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La vida en vivo

Las redes sociales y los correos electrónicos abren un campo insospechado, impredecible, para futuros investigadores que deseen narrar biografías  

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16 de diciembre de 2018 a las 05:00

En Europa continental y en el mundo anglosajón, la biografía es un género sólido, plantado, con gran tradición y gruesos volúmenes dedicados a los personajes más famosos y también a los más inverosímiles. Una vida es una porción de tiempo, una serie diversa pero conexa de espacios unidos por el hilo de un ser humano, grandioso o no. Una vida merece un libro, una investigación dedicada, delicada, una reflexión, una búsqueda de sentido en la maraña de nudos de una vida. 

La biografía aún es un género menor en Uruguay. Faltan tantas todavía… Demasiadas. ¿Causas? Quizás el tiempo que lleva el trabajo de campo, el cuidado con los archivos, las horas y horas de entrevistas, cotejo de datos, redacción, estilo, edición. Hay que estar fanatizado hasta la médula con el personaje en cuestión para vencer el constante apremio del abandono, de la inutilidad del esfuerzo, de la ola que sobrepasa y sumerge, de la infinita incompletitud del resultado, cuando acaba la faena y el ser de papel que descansa sobre un escritorio apenas respira, como un feto en un parto difícil. 

Si aceptamos que una ausencia es una oportunidad –como mucho de lo relativo al campo literario nacional–, la parte positiva aflora casi sola: existe un campo fértil, sin roturar, para seguir hundiendo el arado, la birome y la tecla. Para que vuelvan a nacer los personajes que deben rescatarse del olvido, que hoy son más necesarios que nunca. 

Cuando los protagonistas de las biografías todavía respiran (y tienen ganas de colaborar con el investigador/autor) el trabajo debería ser cuesta abajo. Cuando los hombres y las mujeres ya no están sobre la tierra, las cosas tienden a complicarse. Porque los papeles, las fotos, los documentos, los objetos se tiran, se rematan, se queman, se regalan o simplemente se degradan y desaparecen, como la niebla cuando escampa. “¿Cómo hacer hablar a un muerto?” se vuelve la pregunta más obsesiva, la que resuena en la cama cuando se apaga la luz, la que flota en los sueños. ¿Habrá que hacer como el chileno Francisco Mouat, que convocó a una vidente para rastrear a su biografiado? Quizás…

¡Cómo cambia todo con el correo electrónico y las redes sociales! En la última década se han multiplicado por millones los archivos. Los documentos se fijan de forma automática, quedan alojados en las diversas nubes. La correspondencia, antes tan codiciada por su rareza, hoy está al alcance de un hacker adolescente. 

La actividad de la gente, petrificada casi ad infinitum en las redes sociales permite tener un registro casi diario de aspectos múltiples de las vidas de los posibles retratados en una biografía. ¿Es relevante el material que queda expuesto ante la tribu de mirones de monitores? Probablemente no. El eterno problema de no saber qué hacer con una hermosa herramienta. Todo depende, por supuesto, de quien la maneje. 

Fotos, videos, frases en broma, chistes, reproducciones de situaciones más o menos jocosas y/o ridículas. La vida transformada en strip-tease digital. Casi la mayoría sea mero detritus  de existencias comunes y silvestres, pero siempre vale la pena escarbar porque –como bien saben los buscadores– las pepitas doradas más preciosas se esconden en el fondo de la veta. Porque, de pronto, aparecen en la superficie reflexiones profundas, confesiones inesperadas, imágenes comprometedoras, que revelan aspectos poco conocidos de tal o cual sujeto en cuestión. 

Las futuras (o presentes) investigaciones de campo disponen de un arsenal incomensurable, ¡en vivo!, que ni siquiera un gran orfebre como el inglés Lytton Strachey era capaz de conseguir sobre los objetos humanos de sus fascinantes libros. Suena injusto, pero es parte de los tiempos que nos toca habitar.

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