Reflexiones liberales > REFLEXIONES LIBERALES / RICARDO PEIRANO

Las dos estatuas

Hoy se pide que cualquier reclamo social pase a la categoría de "derecho" sin aceptar los correspondientes "deberes" hacia los demás

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22 de abril de 2018 a las 05:00

Viktor Frankl, destacado neurólogo y psiquiatra austríaco, fundador de la logoterapia, discípulo de Freud, tuvo una enorme influencia en su profesión en el siglo XX. Porque más allá de su aporte científico, influyó a través de la huella de su experiencia en los campos de concentración en los que estuvo internado entre 1942 y 1945, y de su vivencia del sufrimiento propio y ajeno que le llevaron a escribir ese gran libro que es El hombre en busca de sentido. Allí, desde la visión de un prisionero en un campo de concentración, encara temas que luego desarrollará una y otra vez a lo largo de su vida como la lucha contra adversidad, la importancia de la determinación de cada uno pese a las circunstancias exteriores contrarias en tanto y en cuanto apele a una dimensión espiritual de la vida.

Esa impronta lo acompañó en toda su vida. Cuando visitó por primera vez Estados Unidos tuvo una intuición genial. Al ver la Estatua de la Libertad en la costa este, en New York, dijo que los americanos deberían construir una Estatua de la Responsabilidad en la costa oeste. Quería significar así la mutua e íntima relación entre "libertad" y "responsabilidad", tanto en la esfera individual como en la esfera social de las naciones. Y cómo la una sin la otra puede llevar a un desbalance trágico. Un desbalance que vemos con mucha frecuencia, con más frecuencia de la conveniente, en la vida de países y de personas que dan vacaciones indefinidas a la "responsabilidad" para entregarse a un libertinaje desenfrenado. Y ello con grave daño para el individuo o para la sociedad.

Este recuerdo del psiquiatra vienés, es muy oportuno en estos tiempos en que desde muy diversos ámbitos se reclama una expansión de los derechos humanos contenidos en la magnífica Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada en diciembre de 1948 en el marco de las Naciones Unidas. Es más, con frecuencia se cuestionan algunos de los "derechos" allí incluidos, y se pide paso a otros derechos que no son tan originarios ni connaturales a la condición humana como los que se recogieron en la Carta de 1948.

Hoy se pide con mucha liviandad que cualquier reclamo social pase a la categoría de "derecho" sin describir previamente su fundamento y su razón de ser. Y, lo que es más grave aún, se reclaman "derechos" por doquier sin aceptar los correspondientes "deberes" hacia los demás, que muchas veces no implican nada más ni nada menos, que el respeto de los derechos del otro. Hoy, en el reclamo de "derechos", se ve una visión talibana de la vida, donde quienes piensan distinto no tienen derecho ni a pensar ni a expresar públicamente ese pensamiento. Y no hace falta remontarse demasiado en el tiempo y en el espacio para detectar esos actos de real intolerancia a quienes osan discrepar con el pensamiento dominante. Y por si alguno tiene la osadía de hacerlo, ya está prontas las cuadrillas de "efectivos" que mediante escraches, insultos y otras formas de intolerancia se encargarán de que nadie que no piense como ellos pueda expresarse con plena libertad y tranquilad.

Pero, dejando de lado la acción deleznable de esta autoasignada "policía del pensamiento", esforcémonos en comprender que por cada derecho hay un deber que se genera. Y que cada libertad, exige un uso responsable. Fue también el poeta portugués y Premio Nobel de Literatura José Saramago quien señaló en 1998, precisamente cuando acudió a Estocolmo a recibir su Nobel, que "ningún derecho podrá subsistir sin la simetría de los deberes que le corresponden". Y añadió una frase final que es bueno tener en cuenta: "Con la misma vehemencia y la misma fuerza con que reivindicamos nuestros derechos, reivindiquemos también el deber del nuestro deberes. Tal vez así el mundo comience a ser un poco mejor".

Tenemos ahí dos binomios: libertad y responsabilidad; derechos y deberes. La sociedad actual hace más hincapié en la primera parte de los mismos y de ahí muchos de los problemas que se generan. Las naciones o los individuos que más poseen, tienen más responsabilidades frente a la sociedad. Quien reclama libertad debe usarla responsablemente. Quien reclama derechos debe pensar en los deberes correspondientes. Los unos sin los otros nos conducen al precipicio. Un país queda equilibrado cuando tiene las dos estatuas –a la Libertad y a la Responsabilidad- o cuando paralelamente a la Carta de Derechos, tiene una Carta de Deberes.

Sería bueno tenerlo presente en estos momentos de nuestra vida cívica, cuando se hace difícil disentir con el pensamiento de determinados colectivos, y donde las aguas de la caldera electoral comienzan a bullir de tal forma que todo debate racional sobre el presente y el futuro del país brilla por su ausencia y es sustituido por los argumentos ad hominen y por la falta de lógica. Difícil período se nos avecina si no cambiamos el chip y no recordamos a Frankl y a Saramago.
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