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Recuerdos, subastas y habitaciones vacías: así son los últimos días del Hotel San Rafael

El icónico hotel de Punta del Este vive sus horas finales antes de su inminente modernización

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08 de diciembre de 2018 a las 05:04

Una gota cae desde el techo y engrosa un estanque en el cemento de una sala de reuniones abandonada. El agua estancada en el piso sucio del antiguo casino refleja la luz que entra por los ventanales del techo. Dos palomas se cuelan entre las rendijas de la sala de la piscina cerrada y se pierden en un agujero del techo destruido; seguramente vayan camino a un nido oculto en las alturas. Desde los pisos superiores, donde las ventanas no se pueden abrir y las cortinas se mueven en las habitaciones vacías, se escucha el murmullo de las olas. Un perro ladra a lo lejos, mientras los hombres de la mudanza recorren los salones acarreando muebles, vidrios y percheros. Una niña juega detrás del mostrador desde donde se atendía a los huéspedes. Los colchones, las pantallas de veladoras, los televisores viejos, los candelabros, las perchas; todo se amontona en uno de los salones comedores. En los casilleros del casino, el vidrio que dice “Venta de fichas” está partido al medio y ahora solo dice “Fichas”. Los yuyos se meten por el colador en el que se ha convertido una habitación del ala oeste. Dos mujeres doblan ropa de cama sellada con el escudo del hotel en el hall principal. Los jardines siguen reluciendo como antes, solo que el pasto está un poco más crecido. Las tejas se siguen cayendo; suenan a hueco cuando se parten. Hay conversaciones, se escuchan los teléfonos, hay deforestación material, hay presencia humana que va de acá para allá. El hotel agoniza, está en coma, pero sigue vivo. Afuera, una ráfaga fría de diciembre golpea sus muros; adentro, el San Rafael se prepara para salir de su estado vegetal.

Hay decenas de imágenes de las que servirse.  El San Rafael, en sus últimos días, es una colección de estampas de otra época, de una Punta del Este menos populosa y, según dicen los que saben, más exclusiva que ahora. Hace tiempo que en el edificio ya no hay “pasajeros”; su nave central y las dos alas que lo coronan como una gigantesca H se están vaciando, esperando una renovación que comenzará dentro de poco. Hoy solo quedan jornaleros esporádicos que trillan las instalaciones tratando de acondicionar todo para el “traspaso de mando”. Ellos son los últimos testigos de las reacciones de quienes visitan el edificio por estos días, de los que se someten al bombardeo de sensaciones. Los que sienten el espíritu del lugar cuando pisan sus baldosas por primera vez.

En estos días de ultimátums y despedidas, el hotel se siente en el cuerpo: la boca y los ojos se abren asombrados ante su arquitectura, las narinas se impregnan de olor a viejo y el gusto a polvo levantado por la mudanza queda en el paladar. Es extraño y contradictorio que estas experiencias refieran a un desenlace y sean, al mismo tiempo, un comienzo; por eso, deberíamos hablar más de un punto y aparte que de un final. No son, ni serán, los últimos días del hotel. El tono crepuscular del edificio hoy opaca casi todo, pero próximamente las puertas volverán a abrirse para nuevos huéspedes, las estancias se animarán con las conversaciones de los recién llegados y el casco original seguirá estando disponible para el disfrute visual. Habrá cambios, sí. La diferencia será neurálgica. Y aun así, permanecerá.

La transformación comenzará, en esencia, a partir del 20 de diciembre. Sobre esa fecha, una nueva empresa –el Grupo Cipriani– tomará las riendas del hotel y pautará las obras que harán realidad el segundo y polémico diseño del arquitecto uruguayo Rafael Viñoly, que se aprobó en julio de este año tras el descarte de la primera –y aún más polémica– propuesta.

La obra demorará años; se habla de unos cinco para ponerlo en funcionamiento y luego uno más para dejarlo, finalmente, terminado. Se emplearán 1.000 obreros en esa primera parte y 800 en la segunda. Cuando todo termine, el nuevo San Rafael tendrá dos estructuras horizontales y perpendiculares, y alcanzará una altura total de casi 100 metros. Dos obleas gigantescas y modernas que, de cara al océano Atlántico, destacarán en el horizonte de Punta del Este. 

