Seisgrados > REPORTAJE INTERNACIONAL

Los hmong, guardianes de las montañas

Un viaje por el corazón de las minorías étnicas más importantes del dragón del sudeste asiático. Una cultura milenaria que conjuga su sabiduría ancestral con un presente que recuerda los conflictos armados más importantes de Indochina

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23 de octubre de 2013 a las 15:44

Un punto extremo de oriente

Durante los últimos tres años estuve viviendo varios meses en el dragón del sudeste asiático. Principalmente enfocado en un proyecto documental sobre el circo nacional de Vietnam. Sin embargo, en cada una de las ocasiones que viví en Vietnam visité uno de los lugares más remotos del planeta. En las grandes montañas, en las provincias de Lao Cai, Song La y Cao Bang se encuentran algunos de los grupos minoritarios más conocidos del país: los hmong. Cuando querés ir al corazón de las montañas en Vietnam tenés que estar preparado para nuevas experiencias, incluso desde la salida en tren desde Hanói. El tren que parte tres veces por semana hacia la estación de Lao Cai, tiene un recorrido de unas siete horas aproximadamente sobre viejas y oxidadas vías. Las literas están hechas a medida de los asiáticos y no para una persona de un metro ochenta. Viajé toda la noche con los pies colgando. En Vietnam son bastante gritones y esta no era la excepción; a las 5 de la mañana un inspector recorría los vagones abriendo las puertas y gritando en vietnamita el nombre de la estación. Cuando salís de ahí, unos 10 conductores de camionetas te ofrecen llevarte a Sapa, la ciudad más grande y con más oferta turística de todo el norte. Debido a mi experiencia previa en Asia sabía que tenía que rega00tear, es una condición necesaria si uno viaja por el sudeste asiático, si no estará pagando por lo menos cuatro veces el precio del trayecto. Así fue que de 200 mil vietnam dongs terminé pagando 35 mil vietnam dongs tras unos 20 minutos de regateo y llevando a cabo una gran interpretación. Uno debe hacerse el enojado y amenazar varias veces con irse, cada vez que uno hace esto el precio baja considerablemente. Vietnam es el único país en el que fui y probablemente seré millonario. Cien dólares estadounidenses son aproximadamente 3 millones de vietnam dongs. El camino comienza a descubrirme lo que será una de las mejores experiencias de mi vida, subo por carreteras muy estrechas, entre la neblina, las terrazas de arroz, los nativos trabajando en ellas bajo interminables horas de sol. Empiezo a ver las pieles tostadas y los ojos rasgados, características que definen a los grupos socio culturales de nivel más bajo. El bambú se hace más presente, es la materia prima para las chozas y para casi todo lo que necesite un material resistente y barato. Por cierto, la sopa de bambú es uno de mis platos preferidos, realizada con los brotes tiernos.

Mamá Hmong
Ni bien llegás a Sapa te aborda un grupo enorme de hmong negras deseosas de ser tu guía y de venderte casi cualquier cosa. Pero soy fiel a mi guía y traductora, la que conocí en mi primer viaje a Vietnam (2009), así que comencé a buscarla. Ly es madre de cinco hijos, tiene 35 años y habla vietnamita, inglés, hmong, francés y, como ella dice, “litel of espanish...amigo amiga” . Al principio no la encontraba por ningún lado, pero no importaba porque el tiempo en Asia tiene otra connotación y sabía que tarde o temprano ella aparecería. Pasan los años y en esos lugares parece que todo se congelara en el tiempo. Mientras tanto, iba captando potenciales clientes para ella. Tenemos un arreglo: cuando voy a su casa tengo que llevarle dos o tres turistas para que pueda venderles las artesanías que realiza, y yo debo permanecer callado durante la venta y posterior regateo. Ella sabe que soy como uno más en ese aspecto. Desde el primer momento le dejé claro que era de Uruguay y no “american”. Así que durante el viaje hablé con una sueca y dos italianas y les prometí llevarlas a un lugar donde pocos llegan. Pasaron 40 minutos y no la veía, de repente allí apareció con su sonrisa de oreja a oreja diciendo “oh mai frend”, mucho tiempo sin vernos, me dijo en inglés. Alquilamos unas motos por 4 dólares diarios y nos fuimos a su casa, un entorno maravilloso donde la naturaleza muestra todo su esplendor. La aldea de Mao Chai esta ubicada a unos 360 km al noreste de Hanói .

