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Narcos México: país nuevo, nuevos personajes, la misma identidad

La serie de Netflix se mudó al norte para contar, con nuevo elenco, la historia del cartel de Guadalajara

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01 de diciembre de 2018 a las 05:01

Basta con prestar atención a los titulares que llegan cada tanto desde México para ver que la frase inicial de la cuarta entrega de Narcos es muy cierta. "Les voy a contar una historia –dice el narrador, un estadounidense que no veremos hasta el final de la temporada–. Pero para ser honesto, no tiene un final feliz. De hecho, ni siquiera tiene un final".

Mientras que en Colombia los carteles de Medellín –liderado por Pablo Escobar– y de Cali  –liderado por los hermanos Rodríguez Orejuela, Chepe Santacruz y Pacho Herrera– fueron desarticulados y sus historias concluyeron, el narcotráfico y la violencia vinculada a esta actividad criminal sigue siendo uno de los grandes dramas de México. En 2016, Netflix publicó, por el Día de los Inocentes, un video en el que presentaba una versión de la serie enfocada en el cartel de Sinaloa de Joaquín "el Chapo" Guzmán. Dos años después, el servicio de streaming no contó esa historia, pero sí narró los orígenes de esa saga que sigue hasta hoy, sin conclusión aparente. Quizá, en unas cuantas temporadas, se llegue hasta ahí. 

Sin ir más lejos, en el segundo episodio ya aparece Guzmán, encarnado por Alejandro Edda. Aquí es un simple sicario, porque esta no es su historia, es la historia del cartel de Guadalajara y del "jefe de jefes", Miguel Ángel Félix Gallardo. Secundado por Rafael Caro y Ernesto "Neto" Fonseca, esta nueva temporada narra la conformación de la primera gran unión criminal mexicana y cómo inundó Estados Unidos con drogas: primero con marihuana, y luego con cocaína. 

Era el paso siguiente más lógico para esta serie, que ya había contado los puntos principales de la parte colombiana de la lucha contra el tráfico de drogas. Con ese mercado agotado, Narcos se trasladó al norte para una cuarta temporada, que se presenta como una serie aparte. Es cierto que es un buen punto de entrada si no se vio ninguna de las temporadas anteriores, pero también se disfruta si se conoce lo anterior. De hecho, en un momento el narrador dice: "Supongo que ya son expertos en la cocaína colombiana, pero en México las cosas son distintas". Y como los criminales de ambos países estaban vinculados, el quinto capítulo de esta nueva entrega permite volver a ver escenarios y caras muy, muy conocidas. 

El cambio de locación viene acompañado de un cambio estético importante. La versión de México en 1985 que vemos muestra un país más moderno, a la moda y vistoso que Colombia (aunque las historias transcurren en paralelo); la fotografía de la serie, también, se ve más vibrante, más lujosa, más impactante. Hay planos donde se nota que el sol del desierto quema, y hay un filtro de cámara filmadora vieja que le da un toque diferente. 

Mientras que en las temporadas colombianas se veía un combate abierto entre los criminales y las fuerzas de la ley –con el apoyo de la agencia antidrogas estadounidense, la DEA–, al comienzo de Narcos: México la amenaza aún no es tomada demasiado en serio, la agencia recién se está formando, nadie los conoce, y aún no se sabe muy bien cómo enfrentar al narcotráfico a gran escala. Es un mundo bastante diferente. 

En ese contexto, Gallardo, un expolicía de Sinaloa, decide reunir bajo su puño a todos los capos mexicanos e iniciar un imperio criminal como nunca se vio. Diego Luna presenta un personaje inseguro, violento, poderoso, familiar y trágico al mismo tiempo. Es un tipo tan capaz de matar a un rival en un arranque de furia como de asustarse cuando lo apuntan con un arma; de preocuparse por su esposa y sus dos hijos y también de hacer lo que sea para que prospere el negocio. No llega a ser un personaje tan magnético como el Pablo Escobar del brasileño Wagner Moura, pero es un papel central complejo y atractivo. 

Del otro lado está el agente de la DEA Enrique "Kiki" Camarena (advertencia: no guglee si no quiere llevarse una sorpresa), un mexicano nacionalizado estadounidense que es enviado de nuevo a su país de origen para avanzar en su carrera, y allí comienza a obsesionarse con la cacería del cartel de Guadalajara. Este personaje, interpretado por Michael Peña, aparece como una versión opuesta de Gallardo; está dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias para hacer su trabajo, pero también tiene una familia que cuidar. Como suele pasar, el malo termina siendo más interesante que el bueno, pero Camarena se erige como un buen contrapunto. 

La serie mantiene su perspectiva yanqui. No deja de ser el relato de la lucha de Estados Unidos contra el ingreso de estupefacientes. Y Camarena, aunque es mexicano, habla sobre todo en inglés tanto en casa como en el trabajo, cosa de que el espectador lo entienda bien, se afilie más a él, y se preocupe por él, como ya sucedía con la dupla de agentes Murphy y Peña en las temporadas anteriores. 

El gran debe de esta temporada de Narcos es que luego de tres entregas muy sólidas a nivel narrativo, aquí la historia no es tan firme. Por momentos se siente esquemática y complicada, lo que se suma a episodios largos y densos. Y aunque algunos personajes tienen grandes evoluciones (como Neto, que es tanto mentor y consejero como molestia para Gallardo, y pasa de momentos de humor a pasajes oscuros), otros avanzan a tropezones. De todas formas los actores en los roles principales muestran su talento y hacen que los personajes sean de lo mejor de esta serie, lo que se suma a un destacado apartado visual. Conclusión: esta nueva versión de Narcos es igual de entretenida e intensa que su versión colombiana. 

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