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3 de julio 2023 - 5:03hs

Después de 15 meses de guerra en Ucrania, se afianza en los líderes de la alianza atlántica la idea de la inevitabilidad de una victoria de Kiev, un “optimismo de guerra” cuyo resultado significaría el colapso de Rusia y la garantía de un futuro pacífico y próspero para Europa bajo el paraguas de la OTAN. En esta visión, una victoria de Rusia constituiría una sórdida capitulación que arrastraría a toda Europa a una nueve era de oscuridad. 

Las declaraciones recientes de los países del G7 en Tokio y del secretario de Estado Antony Blinken en Helsinki van en ese sentido: las negociaciones todavía se rechazan, se promete más armamento y se asegura la victoria final. El reciente motín fallido del mercenario Yevgeny Prigozhin refuerza la narrativa de Rusia como un estado frágil que apenas se mantiene unido.

Sin embargo, según escribe para Responsible Statecraft Mathew Blackburn, investigador del Instituto noruego de asuntos internacionales, la situación real debería considerarse con más cuidado. 

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Rusia no se rompió económicamente y, a pesar de todo el ruido en torno al incidente de Prigozhin, tampoco se produjo una fragmentación política grave y el régimen se mantuvo firme. La movilización parcial estabilizó las defensas rusas, y el ejército adaptó con éxito sus tácticas anti-drones, de infantería y de artillería. Rusia conserva una ventaja en la producción de artillería mientras los países de la OTAN luchan por aumentar la capacidad militar-industrial. 

La exitosa expansión y reorganización del ejército ruso es parte de la razón por la cual el Grupo Wagner de Prigozhin ya no es necesario. El Ejército regular ruso fue bastante capaz de hacer frente a la contraofensiva ucraniana sin su participación.

Si Rusia ahora es lo suficientemente fuerte como para resistir a una Ucrania respaldada por la OTAN, Europa se enfrenta a una larga guerra en su flanco oriental. La administración de Biden promete que será a largo plazo. El presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Mark Milley, espera “una pelea muy violenta” que “llevaría una cantidad considerable de tiempo y costaría mucho”. 

Si bien Blinken descarta la idea de un alto el fuego, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, enmarcó recientemente la contraofensiva ucraniana como un medio para fortalecer la posición de Kiev en la mesa de negociaciones. Sin embargo, dada la enorme distancia entre el posicionamiento de ambas partes en cuanto al territorio, la neutralidad y las garantías de seguridad, es difícil ver una base plausible para una paz negociada por el momento. 

Según Blackburn, las élites de Europa luchan por comprender las implicaciones de una guerra prolongada en su flanco oriental con una gran potencia nuclear. En los últimos dos meses, se hicieron visibles algunas diferencias en la política exterior. 

En el G7, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, alineó a la Unión Europea con el ala dura de la administración Biden sobre China, mientras que el presidente francés, Emmanuel Macron, resistió los intentos de expandir el alcance de la OTAN al teatro del Pacífico. 

Un mes antes de esto, Macron había sido ridiculizado cuando, durante una visita de estado a Beijing, instó a Europa a evitar tomar partido por Taiwán y, en cambio, buscar la “autonomía estratégica” como la tercera potencia en un nuevo orden mundial multipolar.

Los comentarios de Macron reflejan una línea de pensamiento que no es a corto plazo y en blanco y negro, sino estratégica y a largo plazo. La esperada rápida victoria de Ucrania, que apostaba a reordenar el espacio postsoviético en beneficio de Europa, no se materializó. Ahora, con la guerra prevista para prolongarse indefinidamente, para Blackburn son visibles tres amenazas graves para la futura “autonomía estratégica” de Europa.