El 70% de la población vietnamita vive en áreas rurales Vietnam es el país con mayor cantidad de minorías étnicas del mundo: 54, y el quinto productor de arroz Los hmong negros llegaron a Vietnam en el siglo XIX desde el sur de China


La comida Ngon
Su hogar, una típica casa hmong de madera, bambú y techo de paja. Pequeñas camas de madera sin colchón y con un fuego que se empleaba no solo para cocinar sino para secar diferentes vegetales. Su hija, que conocí con 14 años en mi primer viaje y fue quien me presentó a su madre, ya tenía a su primer niño y con su esposo, al que había conocido un año antes. Cuando recorrés las aldeas casi nunca ves niños jugando. Porque ahí los niños tienen responsabilidades a temprana edad, ya sea pastorear el ganado, cuidar a un miembro menor de su familia, sembrar arroz o trabajar en las tareas del hogar. Es mucho más común ver a las niñas trabajando que a los varones, está socialmente aceptado que el varón tenga momentos de ocio, pero las niñas siempre tienen asignadas labores, ya sea en el campo o el hogar. Cuando uno camina en las montañas se siente pequeño, absorbido por la inmensidad del paisaje . Les aconseje a mis inexpertas acompañantes que no tomaran el agua de la canilla, que no es potable, y que si tenían problemas de estómago solo comieran arroz. El padre de la familia, alegre de verme, quiso agasajarme con una cabeza de cerdo que estaba ahumándose arriba del fogón, me preguntó ¿te gusta el cerdo? Mientras quitaba las pequeñas cucarachas que tenía dentro y fuera. Al ver mi cara con un simple gesto me hizo entender que no había problema y dijo en vietnamita: “ngon”, que quiere decir delicioso. Gracias a mi básico conocimiento de la lengua tenía posibilidades de comunicarme de una forma más cercana. Una vez que uno se acostumbra a comer arroz le parece delicioso y aunque parezca una comida muy sencilla hay muchas variedades y formas de hacerlo, durante mi estadía conté hasta 20 formas. En este caso era un cuenco de arroz blanco para cada uno, con unas verduras salteadas y, para quien quisiera, trocitos de cerdo. Siempre la comida va acompañada de un pequeño cuenco con un ají de los de la mala palabra, picado con vinagre. De regreso a la casa, ya para despedir a nuestras turistas, comienza el mercadillo en la choza. Ly sacó todo lo que tenía y comenzó a venderlo. Yo simplemente asentía con la cabeza. Les vendió unos bolsitos hechos a mano y una camisa de tejido natural. Después de muchas sonrisas y quedando todos felices, nuestras acompañantes siguieron su viaje y yo me quedé en mi hogar hmong. Una familia trabajando en la siembra y cosecha del arroz puede ganar 50 dólares mensuales, la venta a turistas de sus productos le puede significar ganar cuatro veces esa cifra. En la noche, luego de cenar, mi mamá hmong me invitó a tomar la llamada “happy water”. Un licor de arroz con muchas hierbas. Luego de varios vasitos comenzamos a reírnos mucho. Ahí entendí el porqué del nombre.

El ananá más rico
Al día siguiente amanecí muy temprano. Es imperioso despertarse a las cinco de la mañana para tener la mejor luz para hacer fotos. Me despido de la familia. Ly me regala un bolso de los que vende a los turistas, me dice que me espera el año próximo y me agradece por la visita. Comienzo un viaje por la frontera entre Vietnam y China, sin rumbo. Intentando contactar con otros hmong, otras familias y disfrutando del paisaje. Me siento muy libre. No me importa mucho qué comeré, llevo una bolsita de noodles por la que pagué menos de 10 céntimos de dólar y una botella con agua. Me quedaban en el bolsillo menos de 10 dólares para volver a Hanói. Donde me atrapa la noche allí duermo, el primer día me recosté en un portal de una escuela rural. El techo de la entrada sirvió como refugio para la tormenta. Me encontraba a unos 8 km de China. Al día siguiente me desperté rumbo al mercado de Cau Cau, un lugar lleno de colores, invadido por la vestimenta de los hmong flor. Me gustaba observarlos cómo negociaban sus productos, unas bananas, un cerdo o lo que tuvieran para intercambiar. Mi ruta continúa y comienzo a bordear la frontera con China. Veo carteles en chino y por momentos parece que estoy de ese lado. El camino es muy zigzagueante pero el mejor para conducir una moto. Voy parando donde quiero, donde me gusta o me siento cómodo. Encuentro un grupo de trabajadores que están cosechando ananás. Los de allí son más pequeños y redondos pero extremadamente dulces. No hablaban inglés y muy poco de vietnamita, pero con los gestos nos hacíamos entender. Una de las mujeres me ofreció uno. Fue la fruta más rica que comí en mi vida. El perfume que desprendía quedó impregnado en mis manos toda la tarde. Me senté a comer otra más, contemplando el valle, mirando a los trabajadores. No hice fotos, porque ese momento lo quise guardar para mí. Lo guardo en mi memoria como una de los mejores momentos vividos. Allí estaba. Solo, al otro lado del mundo, viviendo una experiencia que me cambiaría para siempre.

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