Espectáculos y Cultura > Un día lluvioso en Nueva York

Entre la lluvia y la polémica sexual, Woody Allen estrena su última película en Uruguay

"Un día lluvioso en Nueva York" no estará entre las obras más recordadas del director, pero al menos logra trasmitir un encanto bien propio de su cine que en los últimos años hacía agua

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01 de noviembre de 2019 a las 05:03

Hay tantas Manhattan como soñadores y delincuentes en sus calles. La isla de Nueva York puede ser sucia, peligrosa, romántica, etérea, hermosa, un bosque de concreto o un accidente geográfico cubierto de nieve. En la ficción tiene tantas caras, tiempos y facetas que se podría crear una enciclopedia con todas ellas. O es más; se podría crear una enciclopedia para todas las Manhattan de cada uno de los que se atrevieron a imaginarla, a poblarla con sus historias, personajes y desventuras. Pero entre todas esas ciudades diferentes, hay una característica que, más o menos, siempre se mantiene: su encanto. Y aunque a ese encanto lo expone con casi la misma intensidad cada vez que se metamorfosea, es bajo la lluvia donde muestra su perfil más seductor. 

Es probable que Woody Allen haya pensado en esto cuando ideó su más reciente película, Un día lluvioso en Nueva York, que se estrenó este jueves en Uruguay. De hecho, más que probable, es cierto. Esto fue lo que dijo en una nota con el suplemento semanal de El País de Madrid sobre su amor a las precipitaciones, frecuentes partícipes de sus obras: “(cuando llueve) la luz es más bonita. Y creo que en esos días las personas piensan más desde su interior, desde su alma. La mía es un poco triste… y si abro la ventana por la mañana y hace sol, me resulta desagradable. En cambio, encuentro que las ciudades son hermosas bajo la lluvia. París, Londres, Nueva York, San Sebastián son muy bonitas, pero si llueve son mágicas”.

Mágica o no, en su último y mencionado título, Allen regresa a la ciudad que lo vio nacer como persona y como cineasta, y lo encuentra en un momento en que su vida enfrenta, más que una garúa suave, una tormenta tropical. El escándalo sexual –lleno de recovecos escabrosos que fueron bien documentados por los implicados en la prensa– es conocido y no se repasará en estas líneas, pero la mención no es vana: desde hace un tiempo la obra de Allen ha sido puesta bajo la lupa de su polémica vida, y las complicaciones para filmar y concretar nuevas películas se han hecho cada vez más frecuentes. Sin ir más lejos, los actores principales de Un día lluvioso en Nueva York –que se filmó hace ya dos años– decidieron renegar de su trabajo y donar todo su salario a campañas por el #MeToo, a la vez que la distribución de la cinta se enredó y, aunque pasó por festivales europeos y tocó costas de continentes como el nuestro, aún carece de fecha de estreno en su país de origen.

Pero el cine de Allen no solo se ha visto golpeado por su tormentosa vida privada, sino que él mismo se ha encargado de minarlo con una camada irregular de últimas propuestas que son más olvidables que otra cosa, una consecuencia lógica de no poder parar de filmar y de querer estrenar una película por año. Entre las peores propuestas están la reciente La rueda de la maravilla, A Roma con amor y la insufrible Magia a la luz de la luna. Entre las mejores, Blue Jasmine o la simpática Café Society.

Por todo eso, el cine del neurótico más polémico de Manhattan hoy despierta cautela. El sello de Dos extraños amantes, Manhattan o incluso Medianoche en París ya no es una garantía. Y justamente, por eso Un día lluvioso en Nueva York, polémicas al margen, resulta una agradable sorpresa: es una anacronía citadina con personajes confeccionados bajo el molde clásico de Allen y con un encanto que, sea por la lluvia o por Nueva York, logra mantener la sonrisa en el rostro por un buen rato, aún a pesar de sus fallas.

A la cabeza de la historia tenemos a una pareja. Ellos son Gatsby Welles y Ahsleigh Enright, dos estudiantes de una universidad prestigiosa a las afueras de Nueva York que están juntos desde hace algún tiempo. Él es de clase alta, irónico, nervioso, extremadamente culto, cita a Ortega y Gasset, canta a Chet Baker mientras toca el piano y es un maestro de los dados. Ella es cándida, inocente, naif, un proyecto de periodista insoportable que todavía no se ha dado demasiado contra el mundo como para perder la sonrisa. Ellos están interpretados por Timothée Chalamet y Elle Fanning, dos de las estrellas juveniles del momento en Hollywood.

La posibilidad de una entrevista con su director de cine favorito obliga a Ashleigh a ir hasta la Gran Manzana, un lugar que pisó apenas tres veces y que le hace gran ilusión. Es comprensible: la chica es de Arizona y este será su primer contacto con un mundo al que rinde culto. Al rimbombante Gatsby, en cambio, el paseo también le despierta expectativa, pero no tanta; él es de allí y allí está su familia, a la que trata de evadir lo más posible. De todas formas, planea un fin de semana romántico junto a Ashleigh y reserva hoteles y restaurantes varios y caros. 

Los enredos vendrán, claramente, con la lluvia. El agua se larga con fuerza en el asfalto neoyoquino y no parará nunca más, impulsando reflexiones, patinadas y búsquedas varias. En el medio: desencuentros, fantasmas del pasado, correrías bien allenescas y el clásico triángulo que, esta vez, se convierte en un pentágono y, a veces, un hexágono. 

El elenco, encabezado por Chalamet y Fanning, es para destacar: están Liev Schreiber, Jude Law, Rebecca Hall, Selena Gómez, Diego Luna y Cherry Jones, entre otros. También hay que resaltar la fotografía, a cargo del histórico Vittorio Storaro, que logra extraer la capa más melancólica de esas calles bañadas por el aguacero, calles que harán que Gatsby, a la manera más Alvy Singer posible, se comience a replantear cuestiones relativas a su futuro, su pasado y, claro, su relación con Ahsleigh. ¿Suena conocido? Bueno, es difícil saber hasta qué punto todos los protagonistas de Allen no son, en el fondo, el mismo.

Aunque en varios momentos está a punto de hacerlo, Un día lluvioso en Nueva York evita patinar y se mantiene en pie. Quizás para algunos la cuestión más anacrónica de tener una pareja de jóvenes que tratan de buscarse pero a los que no se les ocurre mandarse un Whatsapp pueda resultar inverosímil, pero en esta película Allen no quiere retratar al mundo real. Acá, Nueva York siempre es romántica, siempre tiene lugar para los sueños y los cambios de vida, y en general es un ecosistema mucho más benigno y complaciente de lo que en realidad es. La lluvia del título es, como sucedía en Medianoche en París, el vehículo para adentrarse a este mundo alternativo, distante e insólito.

Una de las claves para que la película no haga agua y resulte incluso bastante disfrutable es su pareja protagonista. Chalamet y Fanning son dos muy buenos actores que acá explotan su carisma e inocencia con tino. Ver a Gatsby abatido por el amor frente a un vaso de whisky, mientras escucha música en su piano bar favorito, es un momento tan snob como encantador.

Esta es la película número 49 de Allen y es probable que no se hable demasiado de ella en, digamos, cinco años. Aún así, en el magro camino que su director ha recorrido en los últimos años, no dejan de ser una buena noticia sus chispazos de frescura e inteligencia. A pesar de que todo suene a algo ya visto, a pesar de que algunos de sus chistes en el contexto de su creador hagan levantar las cejas, a pesar de que sus personajes puedan resultar un poco insufribles por momentos, no deja de ser una película de Woody Allen. Con todo lo bueno y lo malo que eso implica.
 

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