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La tenaza fatal del trotskismo

La deliberada destrucción de la competitividad por los excesos del sindicalismo y la pauperización de la educación

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18 de septiembre de 2018 a las 05:00

Al culpar a las tormentas externas –reales o inventadas– de las restricciones económicas que se empiezan a evidenciar y de las que se avizoran, no sólo se evita tener que reconocer el fracaso de un modelo facilista y cortoplacista, sino que se elude dar marcha atrás en el festival de reparto de dádivas y bienestar que se organizó en un momento mágico y único, una ventana de suerte que ya se cerró por largo tiempo. Esta excusa tormentosa, al ser pasajera y eventual, justifica mantener o aumentar el déficit atribuyéndolo al temporal y paliarlo con deuda o impuestos, que serán siempre provisorios, en el lenguaje de los políticos. 
Para entender el momento habría que salir de la confusión que siempre producen las alteraciones bruscas de la paridad cambiaria, que termina con caravanas de gitanos regionales migrando como buhoneros los fines de semanas en uno u otro sentido, con las alforjas cargadas de televisores y prendas de moda. Además de culminar con crisis en la cuenta corriente comercial. 
La base de la riqueza de las naciones, y consecuentemente del bienestar de cada sociedad, es la competitividad y el comercio internacional. La capacidad de venderle al mundo ciertos bienes con valor agregado a un precio adecuado. Y eso se apoya en dos pilares. La flexibilidad laboral y la educación. Todas las otras variables son consecuencia de éstas, o mecanismos de manoseo sucedáneos, como ocurre con el tipo de cambio. 

Los costos laborales orientales, entendiendo como tal todo el paquete: los salarios y convenios concedidos por el Estado o inducidos por el Estado, las cláusulas compulsivas de corrección inflacionaria, el derecho a tomar las fábricas, el negocio de los juicios laborales, el odio fomentado a la empresa privada, el desapego por la vocación de trabajar, el odio a la patronal, son la garantía de que la competitividad será inexistente. Y la inversión también.  

La exageración de Conaprole, donde ni siquiera puede alegarse el capitalismo salvaje de sus propietarios o el imperialismo avaro, debería hacer meditar a todos los ciudadanos sobre la gravedad de la situación a que se ha llegado. A la cooperativa se le niega con saña el derecho elemental a conducir la empresa en sus aspectos básicos sin pedirle autorización al gremio. 
Esta situación se proyecta a cualquier emprendimiento en Uruguay, público o privado, desde la Pyme más modesta, al puerto, a la provisión de combustible o la recolección de basura. El sistema laboral está en manos del trotskismo, tanto en la práctica como en lo conceptual. En tales condiciones, la inversión auténtica tenderá a ser nula y el Estado tenderá a aumentar su gasto y su intervencionismo, hasta la parálisis. No es vaticinio. Es historia, simplemente. 

Sin poder manejar a bajo costo el endeudamiento y el tipo de cambio, la competitividad no puede ser inventada o fabricada con artilugios, con lo que el impacto es directo y contundente. Los efectos de los espejismos creados por las exoneraciones, como el caso de UPM, serán limitados, y siempre a costa del resto de la economía no exonerada. Una injusta triquiñuela. 
Pero el trotskismo ha logrado su cometido, que es herir mortalmente la productividad, anular el protagonismo del individuo en la creación de riqueza, y aún la confianza en su propia capacidad para lograr su bienestar. Lo ha condenado a vivir del Estado, súbdito de él, al no permitir la alternativa de la empresa privada, única forma de lograr el bienestar auténtico y duradero. 
Esa es una de las palancas de la tenaza. La otra es la que se ha ocupado de destrozar la educación, deliberada, irresponsable y cruelmente. También a cargo del trotskismo, en la línea gramscista de impedir la calidad de pensamiento libre, la formación de la juventud, el estímulo creador, la confianza en las propias fuerzas. Eso conspira contra la competitividad, le pega en el corazón, al impedir la innovación y el aumento del output vía el valor agregado del talento. Siempre la educación fue el enemigo principal del marxismo. Tanto en lo ideológico como en lo económico. 

Este segundo brazo de la palanca, que actúa desde lo ideológico al inocular valores despreciables, desde lo presupuestario, al fabricar imposibles económicos que se reclaman a la sociedad, desde lo académico, al deteriorar con cinismo y prolijamente la calidad de la enseñanza y desde lo conceptual, al hacer al individuo esclavo del Estado benefactor y enemigo del trabajo y de la empresa privada, sepulta el progreso y el bienestar por generaciones. 
Y como punto de apoyo de ambos brazos de fuerza, está la aislación internacional, representada a veces por el trotskismo, ahora por el Partido Comunista, que pretende sancionar al secretario general de la OEA por el hecho elemental de repudiar a un dictador que condena a la miseria y la indignidad a su pueblo.  

Al no poder usar –afortunadamente– los artilugios del manoseo del tipo de cambio, del endeudamiento o de la rapiña impositiva para disimular los efectos del secuestro de la productividad vía la dictadura sindical y la dictadura educativa, el gobierno frenteamplista se queda sin armas, no sólo para enfrentar la campaña electoral, sino para mantener la ilusión de bienestar que ha sabido crear. 
Se está entonces en una instancia de sumo peligro. Porque ante disyuntivas de este tipo, la historia dice que los gobiernos de partidos estatistas sociopopulistas contraatacan con desesperación, inventando enemigos, duplicando apuestas imposibles, buscando nuevos argumentos disparatados, o embanderando a la población en cruzadas patrióticas nacionalistas o heroicas. 
El escenario en el que tendrá lugar la contienda electoral será difícil en lo económico, en la generación de empleo, en la lucha contra la inflación, en el crecimiento del déficit, razones suficientes para impedir que se continúe el reparto imprescindible que garantice la adhesión de los indecisos. 

Por eso, el sector de la sociedad –cada vez más minoritario– que todavía tiene ganas de producir, de invertir, de trabajar y de educarse, jugará un papel de suma importancia en los próximos meses. No se tratará de la disputa democrática entre partidos, casi deportivamente y entre amigos. Se tratará de la defensa de un modelo de vida, y del respeto por las minorías. Sin esa garantía, que cada vez se evidencia menos en lo que hace a la actividad y el patrimonio privados, la democracia pierde su significado y se parece gradual y peligrosamente al totalitarismo. 

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