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Fue la mano de Dios se puede ver en Netflix

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Fue la mano de Dios: un grito maradoniano de libertad de parte de Paolo Sorrentino

Sorrentino, director de películas como La gran belleza o Juventud, se inspiró en su propia historia para edificar este relato que se puede ver en en Netflix

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19 de diciembre de 2021 a las 05:05

Diego Armando Maradona hizo milagros. Al márgen de su vida archiconocida, documentada y mediatizada, no se puede poner en cuestión que, en términos religiosos, el hombre fue una deidad que cumplió con al menos uno de los cometidos que estos depositarios de la fe humana deben conseguir en su camino a la inmortalidad: salvarle la vida, literal o figurativamente, a alguien. Son varios los que pueden decir que el astro argentino los rescató de una o varias maneras, pero quizás pocos puedan reafirmarlo con tanta vehemencia como el cineasta italiano Paolo Sorrentino, que tiene una historias de esas que parecen hechas para inmortalizar en el celuloide que tanto ama. Algo que, cartas a la vista, hizo.

Sorrentino es un napolitano de pura cepa. Como el resto de los futboleros identificados con el equipo de su ciudad, a fines de la década de los ochenta vivía en el éxtasis: cada fin de semana el director –que en aquel entonces tenía 17 años– miraba embelesado como Maradona se ponía la camiseta del Napoli y dibujaba en la cancha. Los de camiseta celeste no eran un equipo acostumbrado a las mieles de la victoria, y la ciudad, la más pobre de Italia, solía guardar pocas alegrías para sus habitantes. Por eso mismo, aquella senda victoriosa a caballo del Diego de la gente se vivía en Nápoles con esperanza y alegría inédita. 

Fue la mano de Dios

El 5 de abril de 1987, el Napoli debía enfrentar al Empoli en la Toscana y una victoria podría ser clave para quedarse, finalmente, con el preciado Scudetto, el campeonato nacional. Sin embargo, la familia Sorrentino tenía otros planes que no incluían al fútbol, ya que decidieron ir a pasar unos días a una casa que tenían en un pueblo de montaña. Paolo no quiso ir, por supuesto. Quería ver a Maradona. Pidió por favor que lo dejaran ir al estadio de visitante, y los padres, a regañadientes, cedieron. Sorrentino viajó solo, vio al Diego, su equipo empató y el campeonato debió esperar algunas semanas más. Y a la vuelta, Sorrentino se encontró con una tragedia que lo cambió para siempre: durante la noche, una fuga de gas mató a sus padres y lo dejó huérfano.

Esa tragedia marcó mi vida. Mi adolescencia terminó con la muerte de mis padres. Todavía estoy atascado en esa fecha, ese día. Mi vida no ha cambiado”, le confió Sorrentino hace poco a la revista Esquire, en un artículo que se titula Cómo Diego Maradona me salvó la vida. “Ese dolor todavía está conmigo y siempre estará conmigo y ha forjado mi temperamento, mi personalidad, y me ha vuelto inestable y muy propenso a la rabia. Esa tragedia fue tan insoportable que la única solución que encontré fue crear una realidad paralela, este mundo de ficción donde pude escapar y encontrar alivio. Por eso decidí convertirme en guionista y luego en cineasta. La terapia fue pasar mucho tiempo describiendo una realidad que no era perfecta, pero que podía tolerar, quizás incluso amar”.

Fue la mano de Dios

Si ese episodio tiene una relación estrecha con el futuro de uno de los directores más singulares e identificables del cine europeo contemporáneo, todavía más lo tiene con su última película, Fue la mano de Dios, que acaba de estrenarse en Netflix. Presentada en el Festival de Venecia y con un acotado pasaje de una semana por salas uruguayas, la película es por supuesto, esa tragedia personal hecha cine. Pero, como suele suceder con el trabajo del hombre detrás de La gran belleza, también es mucho más que eso. Porque es, también, una declaración: que Maradona, con ese empate desabrido frente al Empoli, lo salvó. Y el cine, después del dolor, lo adoptó.

