Parada 1: Asentamientos a la altura del Bulevar Batlle y Ordóñez
Hace mucho frío y el parque Andalucía, también conocido como parque Lineal, situado sobre el Bulevar Batlle y Ordoñez, está prácticamente desierto, pero libre de basura. A escasos metros, al otro lado del arroyo Miguelete, donde se encuentra el asentamiento Las Duranas, la situación es muy diferente.
El espacio se recarga de precarias construcciones, ropa colgada y basura que resbala por la pendiente para descansar en el arroyo. A un lado, el orgullo de la Intendencia de Montevideo (IMM) y una batalla ganada a la marginalidad, al otro el símbolo del largo camino que queda por recorrer. De acuerdo con Daniel Espósito, director de Espacios Públicos de la IMM, recién se ha realizado el 30% del plan, en el cual se han invertido unos US$ 20 millones. Espósito estima que se necesitan de ocho a 12 de años más de inversión permanente para que el trabajo esté finalizado.
Hasta el año 2005, unas 300 familias vivían en el asentamiento 25 de Mayo, ubicado donde hoy se encuentra el parque Andalucía, que fueron realojadas. El plan de la IMM es extender el parque Lineal hasta Casavalle, por un lado, y al Prado, por otro, para crear un espacio verde que devuelva al Miguelete al lugar de paseo montevideano que supo tener en el pasado.
También hay un proyecto de poner en el lugar de la cancha de La Luz, frente al parque y sin utilizar por razones de seguridad, una escuela de oficios cortos de la UTU. En la actualidad se están construyendo viviendas cercanas para realojar a las personas que viven en Las Duranas y en el asentamiento Joanicó, al otro lado de José Batlle y Ordóñez. Ambos agrupan a unas 300 familias.
Santana, un jubilado de 75 años, que vive de cara al ensordecedor ruido de vehículos que transitan la avenida, está contento de poder irse de la zona, aunque reconoce que algunos de sus vecinos no lo están. “La gente es difícil de conformar, le dan una vivienda hasta con un baño. La mayoría de la gente para el baño pone un balde y lo tira en el puente”, señala.
Su vecino, Julio, un clasificador de 57 años con tres décadas en el oficio, también cuenta los días para irse. “Mucha gente viene y habla pero yo los quiero ver acá una semana nomás”, comenta este exobrero de la construcción, quien cuida a su nieta porque su hijo “agarró para la pasta base”. No tiene caballo, porque se lo robaron, pero tres veces por semana camina hasta el centro con su carrito.
“El Miguelete, para lo que era antes, es un lujo”, comenta, aunque la basura se siga acumulando a las orillas y en el exterior de su propia vivienda. Los residuos que descarta, dice, no los tira en el arroyo, aunque tampoco utiliza el ecopunto que está ubicado en el lado trasero del asentamiento. “Nunca fui, porque ellos lo hicieron pero no le dijeron nada a la gente. No lo usa nadie”, señala. El ecopunto de Joanicó parece demasiado inmaculado para ser utilizado. Marisol, quien trabaja allí, reconoce que los recicladores no lo usan y que es muy raro ver a un caballo tomar agua en las piletas del lugar. La IMM planea convertir estos espacios en recintos para el acopio y la separación del plástico.
María de los Ángeles es una de las vecinas a las que realojaron del asentamiento 25 de Agosto, cerca de Aparicio Saravia. Está contenta con la mudanza, pese a que pasó a una casa más chica de la que tenía. “Hubo un cambio bastante rápido que se notó en la gente”, comenta.
El tema de la basura, sin embargo, sigue sin solucionarse. Nadie reconoce tirarla, pero allí está. “Existen dos servicios de recolección, pero hay vecinos que esperan que doble el camión de la basura para salir a tirar la bolsa al arroyo”, sostiene.
