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La última muerte de Anthony Bourdain

El capítulo final de Anthony Bourdain Parts Unknown vino a cerrar un ciclo histórico

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14 de noviembre de 2018 a las 05:04

El domingo pasado la cadena CNN emitió el capítulo final de la serie Anthony Bourdain Parts Unknown. Fue el canto del cisne sin el cisne presente. De los 103 episodios que se filmaron a lo largo de 12 temporadas, creo haber visto unos 90, pero tengo planeado ver los que me faltan. El del domingo fue triste, melancólico y luminoso a la misma vez. Como esos grandes poemas que logran emocionar sin nunca rozar la cursilería, fue un capítulo lírico y épico, primero porque la audiencia sabía de antemano que el conductor no estaba ahí para ver cómo había quedado el capítulo de despedida, y segundo, porque Bourdain, un detallista cuidadoso de cada uno de los aspectos de la producción y del montaje de su programa, no participó en la realización de este. Fue una especie de tributo, que acentuó el enorme vacío que el escritor y chef dejó en la televisión que todavía cree en la imaginación y en la inteligencia a la hora de realizar programas, sin importar el género que sea. El último episodio de la serie bio-documental se tituló Lower East Side, nombre del barrio de Nueva York a donde Bourdain iba a comprar heroína, tal como el propio conductor lo confiesa en un pasaje del episodio. Con su voz en off dice Bourdain: “Este es un programa sobre un lugar muy especial. Un momento muy especial. Y algunas personas muy especiales. Mucho sucedió, tanto comenzó, en el Lower East Side de Nueva York”. Y refiere luego a todos sus amigos que murieron debido a las drogas, la violencia, y la epidemia de sida.

En el viaje final, que vino a ser la última etapa de una gira mágica, ilustrativa y misteriosa, Bourdain fue a la parte oeste de Texas. La escena final del capítulo es notable. Se ve a un Bourdain más demacrado que de costumbre, haciendo gestos y comentarios propios de alguien que tuvo una epifanía, como si en ese viaje a donde el cielo y el desierto se unen hubiera encontrado el atajo a otra parte que andaba buscando. Ahí podría haber sido la conclusión de Anthony Bourdain Parts Unknown. Sin embargo, CNN preparó tres programas extras, que pueden ser considerados homenaje al carismático conductor de un ciclo que hizo historia y que nunca será olvidado. En los 103 episodios está sintetizada parte de la historia moderna, vista a través de los ojos de un tipo inteligente, sensible y culto, que entre sus varios dones tuvo uno al cual la inteligencia mucho le agradece: un pensamiento crítico que nunca demostró en forma obvia sus preferencias partidarias. Estuvo siempre en contra del status quo, pero no hizo de eso una muletilla. A diferencia de lo que suele pasar con muchos programas que visitan otras culturas para interrogar diferentes formas de concebir la realidad y toman rápido partido por los comentarios demagógicos, Bourdain nunca fue ovejita de ningún rebaño político. Fue un francotirador, un outsider dentro del sistema, un superviviente a contramano, un liberal de pura cepa en la vieja tradición estadounidense, y eso queda destacado más que nunca en el episodio de despedida.

Con la muerte de Bourdain a los 61 años de edad, la CNN perdió a una de sus pocas estrellas insustituibles, y Uruguay a un gran embajador, apostado en uno de los centros de entretenimiento y de información mundial.  El episodio 90 de Anthony Bourdain Parts Unknown está dedicado a nuestro país. Tanta fue la repercusión anímica que le dejaron las visitas a nuestro país, que en el penúltimo episodio, “Under the Tarp”, uno de los tres que se realizaron como tributo, Bourdain menciona, otra vez, a Uruguay.

Con la muerte de Bourdain a los 61 años de edad, la CNN perdió a una de sus pocas estrellas insustituibles, y Uruguay a un gran embajador, apostado en uno de los centros de entretenimiento y de información mundial. 

Lo interesante de la temporada final de Anthony Bourdain Parts Unknown, compuesta únicamente por siete episodios, es que Bourdain habla poco y nada de comida. El único chef en la historia de la televisión en tener un vocabulario de nivel superior para esta tipo de programa, en el cual fue común el uso de palabras y expresiones como “poesía”, “música espiritual”, “sintaxis del pensamiento”, y “belleza de las formas”, quiso al parecer despedirse dando a entender que hay momentos de la vida en que la vida se olvida de los placeres de la lengua.  Lower East Side es a las claras un producto inacabado debido a la muerte del conductor. Pero, precisamente, esa condición de algo importante, pero incompleto, le otorga al episodio su grado poético, el cual permanece resonando en la memoria del televidente. Su aspecto de incompleto otorga al producto una rara grandeza épica, algo muy difícil de obtener en programas de este tipo.

Las escasas apariciones de la voz del conductor reconstruyen a la perfección el tono de la memoria que primero duda y después dice, “sí, sí, ahora recuerdo”. Bourdain conversa con figuras legendarias de la vida cultural neoyorquina durante las décadas de 1970 y 1980, como Fab 5 Freddy, Debbie Harry y Chris Stein, fundadores de Blondie, Jim Jarmusch, Richard Hell, Joe Coleman y la siempre sublime Lydia Lunch. Rodeado de figuras, es sin embargo Bourdain el que destaca, pues todo sucede según su memoria lo ordena y dicta. Fue su manera de decir de elegante manera, “lo que yo hago también es arte”.

El capítulo resulta conmovedor. Es el más conmovedor en toda la historia del programa, por la sinceridad con que Bourdain habla sobre su propia vida. Con palabras y comentarios sobre su pasado; con gestos y silencios sobre su último presente. Seguramente nunca imaginó que la comida final que iba a comer ante las cámaras sería un plato de huevos duros preparados, hervidos mejor dicho, por el artista múltiple John Lurie. “Huevos, la comida perfecta”, comenta Bourdian. La imagen a continuación deja que el silencio hable. Ya no hay nada más por decir, ya no hay nadie que lo diga. En la acostumbrada posdata del programa, en lugar de su inconfundible voz se escucha You Can’t Put Your Arms Around a Memory, cantada por el cantante punk Johnny Thunders (1952 –1991). Es la banda sonora que acompaña a Bourdain en su viaje sin regreso al país profundo de las emociones. Se le va a extrañar, ya se le extraña.

 

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