Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

Primavera lluviosa y otoño de luz

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26 de mayo de 2019 a las 05:00

Primavera lluviosa en Oxford
 

Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford, para Magdalena Reyes Puig
Querida Magdalena:

En los diarios que Emma Thompson escribió durante la filmación de Sense & Sensibility, se cita una sentencia llena de resignación del conocido actor británico Hugh Grant: “En Inglaterra, lo que arruina todos los planes es el clima”. 

Una vida entera en Inglaterra me ha dado la costumbre del clima de estas tierras, y alguna sabiduría acerca de qué puede o no esperarse de él en determinadas épocas del año. En general, estoy de acuerdo con Hugh Grant. Y ante la pregunta existencial que todos nos hacemos, a más tardar, a la hora del desayuno -¿qué tiempo va a hacer hoy?-, mi respuesta más sensata será siempre: “Sin duda alguna, lloverá”. (Y me alegraré un poco si me equivoco, como nos explicaba Seymour Glass un par de semanas atrás).

Entiendo que lluvias tan constantes puedan no ser del gusto de todo el mundo. Y que, en primavera, cuando por una determinación biológica que todos compartimos, la esperanza del buen tiempo habita en muchos corazones, las precipitaciones permanentes, los inesperados chubascos, los vientos húmedos del Atlántico e, incluso, algunos días fríos que parecen regresarnos al invierno, puedan ser frustrantes en diverso grado. 

Noto esta frustración especialmente en María, mi querida mujer y traductora. Para ella, que se crió en España, el clima nuestro no es que sea incomprensible: es inaceptable. En Madrid, cuando la primavera llega es, casi siempre, lo que se espera de ella: un plano inclinado hacia la calidez soñada del verano. Se dice que, en Madrid, hay “nueve meses de invierno y dos de infierno”, como para señalar los rigores extremos del clima continental, pero la verdad es que he disfrutado allí de algunas preciosas y templadas primaveras. Y aunque mienta un tanto así, puedo suscribir lo que dijo Ramón Gómez de la Serna en sus Nostalgias de Madrid: que allí, “hay que poner los paraguas en remojo”. Ciertamente en Madrid también llueve a veces. Pero cierro los ojos y no puedo recordar ni un solo día lluvioso en Madrid; como si, por una misteriosa bendición, mi británica memoria estuviera condenada a no otra cosa que a los cielos claros de los frescos de San Antonio de la Florida, en los que, como decía un poeta que ya ha muerto, “el cielo de Madrid casi se toca…”.

Cuando uno ha crecido en esa claridad, puede resultar difícil mirar con resignación los cielos de Gran Bretaña donde, como es sabido, los inviernos no son demasiado rigurosos debido a la Corriente del Golfo, pero donde, en contrapartida, parece reinar un otoño constante, con independencia de la estación oficial. Si nos limitamos a Oxford, donde las precipitaciones son más o menos parejas durante los doce meses del año, sería poco razonable sentirse defraudado cuando llueve. Yo veo, sin embargo, sufrir a María, aún ahora, después de 30 años en Oxford, por esa nostalgia del sol. La veo asomarse a las ventanas y otear el horizonte, con una esperanza que a mí me falta: la de que esas nubes tan constantes y esa agua “tan mojada” –como señalaban los hombrecillos de Blancanieves– estén a punto de abrirse o de cesar, y de transmutar su cerrazón constante en soleada primavera.

Nada de eso, en cambio, es importante para mí, ni afecta mi ánimo. No tengo, a decir verdad, ni siquiera el instinto de protegerme, cuando llueve, de la lluvia. Al salir de casa, no recuerdo si me he puesto el sombrero, o el impermeable. Pienso en si he cerrado la puerta con llave; seguramente repaso algunos detalles técnicos de la bicicleta, para asegurarme de que habré de llegar pedaleando, desde mi casa, a las bibliotecas del Trinity College. Sólo entonces, si el agua fría (y mojada) me da en la cara, volviendo en mí, me doy cuenta de que sí me he preparado para el encuentro con la lluvia, aunque de un modo inconsciente, porque estoy metido en el impermeable Campbell, de Grenfell, de color azul Navy, y llevo puesto el sombrero australiano de lona del mismo color, que compré en abril de 1971 en Portobello Rd.

¡Pero no soy un marido insensible! Antes de empezar a pedalear, miro hacia atrás y advierto el precioso rostro de María en la ventana, escudriñando las nubes. Y deseo para ella, con todas mis fuerzas, el cósmico regalo de unos pocos segundos de sol que suavicen su inmensa, su incurable nostalgia infantil.