Pero para eso falta. Porque primero hay que quitar todos los elementos y las pertenencias del hotel. Muchos fueron e irán a diferentes subastas realizadas en La Barra. Otros se vendieron especialmente en el hotel. Y en medio de esas ventas, coordinaciones, ordenamientos y ajetreados días finales está Carlos Dotres, un hombre que conoce bien el lugar: desde mediados de la década de 1980 y hasta 2015, vivió allí, en el hotel. Hoy, a sus 65 años, lo despide definitivamente.

Un suvenir  

Dos hombres discuten con Dotres en la recepción. Quieren el mueble pero con 15 llaves. Si no, no tiene sentido, argumentan. Dotres duda, piensa, dice que va a hablar con la dueña de todo. Cuando vuelve, arreglan en 10 llaves. Los hombres, que no tienen acento local, se llevan el pesado guardallaves desmontado en dos partes con rostros conformes.

“Ahora sí”, dice el veterano mientras se sienta en uno de los pocos sillones que quedan. “Disculpame. Son días complicados”. El timbre de la puerta suena por tercera vez en media hora. “Todos quieren llevarse una llave. Es el recuerdo más pedido, tienen el sello del hotel. Pero el problema es que tenemos varios compromisos con empresas, no podemos venderlas todas. Hay que negociar”.

Dotres es parte del hotel desde mediados de la década de 1980, momento en el que la actual propietaria, Yolanda Manoukian de Merlo, lo contrató para trabajar en relaciones públicas de la empresa. Desde ese momento, pasó a ser un hombre de confianza de la gerencia y el hotel se convirtió en un escenario más de su vida cotidiana.

Hoy Dotres está jubilado. Abandonó su residencia en el hotel en 2015, cuando este cerró definitivamente sus puertas. Por eso, estos días de constante permanencia le revuelven el caldo de la memoria y le despiertan sensaciones familiares, pero extrañas. 

Para todos allí son días ajetreados y de negocios. El guardallaves que inició la discusión, por ejemplo, es una de las tantas cosas que se vendieron dentro del edificio, así como el piano de concierto Steinway que se fue hace unos días –uno de los tres que había en el hotel– y un calienta carnes y salsas sellado que compró el cocinero Jean-Paul Bondoux, dueño del sofisticado restaurante La Bourgogne de Punta del Este.

Pero esas son piezas especiales. Únicas. La mayoría –el mobiliario, las sábanas, los colchones, las lámparas y varios elementos similares– se rematarán este sábado 8 en la Punta, a la hora 13. Es la segunda subasta de las pertenencias del hotel que se hace –la primera fue a principios de noviembre– y no será la última, ya que todos los elementos de plata del hotel –la vajilla, las bandejas, los candelabros– irán a otro remate que se hará en medio de la temporada que comienza en unas pocas semanas. A esa subasta también se mandará toda la obra pictórica del hotel. El objetivo de esta separación es, en términos utilizados por Dotres, no “malvender” los bienes más preciados del San Rafael.

La mudanza debe ejecutarse de manera completa antes del 20 de diciembre, momento en que los actuales propietarios cederán su lugar al grupo italiano Cipriani. Y así, a la nueva obra. 

Lo que el Conrad se llevó

El San Rafael cumple 70 años este 11 de diciembre. Se inauguró en 1948 y pasó por varias etapas y dueños. La primera gestión estuvo a cargo de la familia Pizzorno y Manoukian lo compró en 1968, cuando estaba por rematarse debido a deudas fiscales.

Antes y después de esa compra, el hotel fue escenario y hospedaje de algunas visitas destacables. Entre los rostros célebres que desfilaron por los pasillos que hoy se desmantelan están los de los reyes de España, Cantinflas, Henry Ford, Ernesto “Che” Guevara, Julio Iglesias, Buzz Aldrin, Joan Fontaine y Glen Miller. Fue escenario, también, de una recordada reunión de presidentes americanos, en 1967.