La primera consiste en un problema de seguridad inmediato y existencial. Si la próxima cumbre de la OTAN en julio sale como se espera, se prometerán a Ucrania más armas y dinero, tal vez incluso la membresía en la OTAN. Temerosa de desencadenar una guerra total con Rusia, la OTAN no enviará sus tropas y pilotos a Ucrania, dejando a Kiev dependiente de un suministro de armamento más avanzado que es insuficiente para una ofensiva general exitosa.

Si las tendencias recientes son indicativas, Kiev puede recurrir al uso de nuevas armas de la OTAN para lanzar incursiones cada vez más destructivas en territorio ruso. Esto podría obligar a Rusia a responder de la misma manera, utilizando sus armas de largo alcance para interceptar las líneas de suministro de la OTAN a Ucrania desde Polonia y Rumania. 

Obviamente, este evento pondría a los líderes europeos en una posición muy difícil: si la OTAN no responde, su reputación quedaría herida de muerte; si lo hace, podría ocurrir una escalada que amenazaría su autonomía estratégica y la existencia misma de Europa.

La segunda amenaza es un problema de seguridad de mediano a largo plazo. Esto supone una gestión de escalada y un conflicto congelado o un escenario de “guerra eterna”. En este caso, Ucrania se parecerá a Israel, un estado armado occidental en constante preparación para operaciones militares. 

Rusia, aislada de Europa e incapaz de derrotar a Ucrania o detener sus ataques, podría volverse más radical y tratar de hacer que Europa pague con una guerra asimétrica. Tal enfoque sería un eco del aislado Irán en el Medio Oriente, pero dado el tamaño, el arsenal nuclear y la asociación de Rusia con China, se desarrollaría de manera muy diferente. Europa se vería atrapada en un dilema de seguridad clásico: aumentar la asistencia militar a Ucrania con el objetivo de reforzar la seguridad de Europa sólo resultaría en más inseguridad.

Finalmente, la tercera amenaza es económica. La pérdida de energía barata de Rusia es un desafío serio para Europa y es probable que se resuelva mediante la dependencia del GNL de los Estados Unidos y la inversión a largo plazo en costosa energía verde. 

Esto significa que los altos precios de la energía serán la nueva “normalidad” para Europa. Al mismo tiempo, en un escenario de “guerra eterna” en Ucrania, los estadounidenses continuarían presionando a Europa para que gastara mucho más en producción militar. 

En términos de comercio mundial, Europa enfrentaría la presión de los Estados Unidos para ponerse del lado de Washington en futuras disputas con China. Con los Estados Unidos adoptando políticas que se asemejan al proteccionismo, como la Ley de Reducción de la Inflación, Europa ni siquiera podría estar segura del acceso a los mercados norteamericanos.

La UE tampoco podría esperar nada parecido al Plan Marshall para ayudarla a hacer frente a las tensiones. Por el contrario, se esperaría que contribuyera con cantidades masivas de ayuda a Ucrania, un país con problemas de corrupción a todo nivel bien documentados. Las dimensiones económicas de este panorama sugieren que el contrato social europeo sería insostenible. A medida que los niveles de vida caen y la economía se contrae, los votantes probablemente se preguntarían quién tiene la culpa y qué se debe hacer. Los líderes europeos no podrían señalar con el dedo a Putin para siempre, lo que crearía espacio para una posible nueva ola virulenta de nacionalismos.

Según la nota de Blacknurn, a medida que se acerca la cumbre de la OTAN en Vilnius el próximo mes, y con el reciente fiasco en torno a Prigozhin aún fresco, es poco realista esperar cambios serios en la guerra en Ucrania. 

Europa parece no tener salida; no tiene el control de la política global y es impulsada por eventos incontrolables. Escapar de las oscuras posibilidades a mediano y largo plazo exige un arte de gobernar responsable y un liderazgo decidido en el presente. Europa, afirma Blacknurn, debería evaluar seriamente las consecuencias de una larga guerra en Ucrania en lugar de marchar ciegamente hacia un futuro de inestabilidad, guerra eterna, decadencia e impotencia

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