Frente a su casa color verde se levantan otras dos de buen aspecto, aunque están vacías. De las casi 300 familias que se realojaron “no habremos ni 100”, dice María de los Ángeles y comenta que hay inmuebles que los propios vecinos vendieron por encima de los $ 100 mil tras la mudanza. El arquitecto Juan Curi, quien trabajó en los realojos del municipio G, señala que incluso llegó a ver una vivienda publicitada en internet a US$ 5.000 que se vendía por motivos “de viaje”. De acuerdo a Delia Rodríguez, del Plan de Asentamientos Irregulares (PIAI), cada casa le cuesta a la IMM unos US$ 50 mil.
Raúl, un jubilado en silla de ruedas que vive en una de las cooperativas de José Batlle y Ordóñez, destaca, como el resto de los vecinos de una zona donde también se encuentra el barrio 40 Semanas, la mejora en la seguridad. “Antes teníamos patrulleros todos los días”, dice. No obstante, los policías de la única unidad móvil que se encuentra a las orillas del Miguelete, situada en el parque Andalucía, sostienen que en los asentamientos no se meten porque los “cagan a pedradas”. Aunque todos saben dónde están las bocas de pasta base, y algún vecino dijo haberlas denunciado, la Policía sostiene que no hay denuncias. El robo de materiales para los realojos que proyectan hacerse en la zona es otro problema. “La intendencia le está haciendo casas a la misma gente que la está robando”, comenta uno de los agentes.
Parada 2: Casavalle e inserción rural del arroyo Hacia el norte del Miguelete, al otro lado del Bulevar Batlle y Ordóñez y hasta Instrucciones, la precariedad habitacional se transforma en el rasgo predominante del paisaje. Aunque no hay datos de la cantidad de gente que vive en asentamientos a orilla del arroyo, de acuerdo al relevamiento del Instituto Nacional de Estadística (INE), Montevideo tiene 412 de ellos, en los que viven 144.707 personas, el 11%, de la población departamental.
Compañero de un largo tramo del arroyo es el cementerio del Norte, cuyos muros lo separan del Miguelete, aunque se adentra en sus tierras uno de los principales afluentes y contaminantes del arroyo: la cañada de Casavalle.
Julio Figueredo, capataz del cementerio desde hace 35 años, destaca que después de que el arroyo se canalizó y el terreno se rellenó con escombros de la cárcel de Punta Carretas, ya no sufren inundaciones. “Hace 20 años quedaban sepulturas bajo el agua”, indica. También se terminaron los robos, bastante más recientes, de ladrones de los asentamientos que rodean el camposanto, ya que lo custodia una empresa de seguridad. “Antes era imponente, venías y tenías 20 o 30 tapas de nichos por el suelo”.
Pero la verdadera compañera de este tramo del Miguelete es la basura. “El mayor problema que tiene el arroyo tiene que ver con la cantidad de residuos sólidos que van a parar a sus márgenes, básicamente por los asentamientos de clasificadores”, señala Néstor Campal, director de Saneamiento de la IMM. En cuanto a los vertimientos líquidos, que años atrás convirtieron al Miguelete en el patio trasero del desarrollo industrial, Campal y la directora de Calidad de Agua del Laboratorio de Calidad Ambiental, Beatriz Brena, señalan que el cambio ha sido notorio a partir del Plan de Saneamiento y de la política de fiscalización de las fábricas que lo contaminaban, varias de las cuales fueron clausuradas. No obstante, unas 10 industrias siguen vertiendo al arroyo aunque, según Brena, están controlados sus niveles de contaminación. Espósito reconoció que aún hay otras que siguen deshaciéndose de sus residuos en el arroyo de forma ilegal.
De acuerdo al Laboratorio de Calidad Ambiental, el Miguelete pasó de tener en 2002 unas 7,6 unidades tóxicas, lo que equivale a la peor categoría del espectro (I: muy tóxico) a tener 1,9 unidades tóxicas en 2010, correspondiente al nivel III: moderadamente tóxico. Las aguas más deterioradas, que en 2002 eran las que van desde Luis Alberto Herrera a los accesos, pasaron de ser consideradas agua residual diluida a aguas brutas. Pero el Miguelete sigue presentando valores de coliformes fecales, cromo, plomo y oxígeno disuelto que no cumplen con la normativa, especialmente durante el verano, cuando la situación empeora por las menores precipitaciones, una mayor evaporación y la disminución del caudal.
