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La tortura, el utilitarismo y el imperativo categórico

Se pueden compartir o no ciertas posturas, pero lo cierto es que hay temas que es mejor dejar en el pasado

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27 de julio de 2019 a las 05:03

Mi columna anterior sobre Gavazzo y el uso de la cadena perpetua me dejó un mal sabor de boca. Más allá del fallo, no es posible olvidar que en realidad no se ha hecho justicia, y que el coronel retirado conserva información vital para las familias de los desaparecidos y para el remedio de nuestra historia reciente. Los límites del veredicto están marcados por la intransigencia de sus protagonistas a revelar información, y el paso del tiempo actúa como un verdugo más, llevándose consigo las verdades ocultas.

Recuerdo que me impactaron en su momento las palabras del fallecido exministro de Defensa Nacional, Eleutorio Fernández Huidobro, quien en 2014 replicó con ironía: “Si (se) me autoriza a torturar por un mes, yo capaz que le consigo información”. Como no podía ser de otra manera, las declaraciones del exguerrillero tupamaro desataron polémica. Al igual que tantos uruguayos, él mismo había sufrido en carne propia las consecuencias de dicha estrategia. Sin embargo, sus palabras tenían también una dosis de franqueza a la que no estamos acostumbrados, y nos interpelaban sobre la diferencia entre realidad y deseo.

Escribo desde tierras alemanas, las que visito regularmente por razones familiares, pero donde también he vivido y estudiado. País de filósofos por excelencia, ofrece argumentos para revisar nuestra coyuntura particular desde otros puntos de vista. Y es que ya entonces, los dichos de Fernández Huidobro me hicieron recordar un episodio paradigmático que traté en clase durante la licenciatura: el caso de Magnus Gäfgen, el asesino más famoso de Alemania. 

El 27 de setiembre de 2002, en la ciudad de Frankfurt, el estudiante de derecho M. Gäfgen espera a Jakob von Metzler –el hijo de 11 años de un banquero– a la salida del colegio y lo convence para subirse al auto con él. Gäfgen estrangula a Metzler y esconde su cuerpo en un río. A continuación, le exige a la familia € 1 millón si quiere volver a ver al niño con vida. La familia paga el rescate en coordinación con la policía, que descubre la identidad del secuestrador y lo detiene. Gäfgen confiesa haber secuestrado al niño, pero se niega a dar su paradero. 

A medida que pasan las semanas y el secuestrador no cede, la tensión en Frankfurt aumenta. Es entonces que el director en funciones de la policía de la ciudad, Wolfgang Daschner, toma una decisión desesperada y amenaza a Gäfgen con torturarlo si este no indica dónde escondió al niño. Las amenazas surgen efecto. El asesino se confiesa y guía a la policía hasta el cadáver. Gäfgen es sentenciado a cadena perpetua revisable, una condena que sigue cumpliendo hasta hoy, porque su revisión fue denegada en 2017. No obstante, el teniente W. Daschner también es denunciado por su actuación y termina siendo sancionado. En 2011, un tribunal regional lo condena a indemnizar al asesino con más de 10.000 euros por daños y perjuicios.

El caso Gäfgen cobró notoriedad internacional y demostró los límites de una moral objetiva. La justicia alemana fue tajante, pero en la opinión pública reinó la polémica sobre si Daschner debía ser o no sancionado. El director en funciones de la policía había actuado en una situación extrema y con la única intención de salvar la vida de un niño, pero lo hizo abusando del poder estatal y socavando el bienestar y la dignidad de un acusado. Mientras muchos lo consideraron un héroe, otros lo definieron como un potencial torturador y pidieron su remoción inmediata.

Detrás de este dilema –y de aquel al que aludió Fernández Huidobro– se encuentra el problema abstracto de definir cuáles son los medios y los fines de la justicia: ¿Qué acciones son realmente justas y qué acciones no lo son? Debates profundos que se dan en el ámbito de la filosofía política y que dan lugar a teorías normativas de la justicia. En este caso, vamos a contraponer un razonamiento moral consecuencialista a un razonamiento moral categórico: el utilitarismo vs la lógica kantiana.

El utilitarismo de Jeremy Bentham (1748-1832) y de John Stuart Mill (1806-1873) se guía según el principio del máximo provecho. Básicamente, lo más justo es siempre lo que genera mayor utilidad, entendida como aquello que finalmente produce mayor felicidad o placer y que evita el mayor dolor o sufrimiento. Se trata de un razonamiento filosófico calculador pero intuitivo, que convierte nuestras motivaciones personales más frecuentes en la base de la vida moral y política.

Según la lógica utilitarista, la amenaza de tortura en un interrogatorio puede estar justificada. La tortura, también. Sobre todo, si lo que se pone del otro lado de la balanza son vidas humanas. Por un lado, es cierto que el dolor físico del asesino reduce momentáneamente la felicidad de un individuo. No obstante, si ello sirve para salvar la vida de un inocente, más aún de un niño, entonces el cálculo utilitario es positivo. La felicidad individual y colectiva que generaría es superior al dolor causado, por lo que ese acto de tortura es moralmente permisible.

Frente a la lógica utilitarista se contrapone la lógica kantiana. Para Immanuel Kant (1724-1804), la justicia y la moral no deben maximizar la felicidad ni perseguir ningún otro propósito. Al contrario, su fundamento es respetar a las personas como fines en sí mismas, como seres racionales que merecen dignidad y respeto por el mero hecho de serlo. Por eso, arriesgar la integridad física o degradar la dignidad de un ser humano como un medio para alcanzar la felicidad de otros, es equivocado e inaceptable.

Para Kant, que algo dé placer a muchos no implica que esté bien ni que sea justo. En cambio, para definir qué está bien y qué está mal, sugirió la utilización de un ‘imperativo categórico’, entendido como un principio incondicional basado en la razón. Antes de actuar, debemos razonar si dicha acción es buena de por sí, o si solo consideramos que es buena según las consecuencias que pueda producir. Y si cada ser humano es un fin en sí mismo, entonces poner en juego su integridad o dignidad nunca puede ser una opción aceptable, no importa cuales sean las consecuencias.

Seamos conscientes de ello o no, todas nuestras acciones suelen estar guiadas por estas lógicas de actuación. Por lo general, tomamos decisiones intentando maximizar la felicidad y reducir el dolor, según como cada uno los defina en cada determinado momento. No obstante, hay decisiones en las cuales no nos permitimos ese cálculo porque sentimos que hay valores que son incuestionables, ciertos límites que no podemos cruzar. 

Aunque el utilitarismo sea un razonamiento útil e intuitivo, también es la lógica que subyace a los peores atropellos de nuestra historia. El holocausto es la consecuencia del convencimiento genuino de que una Europa sin judíos sería más próspera. De la misma forma, decenas de millones fueron asesinados en nombre de la causa soviética, mientras que la revolución bolivariana excusaría los miles de asesinatos extrajudiciales en Venezuela. Si se quiere, siempre puede haber una causa que justifique un fin. 

Por otro lado, vivimos en tiempos en que toda demanda social se define como un derecho. Por eso, intento ser muy cuidadoso con un término que se utiliza con ligereza. Los derechos humanos son otra cosa. Se fundamentan en la lógica kantiana y son, fundamentalmente, una reacción política al utilitarismo absoluto. Conciben el respeto por la humanidad en cuanto tal, y rechazan la tortura porque no respeta la dignidad intrínseca de cada ser humano. Al final, podemos compartir esta visión como kantianos o temer las consecuencias como utilitaristas, pero lo cierto es que hay puertas que es mejor cerrar para siempre. 

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