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La era de Bretton Woods y del capitalismo global

A 75 años de la creación del FMI, el Banco Mundial y de un mundo regido por el dólar

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24 de julio de 2019 a las 05:00

El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que acaban de cumplir 75 años, nacieron en julio de 1944, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, cuando las derrotas de Alemania y Japón ya eran evidentes.

En el complejo balneario de Bretton Woods, New Hampshire, en el extremo noroeste de Estados Unidos, líderes técnicos del bando aliado occidental trataron de crear mecanismos comerciales y financieros que impidieran una reedición de la crisis de 1929 y de la “Gran Depresión”. Ese pozo creó legiones de desempleados en el mundo capitalista, entonces relativamente pequeño; y, como reacción, estimuló el fascismo, el nazismo y las rebeliones comunistas. 

Contra el extremismo nacionalista

Ante todo, los reunidos en Bretton Woods se proponían acabar con las tremendas guerras del tipo de las que habían desangrado y empobrecido al mundo a partir de 1914. 

La mística nacionalista y el proteccionismo deberían dar paso a nuevos paradigmas globales: economías abiertas al comercio e interconectadas, expansión generalizada del capitalismo liberal y convivencia pacífica. “La manera más sabia y efectiva de proteger nuestros intereses nacionales es por la cooperación internacional”, resumió Henry Morgenthau Jr, secretario del Tesoro de Estados Unidos y confidente del presidente Franklin Delano Roosevelt.

Ciertas instituciones supranacionales debían auxiliar a los Estados en problemas a cambio de un programa. El Fondo Monetario (FMI), que comenzó a actuar en 1946, persigue la estabilidad financiera mundial, y asiste a los países con graves problemas de fuga de capitales y de balanza de pagos; en tanto el Banco Mundial (BM) es el prestamista para planes de desarrollo y reducción de la pobreza.

En la conferencia de Bretton Woods estuvieron representados 44 Estados, muchos de ellos latinoamericanos, incluido Uruguay, si bien no fue invitada la España franquista. La Unión Soviética participó del encuentro pero no refrendó sus resultados. Pocos años después se iniciaría la “Guerra Fría” entre dos bloques con paradigmas antitéticos.

Keynes: el ideólogo de un ciclo

John Maynard Keynes, el líder negociador de Gran Bretaña, otrora una gran potencia que entraba en su ocaso, era un intelectual brillante, con una retórica aguda e irónica.

Este aristócrata nacido en Cambridge, un pequeño dios que gustaba humillar a sus oponentes intelectuales, ya era célebre por haber dado a muchos gobiernos un bagaje teórico para lo que más deseaban: imprimir dinero y gastarlo, bajo la excusa de estimular la economía en procura del pleno empleo. Pareció por un tiempo que ya no sería necesario atesorar ahorros genuinos en los buenos tiempos para utilizarlos durante las depresiones.

Keynes se había hecho célebre con un libro de 1919, Las consecuencias económicas de la paz, en el que vaticinó que la paz cartaginesa impuesta por el tratado de Versalles provocaría la depresión de Alemania, menos comercio europeo y más revanchismo, un rearme y una segura próxima guerra.

Keynes despreciaba el comunismo, “salvo como religión”, escribió luego de un viaje a la URSS, y también la obra de Karl Marx, salvo como panfleto. “Mis sentimientos hacia El capital son los mismos que hacia el Corán”, señaló. “¿Cómo pudieron cualquiera de estos dos libros llevar el fuego y la espada a medio mundo? Me supera”.

Con los años, Keynes, que en esencia era un liberal, terminaría siendo uno de los abanderados teóricos de la izquierda socialdemócrata, pero más aún de los derrochadores demagógicos.

El ciclo del keynesianismo, y del activismo monetario y la expansión del gasto, murió de estanflación (una combinación de estancamiento con inflación) entre fines de la década de 1960 y la de 1970 (ver: https://www.elobservador.com.uy/nota/keynes-murio-de-estancamiento-e-inflacion-201837500).