Pese a la disminución de vertimientos líquidos, en la cañada de Matilde, otro de los afluentes del arroyo en Casavalle, las botellas de gaseosa, envases de cartón y planchas de poliestireno flotan en medio de una inquietante espuma blanca, algo que se repite en varios segmentos del recorrido y que preocupa a los vecinos. Campal lo atribuye a las pequeñas empresas ilegales de lavado de vehículos. Brena señala que se está estudiando el motivo de esta espuma, aunque todo apunta a que sea por el uso de detergentes.
Los criaderos de cerdos son otra preocupación. “El problema son los residuos con los que los alimentan. Hay criaderos que tienen entre 60 y 80 animales”, afirma Campal.
Eduardo, un taxista que vive frente a la cañada Matilde Pacheco, señala que hasta allí se acercan camiones y camionetas a desembarazarse de sus residuos y que no hay contenedores. Mientras habla, varios gatos corretean frente a su casa. “Tengo cuatro porque hay muchas ratas”, señala. Los robos son una constante. El cable de entrada de luz se lo hurtaron tres veces y se resignó a no tener un farol o un portón de madera: “A veces se roban las tapas de saneamiento y entonces sale el olor”.
Alejandro, otro vecino de 38 años, señala que al afluente del Miguelete también le llaman la cañada de las Ranas y recuerda que cuando era niño cazaba renacuajos y se acercaban de restaurantes a buscar estos anfibios.
En la esquina del Centro Nueva Vida, una institución de atención y educación no formal en el barrio Borro a la que acuden más de 200 niños y jóvenes, a pocos metros del Miguelete, se ve un coche incendiado. El director del centro, Luis Mayobre, conoce bien algunas de las problemáticas que afectan a la zona. Una de ellas le tocó vivirla en carne propia en la mañana de ese mismo día, cuando asistió al funeral de un joven de 19 años al que intentaban ayudar para abandonar la pasta base, quien fue asesinado en un ajuste de cuentas. Aunque los conflictos relacionados con la droga sigan aflorando, Mayobre afirma que la inseguridad ha disminuido. No obstante, según una encuesta de Equipos a vecinos de la zona, ocho de cada 10 hogares sufrieron algún evento violento.
Casavalle padece otros problemas, comenta Mayobre, como la escasez de recursos y de organización en las instituciones de salud y la falta de liceos (aunque hay uno en construcción) para dar cabida a la cantidad de jóvenes que tiene esta zona, que de 1996 a 2001 incrementó su población en el 56% mientras que Montevideo perdió 1% de sus habitantes. Pese a que la pobreza alcanza al 62% en el barrio, el asistencialismo estatal, señala Mayobre, ha ido en contra del cambio mental.
El Centro Nueva Vida tiene un convenio con la Universidad de Montevideo para estudiar los problemas de salud de los niños, en algunos de los cuales han detectado dificultades en el área cognitiva, para ver si algunas causas pueden provenir de la contaminación . Pablo Anzalone, de la división salud de la IMM, indicó que no hay un estudio epidemiológico.
Al otro lado del arroyo, cerca de Aparicio Saravia y avenida de las Instrucciones, las inundaciones, que en otras zonas del Miguelete están bastante contenidas, azotan a sus habitantes. “Tengo 17 años en este barrio y 17 inundaciones”, señala Jorge, un obrero de 35 años que vive con su mujer, que está pronta a parir, en una casa hecha con trozos de madera, cemento y chapa. “No tengo nada porque se estropea todo”, dice mostrando las paredes de su precario living lleno de humedad. “Las ratas parecen caballos”, comenta. Jorge quiere mudarse, pero de momento está construyendo una habitación con un poco más de altura para la pronta llegada de su bebé.
