Opinión > CARTA DEL DIRECTOR

Historia de tragedia y perdón

El 7 de abril se cumplieron 20 años del genocidio de Ruanda. Lo que fue un verdadero holocausto fue contado en el libro Left to Tell, de la sobreviviente Immaculée Ilibagiza

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13 de abril de 2014 a las 08:53

El pasado 7 de abril se cumplieron 20 años del genocidio de Ruanda. Fue muy poco lo que se dijo en ocasión de ese aniversario redondo y quizá se deba a que Ruanda es un país que no llama demasiado la atención. Todo comenzó cuando la tribu de los hutus asesinó a casi un millón de integrantes de la tribu de los tutsis, con quienes habían convivido hasta entonces pacíficamente aunque no sin cierta rivalidad tribal. Fue un verdadero holocausto y se completó en apenas tres meses ante la pasividad del mundo entero y sobre todo de los países más poderosos y con capacidad para detenerlo. La propia ONU se lavó las manos al retirar sus tropas luego de que los hutus mataran a 10 soldados belgas el primer día del genocidio. Recién al final de la matanza ingresaron soldados franceses que ayudaron a la pacifitutsis que venían de fuera tomaron la capital.

Ruanda es para nosotros un país lejano. Más lejano mental que geográficamente. Es un país que no nos importa mucho, con el que casi no tenemos relaciones ni comercio ni siquiera encuentros de fútbol por repechaje al Mundial. Queda lejos de nuestras vidas y es difícil que algo nos importe de un país del que no sabemos casi nada. Limita con Tanzania, Uganda, Burundi y la República Democrática del Congo. Es un país pobre en medio de África aunque en los últimos años ha tenido un importante crecimiento económico.

Se han hecho películas sobre el genocidio y se han escrito libros. Entre estos, me dejó profundamente impresionado un libro publicado por una joven ruandesa, Immaculée Ilibagiza, en el que relata el conflicto desde un punto de vista personal. Es su historia pero refleja perfectamente lo que ocurrió y más aun. Es la historia de una persona que sobrevivió de modo casi milagroso al genocidio en el que perdió a sus padres y a dos de sus tres hermanos, y escribió un libro para contar su experiencia. El libro, que se publicó en 2006, se llama Left to Tell (Sobrevivir para contarlo) y alcanzó los primeros lugares de la lista de libros más vendidos que publica el New York Times. Immaculée está firmemente convencida de que sobrevivió para poder contar en primera persona los horrores del holocausto, las desgracias de su familia, su increíble supervivencia y, sobre todo, su deseo de perdonar no solo a quienes desataron la matanza sino a los mismos asesinos de sus padres y hermanos. Es un libro muy duro pero muy removedor y vale la pena leerlo para saber que aún en la más desgarradora experiencia hay siempre esperanza y para conocer lo que ocurrió en Ruanda hace 20 años. No se puede ignorar.

Immaculée tenía 22 años cuando se desató la tragedia y pudo huir de su casa y refugiarse en la casa de un pastor protestante de la tribu hutu (los agresores). El pastor tenía miedo a represalias de su propia gente por dar refugio a personas de la tribu tutsi y razón no le faltaba porque ello era firmar la propia sentencia de defunción. De modo que escondió a varias mujeres tutsis en un baño de su casa que no tenía uso y que estaba tapado por un armario. De ese modo, nadie, ni siquiera su familia, supo que allí estaban alojadas en condiciones infrahumanas, siete jóvenes tutsis, y con el peligro constante de ser descubiertas.

Casi hacia el final de la matanza, cuando tropas francesas se acercaron a la zona, el pastor les dijo que podían irse y buscar ayuda con ellas. Así lo hicieron y lograron salvar sus vidas en forma casi milagrosa. Lo que no fue milagrosa fue la vida para Immaculée después de recuperar la libertad. Se enteró que sus padres y dos de sus tres hermanos habían sido asesinados y uno de ellos decapitado.

Con ayuda de los soldados franceses volvió a su pueblo y allí le contaron los detalles de la muerte de sus familiares. También le dijeron que estaba detenido el asesino de su familia y se lo presentaron. Era un hombre que también la había perseguido a ella hasta la casa del pastor. Cuando se topó con él, Inmaculée simplemente le dijo: “Lo perdono”. Quien se lo había presentado trayéndolo de la cárcel le preguntó: “¿Qué fue eso, Immaculée? Ese era el hombre que asesinó a tu familia. Lo traje para que lo interrogaras…para que le escupieras si así querías, ¡y tú lo perdonaste! ¿Cómo pudiste hacerme eso? ¿Por qué lo perdonaste?”.

Immaculée, que había perdido familia, amigos, casa y que conocía al asesino desde mucho tiempo atrás, cuenta que respondió con la verdad: “El perdón es lo único que tengo para ofrecer”.

Y yo creo que el libro debió haberse llamado “sobrevivir para perdonar”, y que debería ser leído por muchos que han atravesado esas o parecidas situaciones.

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