“Personajes por acá pasaron montones. Hay muchísimos que yo no llegué a ver, pero la historia del hotel que incluye al Che Guevara, a los reyes de España, a artistas, de todo. Es larguísima la lista. Acá actuó hasta la orquesta de Glen Miller. Hasta astronautas pasaron” - Carlos Dotres, Ex RRPP del San Rafael

Dotres rememora especialmente una visita del dictador chileno Augusto Pinochet, que llegó en medio de su gobierno de facto y que reservó dos pisos: uno para su guardia y otro para él. Recuerda que Punta del Este lo recibió con una manifestación en la puerta del hotel. “Él andaba como si nada por los pasillos del hotel. De noche su guardia se iba a bailar a un boliche de acá enfrente y él quedaba desprotegido acá nomás”.

Sin embargo, esa época de oro –en la que destacaba también el boliche Le Carroussel anexo– se terminó antes de que el hotel cumpliera los 50 años: en 1997, el Conrad se instaló en la península y cambió las reglas. “Fue un golpe para nosotros. La empresa se había dispuesto a hacer muchas inversiones millonarias y, cuando llegó, el Estado nos sacó el Casino para llevarlo al Conrad”, recuerda Dotres. 

Hay algunas pistas, todavía perennes, de cómo el San Rafael entendió que perdía pie en el balneario e intentaba mantenerse a flote, al menos en la consideración pública. Se evidencia , por ejemplo, en un folleto de fines de los años de 1990 en el que se trata de resaltar el diseño del edificio por encima de la “construcción en serie” que empezó a poblar esa zona del este uruguayo en la última década del siglo XX. “Tanto lustre y acumulación de prestigio solo resultan explicables cuando se admite que el Hotel San Rafael ha sido absolutamente identificable y no el calco mastodóntico y en serie que es habitual en otros lugares del mundo”, dice el párrafo que cierra el texto. Es –y sigue siendo–una declaración de principios ante un cambio de milenio que lo encontraba aguantando los cimbronazos de la modernización de Punta del Este. Y perdiendo.

El San Rafael cayó, entonces, en un espiral de decadencia que lo obligó al cierre y del que, con esta  nueva obra, busca levantarse. Dotres no puede ocultar su cariño por el edificio y por eso guarda esperanzas de que, en efecto, así sea. “Me encanta el proyecto. El primero no me desagradaba tampoco, pero lo que pasa es que era difícil de poder plasmar. Fijate que un rascacielos de esos y de ladrillos... No era muy viable. Este está más pensado y va a resaltar muy bien el hotel, lo antiguo contra lo moderno”.

Un nuevo timbrazo lo interrumpe. En ese momento, pasa Carolina, una de las hijas de la dueña del hotel y Dotres la llama. Carolina se excusa con la mano, saluda amablemente y se pierde apurada por el hall. De lejos se ve que se pone a ayudar a las dos señoras contratadas que siguen doblando sábanas desde hace unas dos horas. “Como ves, no son días normales”, se ríe el hombre. Pero sí. Los finales sí son normales; la historia fluye al ritmo de ciclos que tiene un inicio y un final, un despertar y un ocaso, que marcan a quienes los viven y que permanecen y después se mueren. Dotres y el resto saben que un largo ciclo del hotel llegó a su fin. No significa, en tanto, el punto final para su historia; es tan solo una pausa, un impulso enérgico con el que intentará emerger con fuerza y, tal vez, volver a ser lo que fue.

Subastas. Los remates comenzaron hace más de un mes. El primero fue a principios de noviembre y el segundo será este sábado 8 a partir de las 13 en la calle 27 y la rambla, frente a El Emir. Habrá otro más adelante, en plena temporada.
Archivo. El hotel tiene una gran archivo fotográfico que se encuentra guardado. Dotres aseguró que se planea ordenarlo, clasificarlo y mostrarlo en una exposición que, posiblemente, se haga en la sede del municipio de Punta del Este.
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