de mujer”, ellas no se resignan. Por ejemplo, fueron las mujeres de Pan de Azúcar las que cargaron las palas al hombro y empezaron a armar canaletas en los senderos para evitar que se inunden en estos últimos días de lluvia. 

Conservación todo terreno

A 27 kilómetros de la reserva, encastrado en un pequeño cerro, está el Arboretum Lussich, un parque de 192 hectáreas único en Uruguay. Allí trabajan Sebastián Fernández y Amorín –que se enfrentó a los cazadores en la Sierra de las Ánimas–, ambos son guardaparques formados también en la UTU de Arrayanes. Comenzaron a trabajar en el arboreto a fines del año pasado a través de un sistema de pasantías muy similar al de Pan de Azúcar y lo harán por un año más con posibilidad de extenderlo otros seis meses.

Ambos militan a favor del proceso de formación. Aseguran que desde que existe el Polo las cosas cambiaron porque el aprendizaje es muy completo y la nueva camada de guardaparques sale muy preparada. En la carrera les enseñan desde a usar una motosierra hasta comprender la teoría del desarrollo evolutivo y cómo influye la política en la conservación de la naturaleza.

La carrera se creó una vez que los guardaparques más veteranos se organizaron y fundaron, 10 años atrás, la Asociación Uruguaya de Guardaparques (AUG). Una vez nucleados comenzaron a buscar los apoyos necesarios para presentar la carrera, esa que ellos nunca tuvieron. Era urgente contar con personas capacitadas para seguir con sus tareas cuando la vieja generación ya no esté.

“Esto es vocacional. La salida laboral tiene que ser un tema secundario si te dedicás a esto; tenés que tener un llamado interno de algún tipo”, reflexiona Fernández. Su camino empezó en el palo de la informática. Sabía que no era lo que quería para su vida, pero no podía ponerle nombre de título universitario a esa inquietud. No era biólogo, veterinario ni científico; era otra cosa.

En el verano de 2014, en Cabo Polonio, vio por primera vez un guardaparque en acción, largó todo y emprendió por ese camino. Amorín pasó por un proceso similar, solo que en vez de informática se formó en audiovisual antes de dedicarse a la conservación.

Sus tareas, a diferencia de las que se realizan en áreas de gran extensión como el Pan de Azúcar, consisten en “reconocer las diferentes situaciones” que la naturaleza va generando dentro del parque. Ellos analizan los fenómenos que se suscitan para poder tener un mejor control y así lograr que los visitantes disfruten del contacto con el entorno. También intentan detener el avance de las especies exóticas invasoras sobre el monte nativo para preservar ese patrimonio natural. Son los encargados, ante las diferentes complicaciones, de establecer protocolos de acción que ayuden a los humanos, las plantas y los animales. 

Tanto Fernández como Amorín coinciden en que, desde su lugar como guardaparques, es fundamental la educación. “No se trata de decirle a la gente que no, que eso no lo puede hacer; es importante que entiendan los porqués. Generar entendimiento, generar empatía”, consigna Fernández.

Están seguros de que las cosas no van a cambiar hasta que todos nos hagamos cargo. 

Control y vigilancia

Hacen falta varios minutos, casi una hora, para alejarse del bullicio esteño en plena temporada. Hay que cruzar el puente de La Barra, atravesar decenas de tienditas boutique, evitar turistas de blanco y sombreros de paja conduciendo descapotables o cuatro por cuatro. También hay que bordear primero Manantiales; luego El Chorro, Balneario Buenos Aires y Santa Mónica, hasta ver de lejos José Ignacio.

Kilómetros después se despliega el puente de laguna Garzón y allí, cruzándolo, sobre la ruta 10, hay tres contenedores con puerta corrediza de vidrio y revestimiento de madera. El cartel de afuera dice “Información turística” y “Policía”, pero adentro también trabaja Mariana Pirez, una de las guardaparques. En total son tres mujeres que se reparten los turnos.

Pirez tiene 27 años y hace dos que trabaja en Garzón, que integra el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). Estudió primero en Facultad de Ciencias y buscando alternativas fue a dar con la UTU de Arrayanes. 

“No arranqué a estudiar queriendo ser guardaparque, se fue dando”, cuenta mientras recorre la ruta en una camioneta del SNAP. Está buscando que ningún vehículo se meta entre las dunas y las rompa, algo muy común en la temporada. Porque la conservación no solo es de bosques o sierras, es de todos los ecosistemas.

Pirez quiso dedicarse a esto porque identificó “la necesidad de que las cosas cambien”. Y agrega: “La naturaleza viene desde hace millones de años, se adapta a los cambios. Pero si nosotros como especie queremos seguir en este planeta nos tenemos que concientizar de que es la naturaleza la que hace posible la vida, y cuidarla”.

De repente frena la camioneta en seco sobre la banquina de la ruta, agarra su bolso y camina hacia un auto de alta gama con chapa argentina que está estacionado en la cima de una duna dentro de la playa. Alrededor del vehículo hay una adolescente sacándole fotos al mar. Al frente del volante, un hombre canoso.

“Buenas tardes, no está permitido bajar con vehículos a la playa. Hay carteles por todos lados advirtiendo esto. Le voy a tener que hacer una nota”, le dice la guardaparque al conductor. 

En realidad, la ley 19.535 establece una multa de cinco unidades reajustables por esta falta, pero Pirez explica que es preferible comenzar con una advertencia, para no espantar a los turistas y “que no quieran volver más”. Además, ella como guardaparques está desamparada: no puede poner infracciones ni portar armas.

La nota va a parar a la guantera del auto argentino junto con un folleto que explica por qué las dunas son importantes –fundamentales– para proteger las playas y cuál es el daño que generan los vehículos. Esta vez salió todo bien, pero no siempre corre esa suerte y tiene que lidiar con insultos y griterío.

Pirez cuenta que esa “tolerancia” con los turistas es algo que diferencia a la nueva de la vieja guardia. Habla de un cambio de paradigma en el que la naturaleza se comparte y se integra a la vida humana, no se aísla.

Como secretaria de la AUG, tiene muy claros los conflictos y necesidades que atraviesa esta nueva generación. La principal es que el Estado y la Academia reconozcan la profesionalización de la actividad. Cuando los contratan, ni la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) ni las intendencias tienen un rubro específico para ellos. Por eso entran en la misma bolsa que un inspector, solo que los guardaparques, al estar expuestos constantemente, necesitan otras garantías. Ganan cerca de $ 30 mil nominales, aunque depende de cada caso.

Como conjunto se reúnen tres veces por año y plantean sus inquietudes. Pirez asegura que hubo cambios, pero que falta.

Igual no le quedan dudas: la nueva guardia se hará escuchar. 
 

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