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La vida después de Guantánamo: un documental sigue a uno de los presos que llegaron en 2014

Se estrena La libertad es una palabra grande, que relata las peripecias uruguayas de uno de los refugiados que llegaron al país en 2014 desde la prisión estadounidense

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08 de agosto de 2019 a las 05:03

Hay una imagen, puntual y breve, que resume la esencia de La libertad es una palabra grande: Mohammed está solo, en algún punto de la rambla de Montevideo, pescando. En la pantalla solo aparece su figura, porque el cielo y el mar y el resto de las cosas que componen el fondo están fundidos en un blanco cegador. Se podría decir que la imagen está quemada por la luz, pero mientras Mohammed tira una y otra vez la carnada sin suerte, en lo único en que se puede pensar es en el aislamiento. Es un hombre libre, sí, pero insertado a la fuerza en un papel en blanco que no puede rellenar ni con su experiencia ni con lo poco que aprende cada día. Es un hombre libre que no puede con las demandas de la libertad. La pregunta, impertinente, aparece enseguida: ¿de verdad es un hombre libre?

Eso es lo que intenta responder –o no– el documental, que llega este jueves a las salas nacionales después de haber pasado por el festival de Rotterdam y de haberse preestrenado en el Doc Montevideo, y que pone en pantalla la historia uruguaya de uno de los seis presos de Guantánamo que fueron recibidos como refugiados en 2014 por el gobierno de José Mujica, decisión replicada en medios de todo el mundo. Durante cuatro intensos años de trabajo, Mohammed y el director Guillermo Rocamora aprendieron el uno del otro casi a diario. Vieron como sus familias se agrandaban, compartieron viajes, conversaron sobre el devenir de la vida y trabaron una relación cercana que a veces se espaciaba pero que siempre estaba a la distancia de un Whatsapp. Y siempre con la cámara encendida. 

“Cuando filmás la vida privada, hay un montón de material que anda ahí en la vuelta que hace que si no cuidás bien a la persona la podés exponer. Es muy fácil juzgarlo a él desde nuestra cultura. Podés decir que es un vago porque no puede trabajar en un lugar en el que venden alcohol o que vendan cerdo o donde no lo dejen rezar a las horas estipuladas. Si no tenés la sensibilidad de acercarte a las dificultades que él tiene es muy fácil juzgarlo”, explicó Rocamora en una nota con El Observador en noviembre de 2018.

Pero aunque esa cercanía es palpable, no es lo que se muestra en el documental. En La libertad es una palabra grande, el director deja que el foco se pare exclusivamente en Mohammed, al punto que son casi inexistentes los momentos en que la cámara se aleja de su rostro.

En los hechos, el hombre de origen palestino llegó a Uruguay con 35 años y ninguna perspectiva más que reponerse de las atrocidades que había vivido en uno de los mayores centros de tortura del mundo moderno. Sin embargo, el primer vistazo de su vida en Uruguay es bastante ordinario: lo muestra sentado en una oficina del Registro Civil esperando por una nueva cédula de identidad. Enseguida quedará en evidencia que ya ha pasado un tiempo desde su desembarco en el país, que se casó y que espera un hijo. Y que aboca sus días exclusivamente a conseguir un trabajo que le permita mantener a su familia, más allá de los escasos 13 mil pesos que recibe del Estado. Y, sobre todo, que en el fondo está solo. Extremadamente aislado y alienado en una sociedad que no entiende y que tampoco quiere entenderlo a él.

A diferencia de Diyab –que apareció con frecuencia en los medios– o de otros dos refugiados que fueron denunciados por violencia doméstica, Mohammed estuvo siempre alejado de las cámaras y los medios. Conocer su historia es un melancólico viaje de desilusiones que, sin embargo, encuentra algunos momentos bastante poéticos. Una de las mejores secuencias del documental es cuando, de vuelta de un frustrado viaje a Rivera para buscar trabajo, la cámara enfoca un impresionante atardecer violeta en el cielo rural, y Mohammed comienza a relatar algunas de las torturas que sufrió en Guantánamo. El contraste entre el horror pasado y ese espectacular paisaje estremece.

Pero La libertad… tampoco ahonda demasiado en esa etapa cruenta de la vida de su sujeto de estudio y se dedica más al día a día uruguayo. Esta producción de Oriental Films prefiere, a su vez, utilizar como caja de resonancia el rostro del hombre, que transita entre la apatía, la resignación y algunos instantes de escueta alegría. Es imposible permanecer pasivo ante la tristeza crónica que cruza por los gestos de un hombre que fue metido en el infierno “por las dudas” y que estuvo allí durante 13 años. Por sus miradas y sus reacciones, uno comienza a dudar de si de verdad logró salir alguna vez de allí.

También resulta un poco doloroso recorrer junto a Mohammed un camino que va desde la manutención total por parte del Estado, hasta una situación de desamparo que bordea la desesperación, pero Rocamora logra a fuerza de técnica y fotografía rescatar pequeños destellos de esperanza en medio de una vida que parece quebrada: una comunicación por Skype con familiares lejanos, las miradas a su hija recién nacida y el esfuerzo por pertenecer, entre otros momentos.

Así como hay una imagen inicial para su aislamiento, también hay una que se ajusta a la experiencia de Mohammed en su totalidad. Esta vez, la escena lo tiene a él viajando en el asiento del acompañante a oscuras. Durante un rato la oscuridad ocupa la pantalla, pero de pronto empieza a entrar un poco de luz y su cara se ilumina. Las sombras, de todas formas, siguen cruzando su rostro. Tal vez la metáfora sea la indicada para ilustrar esta vida: un hombre que pasó de las tinieblas a la luz, pero que nunca pudo escapar completamente de las penumbras. 

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