Cuando uno ha crecido en esa claridad, puede resultar difícil mirar con resignación los cielos de Gran Bretaña donde, como es sabido, los inviernos no son demasiado rigurosos debido a la Corriente del Golfo, pero donde, en contrapartida, parece reinar un otoño constante, con independencia de la estación oficial.

 

Otoño de luz en Montevideo

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College
Estimado Leslie

Su última misiva me hizo tomar conciencia del extenso recorrido que realizan nuestras cartas cada semana.  Los vertiginosos avances tecnológicos de este siglo XXI surten sus efectos –tanto perjudiciales como benéficos- no sólo en el ámbito objetivo de la vida práctica, sino también en un nivel más subjetivo, en el cual se moldea nuestra percepción de la realidad,  junto a nuestra forma de ser y estar en el mundo. 

La inmediatez del e-mail inmuniza a la conciencia de la distancia que nos separa, incitando la ilusoria creencia de que podemos superar la singularidad que hace al carácter contingente y relativo de las expresiones humanas. En el mundo globalizado, el “yo soy yo, y mi circunstancia” de Ortega y Gasset suena como un adagio añejo: hoy nos encontramos todos virtualmente conectados bajo una nube que cubre la naturaleza particular de toda circunstancia. Por esto, su carta disparó en mí un despertar de la conciencia que me mantuvo reflexionando acerca del entendimiento humano en las sociedades más tecnocratizadas.  

Mientras usted se aclimata (con su impermeable Campbell azul Navy y su sombrero de lona haciendo juego) a la primavera oxoniense, yo me debato (con bufandas y almohadas mullidas) contra un sol que se escabulle cada día más tempranamente en este otoño montevideano. 

Esto no nos impide pensar juntos a través de este diálogo epistolar –y la tecnología es para esto un coadyuvante fundamental, al menos para garantizarle a El Observador un contrapunto semanal–. Sin embargo, le confieso que hasta ahora no era plenamente consciente de lo disímiles que son nuestras circunstancias. Como en el mapa titulado “América invertida”, obra del genial artista plástico uruguayo Joaquín Torres García, donde se sugiere que la posición geográfica moldea nuestra concepción del mundo, y que la “realidad” difiere según el hemisferio desde donde es percibida e interpretada. 

No sé si coincidirá conmigo, pero hay en los clichés más verdad que lo que estamos generalmente dispuestos a admitir. Por eso, no debemos desestimar la paradójica sugerencia de que en la era de la comunicación nos encontramos cada vez más conectados, pero también más incomunicados. El desarrollo de la tecnología ha traído consigo una creciente proliferación de la información, columna vertebral de la aldea global en la cual estamos todos endémicamente conectados. Sin embargo, como en la cita de Bradbury, este superávit de información sumerge a nuestra conciencia en la creencia falaz de que para saber, basta con estar conectado a la red informática que despacha noticias cual fábrica de productos masificados.    

Ahora se me ocurre que es muy probable que las buenas nuevas del nacimiento de Archie Harrison Mountbatten-Windsor nos hayan llegado a ambos en forma prácticamente simultánea. Pero también es muy posible que este hecho haya tenido, para usted y para mí, diversos significados: hete aquí la clave para distinguir a la información somera del conocimiento sustancial.  Podría usted contarme su parecer acerca de la trascendencia social y mediática del nacimiento de un royal baby, pero yo sólo conseguiré comprenderlo genuinamente si tomo en cuenta su circunstancia particular, porque de seguro su interpretación no sería la misma si fuera un bibliotecario limeño en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. 

Deberíamos tomar la máxima de Ortega y Gasset y convertirla en trending topic en las redes sociales –aunque sospecho que usted no necesita nada de esto para adivinar el sentido profundo de dicha sentencia, y aplicarla en su vida práctica: su sensibilidad ante la nostalgia infantil de su mujer por los cielos claros madrileños hablan de cuán arraigada está en usted la sentencia orteguiana–. 

Por último, quisiera contarle que el otoño ya no es solo esa estación en la que sol se vuelve cada día más tacaño, mientras el frío y la melatonina conspiran con él para inducirme en el letargo que atenta contra el cumplimiento de mis obligaciones cotidianas. Con el despertar de la conciencia que generó en mí su carta, el otoño se llenó de luz, y pude comulgar con las palabras de Junichiro Tanizaki en “El cortador de cañas”:  “Tú seguramente no entiendes la tristeza de esta noche de otoño, pero ya llegará el día en que puedas comprenderla”.

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