La era del dólar

Keynes propuso en Bretton Woods un mundo financiero regido por una suerte de banco central supranacional, con su propia moneda, vinculada a las divisas fuertes (dólar, libra, oro, marco y las que fueran), que sería canjeable por las monedas de cada país. A través del mismo organismo, los países con excedentes financiarían a los deficitarios.

Pero al fin el dólar de Estados Unidos, la potencia dominante y acreedora de casi todos los demás países, fue impuesta como moneda global.

La ofensiva intelectual de Estados Unidos, una nación que entonces producía por sí sola la mitad del PBI mundial, fue conducida por un oscuro funcionario llamado Harry Dexter White, quien poco después sería señalado como sospechoso de simpatizar con la Unión Soviética.

El estándar monetario internacional ya no sería el “patrón oro”: monedas nacionales canjeables por distintas cantidades de oro, un sistema que sirvió a la Revolución Industrial y que las potencias económicas habían abandonado en la década de 1930, durante la “Gran Depresión”; sino uno nuevo en torno al dólar estadounidense, que a su vez sería convertible en oro.

El patrón dólar-oro hizo que todos los países cotizaran sus monedas frente al dólar, que a su vez, como ancla o garantía, debía ser convertible en oro a un precio fijo: 35 dólares la onza troy (que equivale a 31,1034768 gramos de oro fino).

El peso uruguayo, que había estado a la par del dólar hasta fines de la década de 1920, aún era una moneda relativamente fuerte y cuidada, en parte gracias a la captación de capitales durante la guerra, y cotizaba a 1,8. Su descalabro completo comenzaría en 1950.

El sistema dólar-oro finalizó en 1971, cuando, agotado por los déficits presupuestales y la emisión de billetes, el gobierno de Richard Nixon suspendió unilateralmente la convertibilidad en oro y devaluó su moneda. De todos modos, todavía hoy, aunque terriblemente disminuido, el dólar continúa siendo la principal moneda de referencia mundial.

América Latina y Uruguay

La Unión Europea y grandes Estados como China no suelen precisar del FMI o del Banco Mundial, salvo excepciones, aunque son socios. Pero otras regiones, como América Latina, siguen dependiendo de sus asistencias. Incluso el FMI tuvo buenos clientes comunistas durante la era del “socialismo real”, desde Vietnam a Rumania. 

Sumido en una larga y persistente crisis, que combinaba estancamiento con inflación, Uruguay firmó en 1959 su primera carta intención a cambio del salvataje del FMI. El acuerdo fracasó porque el gobierno incumplió su parte. Luego vendrían muchas más.

La última carta intención se acordó en 2003, después de muy duras negociaciones y el respaldo personal del presidente de Estados Unidos, George W. Bush. Entonces Uruguay pudo zafar de la grave crisis que provocó huracanes en la región entre 1999 y 2002.

Entre 2007 y 2009, a impulsos del caudillo venezolano Hugo Chávez, entonces un super rico petrolero, los líderes de América del Sur, incluido Tabaré Vázquez, fantasearon y crearon un Banco del Sur, que prestaría dinero a los Estados en problemas. La idea se fue a pique pocos años más tarde, cuando sus creadores ya no tenían dineros para prestar sino grandes déficits.

El FMI en el ojo de la tormenta

El FMI y el Banco Mundial, que cargan mucho poder, han recibido toda suerte de ataques.

Desde una perspectiva ultra-liberal, el economista Milton Friedman, Nobel de Economía 1976, dijo tras la devaluación del real brasileño en enero de 1999 que el Fondo Monetario era parte del problema, no de la solución, y que debería ser eliminado. Algo parecido se sostuvo en el Foro de Davos pocos días después.

Otros críticos del FMI y del Banco Mundial señalan que responden a las perspectivas y los intereses de los países más desarrollados y poderosos. En ellos un país no es igual a un voto, como en Naciones Unidas, porque los aportes de capital son muy diferentes. De hecho, una regla no escrita indica que si algún europeo preside el Fondo, entonces Estados Unidos nombra al presidente del Banco Mundial. 