Nápoles respira

Todas las coordenadas marcadas en la película son las que fueron: estamos en el año 1987, los rumores sobre la llegada de Maradona circulan por las calles de Nápoles, el verano se asienta en las costas del sur de Italia y Fabietto (Filippo Scotti) transita los últimos días de la adolescencia perdido en una especie de somnolencia y soledad de la que lo sacan, únicamente, sus padres y sus hermanos. Fue la mano de Dios recibe así al espectador: con el abrazo cálido y la certeza bien tana de que la familia es el lugar donde, peleas, disputas y rencores al márgen, la vida transcurre. Porque entre comilonas al aire libre, baños en aguas mediterráneas, paseos en vespa y tardes de fútbol en el balcón, Fabietto persigue la que se convierte, de un día para el otro, en la gran incógnita que pesa sobre su cabeza: el futuro.

El quiebre se da con una tragedia muy parecida a la que vivió el propio Sorrentino, y a partir de ese cambio –doloroso, entintado sin embargo por el humor absurdo que caracteriza al cineasta– es que la película desata a su personaje del nudo en el que está contenido. Del nudo familiar. Ahora que el pasado solo implica dolor, ¿hacia dónde va la vida? ¿Qué hacer para recuperar lo perdido? ¿Cómo encara Fabietto lo que se le viene, como hace para remediar, en medio de esa ciudad que solo le trae recuerdos, lo que le queda de existencia? ¿Tiene algo para decir, para contar? La respuesta es que sí, y la respuesta es también el cine, es la ficción, es lo que el muchacho aprende a los golpes y gracias a dos figuras que se le cruzan antes y después de la muerte de sus padres: la aparición fuera de plano y casi mitológica de Federico Fellini, y el retrato más terrenal, iracundo y determinante del cineasta napolitano Antonio Capuano, que fue amigo y maestro del propio Sorrentino.

Filippo Scotti, el protagonista de Fue la mano de Dios

Fue la mano de Dios juega entonces con los hechos reales, pero en palabras de su director, se aferra más a los sentimientos y las emociones. Y eso queda de manifiesto. Es probable que esta sea la película más conmovedora y terrenal de un hombre que ha llevado a sus personajes a episodios que en ocasiones rayan el surrealismo, como el caso de Gep Gambardella en la magistral La gran belleza. Acá, Fabietto se cruza con criaturas estrafalarias dignas del circo Sorrentino, pero no dejan de ser pequeñas notas al pie para una historia que se afianza en un relato bastante clásico, pero no por ello desdeñable, del llamado coming-of-age, o historia de maduración o iniciación.

Y las señas de identidad del director, de nuevo, están. Para empezar, el elenco lo encabeza su actor de cabecera, el gran Toni Servillo, que encarna al padre de Fabietto. También están los destellos más oníricos, las escenas aparentemente colgadas, la cámara que abraza el artificio, y por encima de todo, Maradona. Un personaje principal y marginal que ya había pasado por la filmografía de Sorrentino de diversas maneras –véase Juventud–, pero que en este caso se manifiesta concretamente, que extiende su leyenda sobre la historia de Fabietto y sus vecinos, que se edifica como santo patrón de una ciudad entera que recupera con él la alegría de existir. Desde el minuto cero hasta el final, el sino maradoniano empapa cada arista de Fue la mano de Dios, pero no la contamina: deja el espacio, el resquicio perfecto para que esta bella y reconfortante historia de aprendizaje y descubrimiento sea la verdadera protagonista. Al final, la experiencia de la película es visceral: el viaje se siente en la tripas, en el pecho, los paisajes napolitanos demarcan el transcurrir de este adolescente y la razón queda varias veces al márgen. Como pasa en el fútbol. Como pasó en la vida de Maradona. Como muchas veces le pasó también a Sorrentino, un tipo que cayó en lo más hondo de la tristeza, se salvó y encontró en el camino el amor por el cine. Su destino. El futuro. 

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