En el asentamiento de la zona de gruta de Lourdes ya no sufren las inundaciones del Miguelete pero sí los desbordes de las lluvias, que hacen subir los excrementos de los pozo negros. “Vivimos como chanchos”, señala Dinora, una de las vecinas.
Yendo hacia al área rural en dirección a la cuchilla de Pereyra, donde nace el Miguelete, la basura y el cemento ceden y el viajante encuentra otro afluente, el arroyo Mendoza. A simple vista presenta mejor aspecto, y el paisaje se vuelve más ameno, con casas rodeadas por amplios jardines. Pero los problemas no terminan. “Acá no hay saneamiento y el pozo negro no sirve porque se inunda. Cuando crece el arroyo, el agua me llega un metro adentro de la casa”, dice Silvia, que vive frente al afluente del Miguelete. De acuerdo al informe 2010 del Programa de Monitoreo de Cursos de Agua de la IMM, desde 2007 han crecido en forma notable los residuos sólidos en las zonas rurales del arroyo, algo que antes no se percibía. A esto se suma, además, un fenómeno invisible pero que afecta al Miguelete: los agrotóxicos. El laboratorio de calidad ambiental no tiene estudios al respecto.
Parada 3: El Prado y la bahía de Montevideo
Aunque la basura y la espuma no desaparezcan del Miguelete en su trayecto por los alrededores del Parque Posadas y el Prado, el arroyo aún conserva en este tramo las huellas naturales y arquitectónicas de un pasado esplendoroso. Algunas de esas huellas corren el riesgo de desaparecer mientras que otras todavía se erigen orgullosas con ánimo de ser redescubiertas.
En 1727, ante la reciente fundación de Montevideo, el coronel Mauricio de Zabala le encomendó al coronel Pedro Millán que repartiera a los nuevos pobladores chacras con fácil regadío para su labranza, a orillas del Miguelete. De esa época aún se conserva la construcción civil más antigua que hay en el país, la casa quinta de Joaquín de Viana, el primer gobernador de Montevideo, sobre la calle Atahona. Pese a ser considerada patrimonio histórico, tras el paso del tiempo y los robos, queda poco más que una fachada derruida de ladrillos.
“La han saqueado, en los noventa todavía era habitable, hace poco se llevaron las rejas”, sostiene la arquitecta Laura Carbia, autora junto a Flavia Andreatta y Elena Mazzini del libro Itinerario Prado. Huellas de la Belle Époque. Existe un proyecto de la IMM para recuperarla.
Entre mediados del siglo XIX y principios del XX, el Miguelete fue protagonista de su época de mayor lujo y la zona preferida de veraneo de las familias montevideanas. Fue el tiempo de las casas quinta, majestuosas mansiones que competían en el exotismo de su flora y el talante de sus edificaciones, lo que dio como resultado un eclecticismo arquitectónico que incluyó el estilo gótico, neorrománico, renacentista, italiano e incluso el chinesco y morisco.
Con la posterior construcción del parque del Prado muchas de esas casas quinta fueron demolidas y otras sufrieron el abandono o atravesaron grandes modificaciones. Las que mejor se conservan, como la quinta de Mendilharsu, actual Museo de Antropología, o la casa de Berro, sede de la Federación Universal para la Paz y la Unificación, por citar solo dos ejemplos, son las que están siendo utilizadas en la actualidad. “Muchas han sido declaradas monumentos históricos, pero no hay recursos para mantenerlas”, señala Carbia.
La casa quinta de Tucci, que cuenta con una gran terraza hacia el Miguelete, es una de las que corre peligro. Situada sobre la calle Valdenegro, sus cimientos conservan el esplendor de antaño, pero las ropas colgadas a un lado y al otro de la entrada revelan que es ocupada ilegalmente. Se trata de un asentamiento dentro de una casa. “Hay un hombre que hasta la regentea y todo”, indica Carbia.