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001, quien fue número dos del Banco Mundial y funcionario del gobierno estadounidense de Bill Clinton, ha dicho que es “especialmente inquietante que la ideología y la política tengan un papel tan importante en las instituciones económicas internacionales”, incluso, a veces, contra las evidencias empíricas. (Stiglitz también precisó: “Una de las cosas para las que me ha servido la experiencia de estar en el gobierno estadounidense y en el Banco Mundial es saber que no hay una persona única que tome las decisiones. Es un proceso complejo en el que entran muchas fuerzas. Ni siquiera el propio presidente de Estados Unidos toma la mayor parte de las decisiones. Tampoco él tiene la información necesaria. Serían demasiadas decisiones para él, y hay que tener en cuenta la información que recibe”).

El FMI y el Banco Mundial han sido muy cuestionados por no prevenir crisis, o por empeorar presuntamente la situación los países que procuran ayudar. ¿Qué fue peor: la crisis de la deuda en América Latina en los ’80 o la ayuda condicionada del FMI? Un debate similar puede establecerse sobre las turbulencias en Asia y en Rusia en 1990 y la crisis financiera global que estalló en 2007, sin que haya sido prevista por casi nadie.

Otro asunto delicado es que el FMI debe aprobar los planes económico-financieros de los países antes que éstos reciban créditos del Banco Mundial, de la Unión Europea y hasta de muchas empresas privadas. Y la opinión del Departamento del Tesoro (ministerio de hacienda) de Estados Unidos es decisiva.

Defensa de la era global

Aún hay amplios vacíos u olvidos en el mapa del mundo, especialmente en África. Sus Estados se independizaron en la década de 1960 pero, en general, no han logrado una emancipación real, la modernidad económica e instituciones fiables. Hay mucho desempleo y hambre allí, y demasiada violencia.

Pero, a pesar de todos los pesares, nunca en la historia de la Humanidad hubo una proporción tan pequeña de personas pobres y hambrientas. 

En el brevísimo lapso histórico que va desde Bretton Woods 1944 al presente, la población del planeta pasó de 2.500 millones de personas a más de 7.000 millones. Ese milagro fue posible gracias a más comercio, más prosperidad, más alimentos mejor distribuidos, más salud, más democratización.

Todo eso ocurrió tras la expansión del capitalismo liberal, sus tecnologías y el comercio global, o a sistemas similares, como los adoptados por China, India o Vietnam; no bajo el primitivismo medieval, el nacionalismo económico o el mercantilismo.

Es muy probable que el mundo de posguerra hubiera sido un lugar peor y más inestable sin el FMI y el Banco Mundial. Muchas de las críticas en su contra tienen claramente una base política, propia de la “Guerra Fría”, pero no siempre un fundamento real. 

El dominio occidental ha decaído en términos relativos por el ascenso de grandes potencias asiáticas, como China, Japón, Corea e India. Pronto el yuan desafiará al dólar como moneda global, como ya lo está haciendo el euro, expresión de una Europa occidental opulenta, pacífica y unida.

Aquí y allá surgen cada día nuevos desafíos, como los populismos, las reacciones nacionalistas (Donald Trump, por ejemplo, está en las antípodas del pensamiento que inspiró a Bretton Woods), o las criptomonedas, o monedas virtuales, que desafían a los bancos centrales y a todos los sistemas de control. 

El FMI pudo haber cometido serios errores, como otras instituciones, pero también evitó graves crisis, o suavizó los daños de las ya desatadas, gracias a sus créditos condicionados pero, sobre todo, a la supervisión técnica y el asesoramiento. El FMI, el Banco Mundial y luego el acuerdo general de tarifas y comercios (GATT) introdujeron reglas de “buen comportamiento” internacional, y contribuyeron a que decenas de Estados pasaran del primitivismo a la modernidad en tiempo récord.

Al fin, el FMI es el último recurso, cuando todo lo demás ha fallado. Ya las cosas están muy mal cuando él aparece en escena. El problema son los Estados que juegan a la ruleta, y luego recurren al prestamista de última instancia, que solo presta a cambio de que pongan las cuentas en orden.

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