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Seis preguntas

Algunos cuestionamientos necesarios para esta campaña electoral 

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20 de febrero de 2019 a las 05:03

Es Uruguay. Las campañas electorales todavía giran más en torno a los candidatos en pugna que en torno a sus propuestas. Es probable que este sesgo sea inevitable. En todo caso, nos corresponde intentar contribuir, desde espacios como éste, a que el debate vaya más allá de lo anecdótico para concentrarse en lo que más importa: ¿de qué modo concreto los bloques políticos en pugna creen poder enfrentar los principales problemas del país? Siguiendo este razonamiento hasta el final, propongo en lo que sigue algunas preguntas exigentes. 

El Frente Amplio intentará concretar la hazaña de vencer en cuatro elecciones consecutivas. No es poco lo que tiene para mostrar respecto su gestión desde marzo de 2005 en adelante. En pocas palabras: puede exhibir un extenso ciclo de crecimiento económico y un esfuerzo extraordinario para favorecer a los trabajadores. Para retener el gobierno tendrá que rescatar lo hecho. Sin embargo, al mismo tiempo, deberá poder responder de modo convincente al menos tres preguntas sobre el futuro.

Uno. ¿De qué modo concreto cree poder mejorar el clima de inversión y relanzar el crecimiento económico? Entre 2005 y 2008 la economía voló. A partir de 2009 bajó un cambio. En 2015 se frenó. Desde 2017 en adelante retomó un crecimiento tímido. Ni los precios de los commodities ni la demanda regional es lo que supo ser. Es obvio que la microeconomía está bajo presión. La tasa de inversión se deprimió.

Muchas empresas cierran o dejan de contratar personal. Todos los candidatos del FA proponen, con mayor o menor énfasis, un giro hacia políticas de inspiración desarrollista (más innovación, ciencia y tecnología). Pero estas políticas cuestan dinero. Y también la macroeconomía está bajo presión. El déficit fiscal no puede aumentar: debe bajar. 

Dos. El incremento del desempleo y la inseguridad son las principales preocupaciones de la ciudadanía. Pero las elites de este país saben que el desafío central de cara al futuro es la reforma educativa. El FA puede exhibir, como logros, además del Plan Ceibal y parches ad hoc, el incremento presupuestal que se reflejó en mejores sueldos para los docentes y en mejoras de infraestructura. Pero a nadie se le escapa que se precisa ir mucho más lejos. Precisamos un cambio estructural. No ha sido fácil para la izquierda pensar en estos términos. Peor no puede pretender ganar la elección sin hablar claro de reforma educativa. 

Tres. Durante la campaña electoral de 2014 el FA prometió bajar los delitos. Es notorio que no ha podido. El Ministerio del Interior argumenta que esto es, en esencia, el corolario inesperado y paradójico de un progreso normativo: la entrada en vigencia del nuevo Código de Proceso Penal. En todo caso, la demanda de mano dura sigue creciendo en la sociedad (por algo el senador Jorge Larrañaga, solo contra el mundo, logró el apoyo de 400 mil personas para su campaña “Vivir sin miedo”). El partido de gobierno no podrá ganar la elección sin ofrecer respuestas creíbles. 

Los partidos de oposición pedirán el voto a la ciudadanía cuestionando lo hecho por el FA durante quince años y las promesas incumplidas por Vázquez durante su segundo mandato. Después de tanto tiempo sin la responsabilidad de gobernar no es tan difícil prometer. Pero me parece clave que pueda responder con claridad al menos las tres interrogantes siguientes.  

Uno. La oposición argumenta que la economía no crece porque la empresa privada está agobiada por regulaciones y tarifas. Para relanzar la economía, argumenta, hay que “bajar el costo del Estado” y mejorar el clima de negocios. La pregunta clave, otra vez, es ¿cómo? A nadie se le escapa que es mucho más fácil aumentar el tamaño del Estado en tiempos de bonanza que disminuirlo en épocas de vacas flacas. Es más fácil contratar que despedir, y gastar que ahorrar. ¿Dónde, cómo, cuándo y cuánto se puede ahorrar? Si el ahorro no es rápido (si no hay un “shock de austeridad”, para usar la expresión de Luis Lacalle Pou) no tiene impacto económico (y, por ende, genera un costo electoral a mediano plazo) Pero si es rápido y cuantioso tiene costos políticos y sociales en el corto plazo. 

Dos. El FA ha hecho un ingente esfuerzo político en aras de reparar la fractura social. No lo ha logrado. Cae ahora sobre la oposición el desafío de poder decir con claridad de qué modo concreto cree poder salir a flote allí donde el FA naufragó. ¿Cuáles son las políticas sociales que no funcionan y por qué? ¿Cuáles son las alternativas y sus respectivos fundamentos técnicos? ¿De qué modo piensan que se puede compatibilizar la reducción del gasto público con el incremento del impacto efectivo de las políticas sociales? ¿Prometerán más políticas sociales con menos dinero? ¿El del FA es, apenas, un problema de gestión? 

Tres. Mi última pregunta para la oposición no refiere a orientaciones de políticas públicas sino al escenario de gobernabilidad. Hace 15 años, cuando el FA todavía no había ganado, escribiendo sobre la inminente Era Progresista, argumenté que la izquierda gozaría de un escenario inédito en término de gobernabilidad: mayoría parlamentaria y buena voluntad desde el mundo sindical. La oposición debe poder contestar con claridad también esta pregunta. ¿Cómo construirá gobernabilidad política y social? ¿Qué escenario tendremos? ¿Un presidente en minoría (como Julio María Sanguinetti entre 1985 y 1990)? ¿Una coalición mayoritaria sin fisuras (como la de la segunda presidencia de Sanguinetti)? ¿Una coalición mayoritaria efímera (como la de colorados y blancos entre 2000 y 2005)? ¿Cómo será la relación con los sindicatos? ¿Cómo haría la oposición para conciliar incrementos de productividad y paz sindical? 

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