A pocas cuadras, se encuentra un ejemplo opuesto, la antigua quinta de Piñeyrúa, sede del Hogar Schiaffino de mujeres mayores, una asociación civil sin fines de lucro que se mantiene con el ingreso de las ancianas. De acuerdo a Carbia, es una de las que mejor mantiene sus jardines, fachada y salón, que conserva el mobiliario de la época.
La grandilocuencia de sus techos con motivos gauchescos y moriscos transporta al visitante a los tiempos en que Pedro Piñeyrúa, apodado el príncipe de la fortuna, realizaba sus famosas fiestas. Sin embargo, el lugar solo abre sus puertas a grupos reducidos o durante el día del Patrimonio, algo que podría cambiar si se la integrara a un itinerario turístico organizado, algo desaprovechado en el Prado, afirma Carbia.
Un espacio de gran valor patrimonial que fue recuperado es el del Gran Hotel Paso Molino, en Agraciada y Zufriategui, que data de 1860 y supo ser un enclave central de la historia a orillas del Miguelete. Allí se albergaron, entre otros, Carlos Gardel y Jorge Luis Borges. El edificio se encontraba en decadencia cuando el arquitecto Daniel Majic lo compró. Hoy está siendo restaurado y funciona un multiespacio de recreo y cultura. El exhotel también ofrece una caminata guiada por el arroyo, llamada Senderos del Miguelete. “El circuito turístico del Prado es pobre, aunque se lo ha revalorizado un poco más. Falta descubrirlo”, comenta Ernesto Fernández, guía del recorrido.
En cuanto el visitante se va adentrando en el circuito, el sonido del arroyo se hace más audible así como el canto y la presencia de algunos pájaros. Hacia el final del tramo, sobre el puente de Buschental, se ve a un lado y al otro dos postales del contento y el descontento de los vecinos: por un lado, el nuevo punto deportivo, por el otro, la imagen abierta de la avenida Buschental, de la que fueron removidos recientemente decenas de árboles añosos.
“Hubo un repudio general y el sentimiento de que los árboles se arrancaron con violencia. Porque si están enfermos, está bien sacarlos, pero la Intendencia tendría que hacer un trabajo más gradual, nunca hubo un seguimiento a las plantas”, sostiene Fernández, que también trabaja en el Museo de Historia Natural y Antropología y es vecino de la zona.
Desde Agraciada a la desembocadura del Miguelete, trayecto que solía ser lugar de esparcimiento de la clase alta en años opulentos, el verde del Prado empieza a disminuir y asoman las casas bajas de los barrios de Capurro y La Teja. A la altura en que el Miguelete se adentra en la bahía de Montevideo y mezcla sus aguas con las del arroyo Pantanoso y el Río de la Plata, la refinería de ANCAP domina el paisaje. Allí, en el predio donde hoy llamea la chimenea de la refinería, se encuentran las huellas de los esclavos del Caserío de los Negros, lugar donde se alojaba a los esclavos provenientes de Brasil y África a fines del siglo XVIII.
Esta como tantas historias, algunas conocidas, otras por contarse, transformaron las orillas del Miguelete en los oídos perennes del más fiel confidente de los montevideanos.
El triste amor de Buschental
La historia de la quinta del Buen Retiro, del banquero alsaciano José de Buschental, que hoy representa la mayor parte del parque del Prado, tiene como origen un amor no correspondido. Buschental diseñó su espléndida morada rodeada de jardines majestuosos, para los que hizo traer especies de flora y fauna exóticas, llegando a tener monos, osos hormigueros y serpientes amazónicas, para complacer a su esposa María da Gloria de Sorocaba, nieta del emperador de Brasil. Sin embargo, su mujer decidió quedarse en Madrid y no visitó su fastuosa casa quinta hasta después del fallecimiento de Buschental en Londres, en 1870. Cuando finalmente vino a Montevideo lo hizo para vender los bienes de su esposo, tras lo cual regresó a Europa.